Y, sin embargo se da la paradoja, puesta ya de manifiesto en los medios de comunicación, de que esos mismos ministros han tenido unos resultados no muy satisfactorios en las circunscripciones donde han encabezado las listas al Congreso.

Concretamente, si medimos la diferencia de diputados que han obtenido el PSOE y el PP en las circunscripciones «con ministros» respecto de la misma diferencia obtenida en las elecciones de 2004, el PSOE ha perdido tres diputados.

Parecidos resultados encontrará quien estudie el comportamiento electoral de los ministros de gobiernos del PSOE en las elecciones de 1986, 1989, 1993 y 1996, momentos en los que este partido fue reduciendo sus diputados desde 1982 y el del gobierno del PP en 2004 cuando perdió las elecciones. Sólo en la debacle del PSOE de 2000 consiguieron los ministros de Aznar mejorar sus resultados de las elecciones anteriores.

Es habitual que todo partido en el poder incluya ministros del Gobierno en las listas al Congreso con objeto de fortalecerlas. Se trata de una práctica que tiene toda la lógica desde el punto de vista de quien los ha nombrado. Se quiere así aprovechar la valía que les hizo merecedores del nombramiento y la relevancia pública que han obtenido en el cargo, para reforzar las candidaturas del partido, especialmente en circunscripciones que se presumen especialmente difíciles.

Pero, sin embargo, no está nada claro que el elector de una circunscripción concreta aprecie más a un ministro, por el solo hecho de ser ministro, que a un político local con el que se identifica mejor por razones ligadas a su proximidad al personaje.

Quizás eso explique por qué los ministros que mejores resultados relativos han obtenido el pasado día 9 hayan sido aquéllos más ligados a su circunscripción: Carmen Calvo en Córdoba, María Antonia Trujillo en Cáceres, López Aguilar en Las Palmas, Jesús Caldera en Salamanca y, sobre todo, Carme Chacón y Joan Clos en Barcelona.

En sentido contrario, en circunscripciones como Valencia o Madrid se han perdido diputados a pesar de que en ellas las candidaturas del PSOE estaban encabezadas por María Teresa Fernández de la Vega o el propio Rodríguez Zapatero, en este caso seguido por Pedro Solbes.

El indudable aprecio que han tenido en su labor ministerial Solbes y Fernández de la Vega, reconocimiento que sobrepasa, muy posiblemente, el ámbito de sus votantes, contrasta con su relativo «fracaso» electoral del domingo pasado.

Podría todo esto significar que el electorado distingue lo que es un gobernante de lo que es un representante democrático. Más difícil es pensar que un votante tiene en cuenta que si ese ministro-diputado sigue siendo ministro, o bien va a enriquecer las conocidas fotos de escaños vacíos en el Congreso o bien le va a faltar tiempo que dedicar a su ministerio. Pero el caso es que los resultados son los ya conocidos, y el electorado, por principio, nunca se equivoca.

Lo cual no permite suponer que los partidos políticos en el Gobierno vayan a dejar en el futuro de incluir ministros en sus listas, tengan o no algo que ver con la circunscripción a la que pretenden representar.

Porque, como el mensaje es el medio, todo partido en el poder tiene que transmitir la idea de que la continuidad es positiva.

Porque un ministro no lleva mas asistentes a un mitin que un líder local, pero, sin embargo, si lleva mas medios de comunicación que se encargan de difundir el acto a un ámbito mayor que el de la propia circunscripción electoral.

Y porque, en algunos casos, para aquéllos que salgan del Gobierno, el escaño logrado significará una especie de agradecimiento por los servicios prestados.

Lo peor es cuando se pierde. Tanto el PSOE en 1996 como el PP en 2004 se encontraron con un problema similar: abordar un periodo que debiera ser de renovación tras una derrota electoral, con un grupo parlamentario muy influido por los ministros del Gobierno que ha sido derrotado en las urnas. En ambos casos la renovación no se pudo hacer durante ese periodo electoral y tuvo que esperar al siguiente.