Las reglas del sistema democrático permiten que cada medio de comunicación tenga su propia línea editorial, busque su espacio informativo, redacte noticias con datos veraces al tiempo que ofrezca columnas de opinión. Todo un mosaico informativo que permite conocer y razonar. Unas reglas que no han podido evitar conflictos y fricciones, como la manipulación informativa en televisiones autonómicas, la imposición de criterios mercantiles frente al criterio propio del periodista, el silencio informativo por interés económico, etcétera. El periodista ha tenido que sortear obstáculos para que la noticia que él investiga esté debidamente documentada, con la objetividad que a un profesional se le requiere, pero también con el compromiso por su oficio: informar.

Pero, el periodismo está en crisis.

A la crisis económica que parece engullirlo todo y está sirviendo de coartada para arrasar con los derechos adquiridos y cambiar la sociedad que hemos venido construyendo de forma cohesionada, al periodismo se le suman dos amenazas de naturaleza diferente: una, los nuevos medios de comunicación por internet; dos, la debilidad del sistema democrático.

Así pues, vemos cómo las redacciones de los periódicos, envueltos en un cambio de modelo, que va más allá de lo económico, despiden a periodistas porque se cierran rotativas, porque ya no se compra papel, porque la información circula por otros cauces. Así que, para ser competitivos, al periodista se le exige informar “ya, ahora, en tiempo real” de lo que ocurre, sacrificando la reflexión y profundidad de las noticias, por la prontitud y la inmediatez. El periódico que consultamos por la mañana es diferente al de media tarde y ha perdido actualidad frente al último de la jornada. Nos vemos leyendo titulares a toda prisa, porque la noticia va más rápida que nuestra capacidad de asimilarla. Se exige rapidez al tiempo que se abarata la profesión. Hay que reducir “costes” a costa de reducir calidad informativa. Hoy, cuando vivimos en un mundo global, sin puertas ni ventanas, capaces de conocer lo que ocurre en la otra punta del planeta, la tentación de los medios de comunicación está en “simplificar” el hallazgo de la noticia: ¿por qué no funcionar todos bajo una misma agencia internacional, con una misma nota de prensa, con la misma fotografía? Con tanta simplificación, ¿habrá espacio para los reportajes profundos de investigación? ¿quién decidirá lo que hay que contar y cómo? ¿cómo contaremos lo complejo, los matices, la diversidad de opiniones?

Como señala Iñaki Gabilondo, estamos alumbrando una nueva ignorancia, cuando disponemos de más saber que nunca a nuestro alcance, pero no podemos entenderlo. Además, gran parte de la avalancha informativa procede de fuentes no identificadas, convirtiéndose en “productos tóxicos» informativos. Internet es una magnífica herramienta pero no es periodismo.

Por otra parte, asistimos a un ataque al sistema democrático representativo. Vemos a Gobiernos, como el de Rajoy, más preocupados en sonreír sumisamente al FMI que en explicar a sus ciudadanos qué está pasando; a una política debilitada sin liderazgos sólidos capaces de hacer frente a la globalización económica; a un retroceso en derechos, que también afecta al periodista, observador y narrador de la realidad. Y la primera tentación de gobiernos débiles que no tienen razones, sino imposiciones, consiste en debilitar al máximo al informador, hacerlo responsable, acallarlo. La mano dura de Rajoy con la RTVE, modificando la ley, para hacerla “a su imagen y semejanza” no es un capricho ni una simpleza.

Los periodistas tienen razón: “Sin periodismo, no hay democracia”. Y su crisis es la crisis de la Ciudadanía Democrática.