Las intervenciones del jefe de la diplomacia, John Kerry, en la Comisión de Relaciones exteriores del Senado, las matizaciones del jefe de la cúspide militar, el general Martin Dempsey, y de su inmediato jefe político, el Secretario de Defensa, Chuck Hagel,y las opiniones y valoraciones -públicas y privadas- de representantes y senadores, se deduce que esa élite a la que llamamos ‘Washington’ refleja bastante fielmente la división profunda con la que el país está viviendo el pre-ataque contra otro país árabe puesto en el ‘índex’ de los ‘rogue states’.

LOS ARGUMENTOS DEL DEBATE

Los argumentos a favor y en contra de la intervención se cruzan y entrecruzan y clarifican tanto como confunden.

Los que apoyan esgrimen las siguientes razones básicas:

– El régimen sirio se ha autoexcluido de los países civilizados al gasear a su propia población por razones políticas; dejar pasar sin castigo esta agresión inhumana implica cobardía, bajeza moral.

– La pasividad supondría un estímulo para que otros tiranos usen armas de destrucción masiva contra sus pueblos o contra otras naciones enemigas (véase Irán y su supuesto arsenal nuclear, argumento habilidoso para persuadir a los republicanos que llevan meses reclamando a Obama más firmeza contra los ‘ayatollahs’).

– El prestigio que se perdería por no actuar no sería sólo el de Obama, una vez que el Presidente ha trasladado el problema a los representantes de la nación (a pocos legisladores le gusta pasar por tipos que escurren el bulto cuando se trata de izar la bandera).

– El ataque no implica hundir al país en una nueva guerra en aquella endiablada zona, puesto que se trataría de una operación limitada y medida, sino que, por el contrario, podría ayudar a prevenir una intervención mayor al no dejar que los malvados se crezcan.

Los que se oponen replican así:

– Las pruebas de la responsabilidad de la cúspide del régimen en el ataque químico no son definitivas ni concluyentes (aunque son pocos los que sostienen esta postura, algunas contradicciones entre los informes de los servicios de inteligencia de varios países han abonado ciertas dudas).

– En la guerra interna siria no están comprometidos intereses nacionales serios, al menos no de momento, y no se puede actuar de ‘garante moral’ del mundo permanentemente (o de ‘gendarme’, según los más críticos, en el ala izquierda demócrata).

– No está claro que una operación limitada disuada a Assad de volver a gasear a los opositores, lo que obligaría a ampliar y prolongar el ataque, con el riesgo de meter al país en otra guerra de larga duración en la zona (otro Iraq), porque, como ironizaba un congresista demócrata, las guerras tienden a «salirse de madre». Contribuyó a este resquemor que el propio Kerry, enredado en las vicisitudes de la operación, no descartara que pudieran ser necesarias «botas americanas» (tropas de tierra), afirmación luego desmentida con desesperada firmeza.

– De nada servirá a Assad si con eso se aumentan las opciones de otros ‘chicos malos’ enemigos del actual régimen, nada menos que los ‘jihadistas’ hijos de Bin Laden, que sí nos han atacado y nos siguen atacando, y que se comen corazones de sus rivales y otras lindezas publicadas estos días en los medios estadounidenses.

MÁS ALLÁ DEL RUIDO POLÍTICO

Por encima, o por debajo, del debate político, de argumentos sólidos y de descarados sofismas, se imponen algunas realidades.

– Ya es muy improbable una vuelta atrás. Puede darse por seguro el ataque, limitado o no, breve o más prolongado, de eficacia difícil de evaluar, puesto que el régimen sirio ha tenido tiempo de esconder, camuflar o hacer inalcanzable parte de su arsenal (acomodado en núcleos civiles inatacables).

