Hace unos meses, el presidente Obama manifestó que el uso del arsenal químico por parte de los militares leales al presidente sirio era una línea roja que podría provocar una intervención más directa de Estados Unidos en el conflicto. Estos días, el NEW YORK TIMES y otros medios norteamericanos han revelado el impacto, que estas declaraciones de Obama, provocó en sus principales asesores, porque éstos aseguran que nunca se había hablado de “línea roja” en la definición de la estrategia y en la clarificación de los escenarios posibles.

¿DESLIZ DE OBAMA?

¿Cometió un desliz el Presidente? ¿Actuó, como ha hecho en otras ocasiones, impulsado por una retórica humanitaria que confundía los imperativos prácticos o estratégicos? Es difícil creerlo, porque Obama no es precisamente un novato, ni un idealista. Pero, además, porque si algo ha caracterizado a la posición del Presidente en todos estos largos meses de guerra civil ha sido su marcada renuencia a una intervención directa de Estados Unidos.

Dos son las razones principales de la cautela presidencial: primero, cierto rechazo a involucrarse en guerras ajenas sin que haya amenazados intereses directos de Estados Unidos; y, en segundo lugar, la creciente sensación de que no hay un bando claro al que apoyar, ya que los rebeldes, a los que ya ayuda con información, logística y otros apoyos, no han definido con claridad qué proyecto de país quieren y si serán capaces de deshacerse de elementos islamistas radicales.

El fantasma de Iraq –conflicto al que Obama se opuso, en una actitud que significaría el comienzo de su ascenso político- le ronda al Presidente con enorme persistencia. Dos peligros le alejan de una involucración directa: verse atrapado en un conflicto con inevitables victimas propias sin perfiles ni objetivos claros y la deriva aún más sangrienta de la matanza entre sirios.

De ahí que sorprendieran sus referencias a «líneas rojas». Seguramente, Obama quiso intimidar al régimen sirio y evitar que acudiera a ese recurso militar para hacer retroceder a los rebeldes e invertir una tendencia negativa en la guerra. Los colaboradores del Presidente intentar explicar ahora que esas «líneas rojas» se referían no a episodios menores o puntuales, sino a un uso a gran escala o que comportara muchas víctimas.

Si se confirmara que los Assad han llegado a un punto de no control, que les hubiera empujado a emplear de forma generalizada ese armamento ‘prohibido’,, Obama se enfrentaría al dilema de escalar el compromiso militar norteamericano o arriesgar su credibilidad. Esto, con ser negativo e indeseable, no sería, sin embargo, lo peor.

En los últimos días, una vieja conocida de las causas internacionales, la ex fiscal del Tribunal de crímenes de guerra de la antigua Yugoslavia Carla del Ponte, se ha atrevido a denunciar que, efectivamente, se han empleado armas químicas en Siria… Pero no el Gobierno, sino los rebeldes. Las afirmaciones de la polémica jurista suiza han sido desautorizadas con cierta celeridad en Washington y en la propia ONU, para la que sigue trabajando como observadora. Pero sus afirmaciones ya han sembrado dudas.

EL PAPEL DE ISRAEL

Mientras los hombres del Presidente tratan de gestionar los compromisos públicos de su jefe, Israel dejaba claro que no tiene esos problemas y que sus “líneas rojas” son claras y precisas, y sus actuaciones contundentes. El Gobierno de Netanyahu habría querido abortar en su fase de gestación unos supuestos planes de Assad de transferir a la milicia libanesa chií de Hezbollah ciertos arsenales especialmente amenazantes para Israel: los cohetes de fabricación iraní Fateh 110. Dos bombardeos contundentes en apenas dos días, similares al ya efectuado en enero, llevaban el sello israelí, aunque las autoridades de Jerusalén hayan guardado un reglamentario silencio. Han sido fuentes norteamericanas las encargadas de confirmar extraoficialmente la autoría israelí. Y, como era también de rigor, las posteriores valoraciones del derecho a la defensa preventiva de su privilegiado aliado.

La camarilla siria no tiene fuerza ni estómago para dar una réplica a su enemigo tradicional. La aparente facilidad de la intervención israelí puede ser aprovechada por los halcones del Congreso. Algunos ya señalan que el régimen sirio está lo suficientemente debilitado como para infligirle el golpe definitivo sin apenas riesgo. Por lo pronto, en la Casa Blanca se limitan a decir que el Pentágono ultima planes de contingencia y que todas las opciones están abiertas (bombardeos selectivos, zonas de exclusión aérea, suministro de armas a los rebeldes, etc.). Pero, como ha confirmado Kerry esta misma semana en Moscú, la opción preferente sigue siendo diplomática; es decir, una rendición pactada de Assad.

Israel, en definitiva, hace su guerra, no por cuenta de Estados Unidos o de sus aliados europeos o árabes. Los estrategas israelíes no apuestan por nadie en el galimatías sirio. De ahí que Netanyahu haya dicho expresamente que no quiere una guerra con Damasco. Es Irán y el refuerzo de su aliado libanés Hezbollah lo que preocupa al mando israelí. Pero, se quiera o no, Assad sería victima concurrente. El presidente sirio corre el riesgo de ser acosado aún más por los rebeldes y de ser ridiculizado por Israel, sin mucha capacidad de respuesta. Obama podría contemplar la rendición del régimen sirio sin haber disparado un tiro. Pero, última paradoja, ahí no acabaría la pesadilla siria. Probablemente, comenzaría de nuevo con una transición incierta y muy peligrosa.