UN EJE MÁS DEFENSIVO QUE OFENSIVO

Siria e Irán mantienen, desde hace tres décadas, una especie de alianza, que se ha demostrado útil y duradera. Esta relación no responde, como a veces pretenden ciertos analistas de este lado, a una vocación agresiva compartida contra los «intereses occidentales». Por supuesto, ambos son contrarios a la estrategia norteamericana en Oriente Medio. Pero su cooperación es defensiva. Nada más alcanzar el poder, los ayatollahs persas encontraron en Siria un aliado árabe de lo más conveniente. Lo gobernaba con mano de hierro un viejo militar, Hafez El Assad. Como el resto de sus colegas de la zona, el líder sirio acumulaba derrotas frente al enemigo sionista. Pero reunía dos rasgos atractivos para Teherán. Uno, era alawí, una rama minoritaria del Islam próxima al chiismo iraní, y por tanto poco empático con la ortodoxia sunní de la mayoría de sus vecinos árabes fuertemente hostiles a los nuevos tiempos en Irán. Y dos, encabezaba una corriente del partido nacionalista árabe Baath, enfrentada a muerte con la que imponía en el doble vecino y tampón Irak el ambicioso, intrigante, belicoso e impredecible Saddam Hussein.

Meses después, el temor iraní se convirtió en pesadilla. La incipiente revolución islámica se vio amenazada por la agresión iraquí, como mínimo tolerada, si no instigada o impulsada por Estados Unidos. Siria no entró en guerra contra Irak, pero hostigó y trabajó para privar a Saddam de apoyos del resto de la comunidad árabe.

Frente a lo que percibían como mansedumbre árabe desde el proceso de paz, Damasco y Teherán reforzaron su eje de actuación de apoyo mutuo y crearon instrumentos muy útiles, reviviendo o reestructurando grupúsculos palestinos contrarios a la negociación con el enemigo sionista. Con el tiempo, Siria e Irán se convirtieron en padrinos y pilares de Hezbollah, la creación política reciente más exitosa en el panorama político árabe desde el nasserismo. A la postre, este Partido de Dios libanés atesora el privilegio exclusivo de haber provocado la única derrota militar de Israel desde su fundación.

EL PAPEL DE MOSCÚ

Esta alianza contaba con el beneplácito entusiasta de Moscú. En plena decadencia terminal de la Unión Soviética, la moribunda superpotencia se aferraba a sus peones en la zona, pero para entonces sólo Siria parecía fiable, después de la dolorosa defección egipcia. Irán resultaba un socio inquietante, por el componente esencialmente religioso del régimen. Pero el chiísmo iraní le resultaba propicio a Moscú para gestionar su retirada ordenada de Afganistán: los ayatollahs eran fundamentalistas musulmanes, pero de una orientación muy contraria a los rigoristas sunníes que combatían a los soviéticos en aquel atormentado país. En la actualidad, amén de otras consideraciones, Siria es uno de los mejores clientes de la languideciente industria armamentística rusa, aunque pague mal y tarde.

Con apenas variaciones, esta trama de intereses y apoyos mutuos entre Moscú, Teherán y Damasco se mantiene. El final de la guerra fría no ha cambiado ese escenario. Es un ejemplo más de que la esa afirmación de que el 11 de septiembre «cambió el mundo», tan frecuentemente escuchada, es manifiestamente errónea, por exagerada y superficial.

En Siria, se murió el patriarca, pero aseguró la sucesión dinástica en la persona de su hijo, aparentemente más proclive a introducir reformas y acercarse a Occidente por su trayectoria particular, estudios, estancia e influencia. Así parecía que iba a ocurrir durante los primeros años de su mandato. Pero el joven Bashar, o bien se dio cuenta de que «todo estaba atado y bien atado» y abandonó el rumbo reformista, o bien nunca tuvo esa intención, más allá de un discurso convenenciero y oportunista. Algún día se sabrá si Bashar quiso y no pudo, o si ni quiso ni pudo. Ahora lo que importa es gestionar el epitafio de un régimen, que muchos creen acabado, pero que resiste con una ferocidad por lo demás explicable.

Las potencias occidentales, escurridizas en la crisis siria, por carecer el país de los recursos exuberantes de Irak o Libia, dejaron que la rebelión se extendiera y, durante meses, esperaron como espectadores el desarrollo del ‘partido’. Cuando la violencia alcanzó niveles ya indeseables forzaron la maquinaria de presión diplomática contra Damasco, a sabiendas de que era poco probable su derrumbamiento a corto plazo. El crisol sirio provoca escalofríos y el escarmiento iraquí se ha dejado sentir en todo momento de la crisis.