– El ataque no se limitará a privar al clan Assad de volver a emplear armas químicas. No por cinismo, sino porque al destruir aeródromos, cuarteles, centros de mando y comunicación, vehículos más o menos expuestos, se debilitará su capacidad militar operacional global. Estados Unidos intervendrá en la guerra siria, lo declare o no, lo admita o lo niegue.

– Esta inflexión tendrá repercusiones regionales indudables. El debilitamiento de los Assad y su cohorte alawí puede beneficiar a la oposición moderada o a los oponentes radicales. Para que ocurra lo primero, Washington se tendrá que implicar más. Si no lo hace, triunfarán los segundos, lo que, en cualquier caso, obligará a una intervención norteamericana, menos deseable, porque será tardía y más costosa. Kerry aseguraba el otro día a un senador preocupado por el reforzamiento indeseado de los radicales, que la Administración tiene ascendiente suficiente para convencer a sus aliados árabes de la necesidad de frenar a los ‘jihadistas’. Casi nadie quedó convencido. La lógica de la espiral es difícilmente replicable.

– Aún en el dudoso caso de un triunfo de los moderados en Damasco, resulta más que improbable que asistamos a una Siria estable, unificada y en paz. Los derrotados pueden conservar poderío, apoyo y aliento de supervivencia suficientes para hacerse fuertes en ciertos sectores de la costa, en el sur y en otros enclaves (los feudos alawies) para reproducir un nuevo Iraq, plagado de sectarismo y violencia.

– En este proceso, de transición hacia otra Siria, es imposible que los actores regionales asistan pasivamente a los acontecimientos. Todos presionaran para que la recomposición del tablero sea más favorable a sus intereses. Israel sólo ve positiva la desestabilización de la actual Siria, si sirve para aislar a Irán y obligarlo a claudicar en sus proyectos nucleares. Turquía quiere ver un nuevo país muy atento a sus intereses de renacida potencia regional. Iraq no querrá una Siria dominada por el ‘sunnismo’ militante y revanchista. Las monarquías del Golfo parecen las más acomodadas a los planes norteamericanos, pero se opondrán a una política demasiado conciliatoria con el ‘alawismo’, versión siria del ‘chiismo’.

FUERA DE ESTADOS UNIDOS

Las complicaciones en Estados Unidos tienen un efecto indudable en otros lugares. En Francia, Hollande se ve obligado a atemperar su entusiasmo por la acción. El equipo del Presidente ha dicho que esperará al resultado de las deliberaciones en Washington para plantear un posible voto en la Asamblea Nacional, ya que Francia no podría ejecutar sola la operación de castigo contra Siria. En realidad, Hollande gana tiempo para gestionar el rechazo de una opinión pública muy contraria a sus planteamientos en este asunto.

También ha sido cogido en falta el Presidente de Rusia. Vladimir Putin sigue empeñado en no dar facilidades a Obama, incluso reprochándole mentiras a Kerry en su comparecencia ante el Senado. Pero se cubre ante el ataque norteamericano, asegurando que no se opondrá a ello si se prueba con toda claridad que Assad gaseó a su población. Es la típica jugada rusa, que ya se ha visto antes: hacer pasar la impotencia por aquiescencia o condescendencia.

¿Qué decir de la propia Siria? Las declaraciones de Assad a LE FIGARO recuerdan al Saddam Hussein anterior a sus dos derrotas. El Presidente sirio aparenta una confianza y una tranquilidad (bravuconería, incluso,) engañosas. Pretende que Obama ha forzado el debate en el Congreso para esconder una rectificación. Pero familiares de los ‘gerifaltes’ del régimen dejan el país a paso forzado. Un antiguo colaborador decía estos días que todo se debe a esa actitud de resignación tan habitual en la cultura árabe: si todo está perdido, mejor es actuar con dignidad.

Assad cumple la semana que viene 48 años. Los ‘tomahawk’, que dentro de unos días lluevan sobre sus instalaciones militares, llevarán impresa simbólicamente esta dedicatoria: «Feliz cumpleaños, señor Presidente!