La guerra en Siria entra en una nueva fase. Rusia ha decidido enviar una señal más potente de su decisión de apoyar al actual régimen. Putin intentó el aval de Obama para una difusa “alianza internacional” contra el terrorismo yihadista, pero no lo consiguió. Nunca se hizo, seguramente, ilusiones al respecto.

El incremento de efectivos militares de las últimas tres semanas podía haber tenido una función inicialmente política o diplomática: reforzar los intereses rusos en caso de desbloqueo de las opciones negociadoras. Esta vía sigue abierta, por supuesto, pero estamos en otro momento. Los aviones rusos, pilotados por aviadores sirios (que no se olvide), ya han entrado en acción.

Pero, y aquí está lo verdaderamente relevante de la novedad, los objetivos atacados, al parecer, no han sido los señalados por Putin como enemigos, es decir, los extremistas del Daesh. Aseguran fuentes de la oposición más o menos ‘pro-occidental’ o ‘moderada’ que han sido sus posiciones las atacadas en Homs y otras pequeñas ciudades de la provincia de Hama, donde los yihadistas apenas si tienen presencia relevante.

Hay que esperar a conocer las razones de la operación sirio-rusa. No es muy probable, pero puede tratarse de un error de inteligencia. Como apuntaba este jueves el editor de Oriente Medio del diario THE GUARDIAN, en las guerras se cometen errores y se bombardean los sitios equivocados. Que se lo digan a los norteamericanos en Iraq o Afganistán o a los saudíes estos últimos meses en Yemen (el último “error” ha costado la vida de decenas de personas que celebraban una boda, por ejemplo).

Si no ha sido un error, como resulta más factible, la decisión rusa es inconsistente con el discurso oficial. Porque no parece sensato creer que han sido el gobierno o los militares sirios los que han elegido estos primeros objetivos, sin el consentimiento de Moscú. Algunos analistas militares occidentales consideran que la operación tenía como objetivo impedir la consolidación de posiciones rebeldes no yihadistas en Hama, que podrían resultar amenazantes para el feudo del régimen en Latakia. Si es así, las urgencias del Presidente sirio son muy apremiantes y el mando ruso ha debido considerar que atender esta necesidad era más importante que dejar al descubierto la verdadera intención de la intervención rusa.

Los responsables de los principales países aliados no han creído nunca en el plan antiterrorista de Putin, al que considera como una excusa o tapadera de su principal motivación: mantener a flote el régimen actual hasta que se clarifique un escenario de transición que tenga en cuenta los intereses geoestratégicos de Moscú.

La cuestión, en todo caso, es si Putin y sus colaboradores han afinado los cálculos. Si tienen controlada la escalada, diseñados con precisión razonable los objetivos, medido el alcance de la participación y programada su conclusión. O sea, el ABC.

Putin puede cosechar en Siria todo lo contrario de lo que pretende: en lugar de afianzar su única base de actuación en Oriente Medio, afronta el riesgo de desencadenar algo similar a lo que fue Afganistán para la gerontocracia del Kremlin en los años ochenta.

Sería una gran torpeza. Putin vivió como joven oficial del KGB el drama de la descomposición soviética. Es difícil creer que no aprendió algunas lecciones. Lo más razonable es pensar que el Presidente ruso quiere cambiar los actuales términos de la ecuación militar, elevar las bazas del clan Assad y forzar una negociación sobre el futuro de Sira en mejores condiciones. Y, de paso, abonar su retórica de restauración de la grandeza nacional y compensar los fracasos cosechados en Ucrania.

Contrariamente a lo que hizo en el caso de su vecino europeo, Putin parece haber tomado aquí más precauciones. Antes de su intervención en la ONU, anunció un acuerdo con Iraq e Irán para compartir información de inteligencia sobre la amenaza terrorista. Esta iniciativa tiene tanta importancia como la entrada en acción de la aviación rusa, porque desmiente la soledad de Moscú.

Que uno de los socios sea Iraq no deja de ser problemático para Estados Unidos. Washington confiaba en que el cambio de gobierno pudiera corregir el rumbo iraquí. No parece que sea así. El primer ministro Al-Abadi puede ser más dialogante que su antecesor, su correligionario y sin embargo rival, Al-Maliki, pero su capacidad para tomar decisiones sustanciales es muy limitada. Sin el respaldo de las milicias chiíes, armadas y financiadas por Irán, el gobierno se reduce a una alcaldía, y con limitaciones. Resulta curioso que el apoyo más firme de Abadi en la afirmación de su autonomía de decisión sea el Gran Ayatollah Sistani, que mantiene con sus hermanos chiíes de Bagdad unas relaciones distantes.

No le ayuda a Obama, en este momento de la crisis, el fracaso del programa de apoyo militar a la denominada oposición moderada en Siria. Con 500 millones de dólares de presupuesto y muchos meses de trabajo, el resultado es más que decepcionante. O los combatientes apoyados no son competentes o directamente entregan sus armas y pertrechos a los yihadistas afiliados o cercanos a Al Qaeda.

A pesar de la aparente audacia rusa y de los fiascos estadounidenses, Putin no tiene capacidad, ni seguramente la pretensión, de convertirse en la pieza maestra de la crisis, por mucho que republicanos e intervencionistas cerrados pretendan hacerlo creer. Desde el fiasco de la “línea roja”, a cuenta del empleo de armas químicas por el régimen sirio, estas voces críticas están enrocadas en el discurso de que las reticencias de Obama “han hecho más fuerte a los enemigos de América y han convertido al mundo en un lugar más peligroso”. El acuerdo nuclear con Irán y el acercamiento a Cuba, lejos de ser aceptados como logros, se presentan precisamente como carga de la prueba de una política errada.

El problema para Obama es que no pocos demócratas e independientes ajenos a la apocalíptica visión conservadora sobre la debilidad actual de la posición de EEUU en el mundo se confiesan exasperados por una cautela presidencial que estiman inconveniente. Es bien sabido que Hillary Clinton no compartía el escepticismo intervencionista de Obama en Siria y otros lugares. Otros candidatos en las ejecutivas, (gobernadores) y legislativas que acompañaran a las presidenciales del año próximo se encuentran en posiciones similares.

Por todo ello, es previsible que este otoño se afiance la moda retro de la ‘guerra fría’, que se percibe desde Crimea. Pero, salvo complicaciones mayores, no cabe esperar un giro dramático en el juicio de Obama. El Presidente quiere terminar de definir su legado completando algunos proyectos de política social; y, en materia exterior, coronarlo con el gran acuerdo sobre el control del cambio climático, que está más cerca después del compromiso con China. El hombre que llegó a la Casa Blanca prometiendo sacar al país de la guerra no querría salir de ella vestido con traje de campaña.