Como ya algunos pusieron de manifiesto en el momento del accidente, las condiciones de seguridad en la mina San José y en otras instalaciones semejantes en Chile resultan indignantes. Ya entonces, algunos medios se hicieron eco de ello, pero enseguida se concentraron en el «drama humano», código que debe traducirse como la peripecia particular, el aspecto emotivo, la dimensión impactante. Cuando los técnicos lograron implantar un sistema de visión que permitía visualizar a los mineros y comunicarse «rentablemente» con ellos, los medios encontraron un filón que no han soltado hasta ahora. Una versión espontánea de Gran Hermano: los protagonistas viviendo una situación dramática, no deseada por ellos, al alcance del mundo entero, atrapada en la espiral de la incertidumbre, dotada de un tempo envidiable. Un “reality-show” insuperable.

Que los responsables de los medios -y sus intérpretes, los periodistas de a pie- compartieran la angustia de los familiares y el deseo de un final satisfactorio no neutraliza el instinto de perseguir el espectáculo. A medida que se iban conociendo las estrategias e instrumentos de salvamento, se iba debilitando lo poco que quedaba de la dimensión social y política del acontecimiento. Fuera de Chile, poco o casi nada se ha escuchado estos dos meses sobre las consecuencias que este accidente televisado puede tener no solamente sobre el régimen de seguridad de las explotaciones mineras, sino sobre las relaciones laborales o la política de privatización del sector minero que estaba en la agenda del presidente chileno. Que el rescate fuera la tarea prioritaria no debería haber impedido una atención suficiente a esos otros aspectos informativos. Por cierto, no menos interesantes, por cuanto que su conocimiento podría contribuir a reforzar la prevención de ulteriores accidentes. Pero no se está en eso. Ni se ha estado estos dos meses, ni se estará ahora, cuando la epopeya nacional se vaya diluyendo en el olvido o sea sepultada por el atropello de otras catástrofes rentables.

Una destacada comunicadora radiofónica española se preguntaba en las ondas si no estaban todos los medios incurriendo en un alarde excesivo, en la cobertura del rescate. Lo hacía con un punto presumido de mala conciencia, de difuso malestar. Y recordaba, con pertinencia, lo ocurrido con el terremoto de Haití. Pero participaba del aluvión. Hasta medios que tradicionalmente se cuidaban de dejarse arrastrar por los entusiasmos de los «acontecimientos especiales», como la BBC británica (su canal internacional de noticias) transmitieron en directo y de forma ininterrumpida las primeras horas del rescate. En boca de mina, el reportero dotaba de relato verbal a la secuencia repetitiva pero emotiva de la emergencia de los mineros a bordo de la cápsula mágica. Lo mismo hacía la CNN y hasta la FOX. Es lícito preguntarse qué interés han tenido estos cadenas estadounidenses por los mineros chilenos antes de este accidente, e incluso si dedicaron siquiera diez segundos a contar el anterior derrumbe en la mina San José, ocurrido hace tres años, en esa ocasión con resultado mortal.

El circo ha agotado su número más emotivo, pero queda tiempo y espacio de espectáculo todavía. Los mineros han recibido instrucción especial para afrontar a la tribu periodística que en los próximos días caerá sobre ellos para que den a conocer sus «sentimientos» sobre lo experimentado, las vivencias en el fondo de una mina que pudo ser una tumba, pero que al final sólo resultó el episodio final de una explotación condenada al cierre definitivo.

El diario chileno LA TERCERA, en su editorial del día del inicio del rescate, calificaba de héroes a los 33 mineros.»Es sabido que las sociedades democráticas son poco dadas a creer en los héroes, y por eso nos cuesta aceptar que todavía pueda haberlos», se leía debajo de un título que proclamaba. «Los héroes no están fatigados». Pero un sacerdote católico de la región minera de Atacama, el Padre Pauvif, ofrece al NEW YORK TIMES un testimonio seguramente mucho más ajustado a la realidad: “A estos mineros se les llama héroes, pero son, en realidad, víctimas de una gran injusticia en las condiciones de trabajo». El religioso, con una sensatez encomiable, reprocha a los medios que eludan la historia real para relatar «puros cuentos».

LA UTILIZACIÓN POLÍTICA

Se comprende el clima de exaltación nacionalista en los medios chilenos, la euforia provocada por el desenlace con éxito de una operación que ha sido merecido el «reconocimiento mundial de Chile», como exalto con orgullo EL MERCURIO, el diario conservador más conocido del país. No es sólo que el país haya dado «una prueba de admirable unidad solidaria», sino que se ha demostrado «madurez de organización». Una vez más, Chile como «país que funciona», en un entorno que no se caracteriza por la eficacia. Ésa es la otra dimensión censurable de este acontecimiento: la utilización política, el empeño propagandístico, las invocaciones a lo que Chile puede hacer «cuando está unido». Incluso la demostración de que Chile es «otra cosa» en la zona. Esto último no ha debido pasarle desapercibido al Presidente de Bolivia, Evo Morales, que también acudió a la recuperación de «su» minero atrapado y no resistió la tentación de considerar este acontecimiento como estímulo para unas mejores relaciones bilaterales, tradicionalmente tensas y difíciles.

El propio Presidente chileno, Sebastián Piñera, se ha puesto a la cabeza de la exhibición grandilocuente. Se instaló en primera fila de tribuna durante el rescate hasta la foto final con el último minero rescatado. Bajo la coartada de compartir la incertidumbre para ganarse el derecho de participar también en la fiesta del final feliz, el culebrón del accidente ha resultado un momento inigualable para lucirse en su especialidad. Como empresario de la comunicación y criatura política mediática sin parangón en Chile, Piñera no ha podido tener mejor oportunidad para blindar su gestión, precisamente cuando todavía se encuentra en la fase inicial de su mandato.

Ahora poco parece importar que cuando era candidato defendiera la privatización parcial de CODELCO, la empresa estatal de la minería. Como recuerda la agencia REUTER, las intenciones de Piñera se han vuelto más opacas desde el derrumbamiento de la mina. Porque ha sido precisamente la experiencia, la tecnología y la capacitación del personal técnico de CODELCO (junto a la cooperación de la NASA y de otros agentes externos) lo que ha hecho posible el rescate con éxito de los mineros atrapados. El prestigio de la empresa pública ha crecido enormemente: es de esperar que los planes de privatización queden aplazados. En cambio, se anuncia ahora en el círculo presidencial el reforzamiento de las exigencias al sector privado en materia de seguridad (deficientes, para decirlo con suavidad). Algunos patronos de poca monta han manifestado su temor a convertirse en chivos expiatorios.

La «gesta de San José» también reforzará a los sindicatos chilenos en futuras negociaciones y en una cierta reivindicación del sector, puesto que a pesar de las deficiencias en las condiciones de trabajo, los mineros son todavía considerados como trabajadores privilegiados en Chile, por sus salarios por encima de la media, como ocurre en los países desarrollados. Confiemos en que se aproveche la oportunidad para que el Estado mejore las inspecciones, porque hasta ahora sólo dispone de 16 personas para controlar cuatro mil minas, lo que ayuda a explicar por qué se autorizo la reapertura de San José después de la catástrofe de 2007. Como dicen los portavoces sindicales al diario LE MONDE. «Nosotros vemos a más largo plazo que los periodistas. Cuando todos se hayan ido, aquí los mineros continuarán muriendo». Quizás esas futuras víctimas tendrán unos segundos en los telediarios. Luego vendrá la fatiga y el interés se concentrará en otras catástrofes más visibilizables. Más rentables.