En estos momentos, el mapa de la guerra se puede resumir así: el ejército de Bashar el Assad domina el centro del país y los núcleos neurálgicos del régimen en Damasco; la oposición armada controla el norte y algunos barrios periféricos de la capital; en torno a otras ciudades estratégicas, como Alepo y Homs, persiste una situación de sangrientos equilibrio, sin una hegemonía clara.

Hace unos días, Joseph Bahout, un politólogo libanés de la Universidad de París pergeñaba en LE MONDE tres escenarios posibles de la evolución de la guerra:

1) la prolongación del estancamiento actual, lo que provocaría la ‘cantonización’ del país en torno a líneas de demarcación étnico-confesionales y el repliegue del régimen sobre su bastión costero y montañoso, el llamado «reducto alauí».

2) el derrumbamiento definitivo del régimen, lo que podría abrir un periodo de venganzas, luchas intestinas entre los propios rebeldes por el control o la hegemonía y el anidamiento de un foco de resistencia de oficiales alauíes del actual ejército regular (Siria, como Afganistán de Oriente Medio).

3) una transición ordenada, que comenzaría con la renuncia del presidente Assad, tutelada por las potencias internacionales y aceptada por los actores regionales.

Según se van produciendo acontecimientos militares, cobra fuerza cada uno de estos tres escenarios o variantes de los mismos. No obstante, el último de ellos parece alejarse. Rusia y China, pese a sus dudas crecientes sobre la solvencia del régimen, mantienen su resistencia a favorecer la caída de los Assad.

La administración Obama ha incrementado el apoyo material a los rebeldes, pero de momento prefiere no suministrarles armas de forma directa, aunque cada hay más partidarios de ello. Washington no desconoce operaciones como la revelada recientemente: el envío de armas a los rebeldes desde Croacia, con la financiación saudí. En los Balcanes hay un remanente impresionante de armamento que las mafias regionales tratan con empeño de colocar en los mercados propicios, como es, en estos momentos, el sirio.

UN EJÉRCITO EN PRECARIO

La solidez del régimen sirio se asentaba en el Ejército. Durante la primera fase de la guerra, mientras los rebeldes mostraban aún una gran debilidad militar, es lo que permitió el optimismo del presidente Assad y su clan. Pero esa sensación de seguridad se ha reducido notablemente. En palabras del director de la agencia nacional de inteligencia norteamericana, James Clapper Jr.: «la erosión de las capacidades militares del régimen se está acelerando».

Un artículo del NEW YORK TIMES analiza la evolución de la estrategia militar del régimen. Convencido de que el ejército no está diseñado y preparado para una guerra interna como la que ha devenido, los cabecillas del régimen desarrollaron una estrategia que consistía en un reparto del trabajo para asegurar su defensa. A los militares profesionales se les ha reservado la defensa del núcleo del poder (el centro de Damasco, básicamente) y el bombardeo aéreo de los reductos rebeldes, mientras para sostener el tipo de guerrilla urbana muy sangrienta y de desgaste sin descanso se emplea a milicias.

En un primer momento, estas fuerzas irregulares tenían un diseño autóctono, basada en las unidades de vigilancia represiva, las temidas ‘shabihas’. Pero el fortalecimiento de los rebeldes ha obligado a reforzar estas estructuras y a adoptar un modelo similar al de las ‘basij’ o fuerzas paramilitares de Irán, el gran protector de Assad. Aparte, naturalmente, de una creciente implicación de los combatientes libaneses chiíes proiraníes de ‘Hezbollah’.

El problema para el régimen es que la prolongación y endurecimiento de la guerra está haciendo muy difícil el reclutamiento de efectivos. A pesar de los esfuerzos propagandísticos y del apoyo de ciertas autoridades religiosas en comunidades confesionales que se sentían tradicionalmente protegidas por el poder en Damasco frente a amenazas sectarias, lo cierto es que esas bases sociales eluden su compromiso militar, pagando si es preciso fuertes sumas de dinero. Este comportamiento se observa indistintamente en cristianos y alauíes, e incluso suníes temerosos de una orientación extremista en el bando rebelde.

UNA CATASTROFE ABSOLUTA

La mayoría de la población, en todo caso, no puede sustraerse a una situación calamitosa. El Alto Representante de las Naciones Unidas, el ex-primer ministro socialista portugués Antonio Guterres, ha dicho que «Siria ha entrado en la espiral de una catástrofe absoluta».

Efectivamente, desde primeros de este mes, la cifra de personas que han abandonado el país por la guerra supera el millón, la mitad de ellas niños. Eso supone el 5% de la población siria antes del inicio del conflicto. En Febrero, cada día 8.000 sirios atravesaron las fronteras. Otras dos millones de personas continúan en el interior de Siria pero desplazadas de sus hogares. Cuatro millones reciben ayuda básica (alimentos y medicinas). En números absolutos, Siria se ha convertido en la tercera emergencia humanitaria más grave de las últimas décadas, después de Ruanda e Iraq. A este ritmo, podría ser rápidamente el segundo.

El reparto de ayuda, como suele ser habitual en las guerras impropiamente denominadas civiles, está sujeto a las leyes e intereses de los bandos combatientes y a los corsés diplomáticos, como ha denunciado recientemente Médicos Sin Fronteras, una de las organizaciones más activas. Incluso la propia Oficina de las Naciones Unidas para la coordinación de la ayuda humanitaria reconoce que la lógica de la guerra y sus derivaciones dificultan el acceso de los necesitados a suministros básicos. El régimen impide la circulación de la ayuda por las rutas más cortas. Casi la mitad de los cerca de dos millones de sirios que han recibido asistencia alimentaria básica residen en zonas de fuertes combates.