Los lamentos occidentales por el blindaje ruso -y chino, éste por otras causas- suenan un poco hipócritas. Primero, porque a nadie podía sorprenderle el interés de Moscú por mantener su mejor (y quizás único aliado cierto) en Oriente Medio; y segundo, porque después de lo acontecido en Libia, era difícil que el Kremlin se aviniera a ser utilizado de nuevo. Y es que tiene razón la diplomacia rusa cuando argumenta que las motivaciones humanitarias occidentales (la protección de la población civil siria, brutalmente agredida) son una pantalla de humo. No es que no preocupe el sufrimiento humano. Pero los niveles de tolerancia son directamente proporcionales a los intereses en juego. Durante años, Estados Unidos creyó posible incorporar a Siria al proceso de paz, ofreciendo el retorno del Golán ocupado por Israel, sobre todo si el dossier palestino entraba en vías de negociación más productiva. Por lo demás, nunca se vio clara la alternativa al poder actual en Damasco. Y se prefería lo malo conocido (autoritarismo, corrupción) pero previsible que la perspectiva de una alternativa islámica sunní, en absoluto descartable.

EL DILEMA DE LA INTERVENCIÓN MILITAR

Sólo el desastre humanitario de los últimos meses han acelerado las cosas. Eso y el fracaso de una solución negociada al proceso de nuclearización de Irán. Pese a que los riesgos se mantienen, la desaparición del régimen de los Assad puede servir para estrechar el cerco a Irán, reforzar su aislamiento y debilitar su capacidad para utilizar peones regionales con los que hostigar a Israel y a los países árabes rivales. Ahora bien, esta fragilización de Irán puede desencadenar justo lo contrario del apaciguamiento que se pretende. Si se ve rodeado y acosado, el régimen islámico iraní puede optar por la desesperada huida hacia adelante. El riesgo de una confrontación militar se elevaría.

Aquí es donde confluyen las dos crisis, que tienen componentes diplomáticos, pero también militares, y una paradoja que engarza a ambas. Que la opción militar contra Irán siga abierta (aunque sea sólo intelectualmente) es un freno a una operación armada concertada de Occidente para dar el empujón definitivo al régimen de los Assad. La operación sería diferente a la realizada en Libia, debido a las marcadas diferencias geográficas, raciales y religiosas entre los dos países. Pero, en cualquier caso, llevaría tiempo y los resultados no garantizan un periodo posterior estable (como se está comprobando con el ‘posgadafismo’). A la postre, retrasaría y condicionaría el ataque contra Irán.

Algunos analistas más cínicos creen que una operación exitosa en Siria e Irán, aunque gravosas, podrían conferir a Obama una estatura de presidente sin complejos y otorgarle apoyos en la clase media más blindada frente a la crisis. Las guerras, cuando se ganan, suelen funcionar como un imán de votos. Hay, al respecto, ejemplos muy claros, como Eisenhower o Thatcher (y perdón por la comparación). Aunque también contrarios, como Churchill, Bush padre (o incluso W. Bush, que no perdió una elección posterior, porque no hubo lugar, pero dejó un legado horrible a sus correligionarios republicanos). En todo caso, el oportunismo bélico es ahora extemporáneo, porque el ánimo y las preocupaciones, no sólo de los norteamericanos, sino también de sus socios europeos, se sitúa en las antípodas de esas pulsiones.

Estados Unidos no puede librar dos guerras a la vez. (En realidad, serían tres, porque Afganistán no está cerrado, ni mucho menos. E Irak, aunque la retirada ya es un hecho, salvo una presencia residual que se mantendrá, puede volver a incendiarse, por simpatía o por combustión interna propia). No porque carezca de potencia para ello, ni por la envergadura del enemigo o enemigos potenciales. La razón de la inconveniencia bélica, en todo caso, habría que buscarla más bien en la cartera y en el calendario.

Obama sabe que la clave de su continuidad en la Casa Blanca radica en enderezar la economía y ofrecer a los ciudadanos soluciones visibles antes de la cita de noviembre. Y aún después, en el caso de que ganara el embate electoral, el segundo mandato podría resultar desastroso si resulta hipotecado por el costo militar, que, en caso de una doble campaña siria-iraní, no sólo no podría reducir, como parece ser su intención, sino que se vería obligado a incrementar.