El Estado de Bienestar, que forma parte de la tradición europea occidental al igual que el respeto por los valores democráticos, se ha construido a lo largo del siglo XX, después de muchos sinsabores y esfuerzos, para superar la crisis del viejo Estado liberal que, entre otras cosas, llevó a Europa a la penuria económica y a la gran tragedia de la Segunda Guerra Mundial. Y, por eso, los gobiernos de centro-izquierda dominantes en el continente se aprestaron, en las décadas de los años 50 y 60 del pasado siglo, a implantar políticas públicas y regímenes de protección social, que convirtieron a Europa occidental en ejemplo para muchos otros países del mundo.

La prosperidad y el grado de cohesión política y social logrados fueron determinantes para impulsar el movimiento supranacional europeo con la firma del Tratado de Roma, acto fundacional del Mercado Común Europeo que ha devenido en la actual Unión Europea y en la configuración de la Unión Monetaria. Con ello se intentó demostrar la validez de los presupuestos políticos dominantes, arropados en la eficacia y la dignidad del ejercicio del poder público. Fue, en mi opinión, una simbiosis atinada de las mejores tradiciones liberales y los valores básicos del socialismo.

Pero la crisis de la energía de los años 70 y, por qué no decirlo, las deficiencias de la gestión de algunos gobiernos, quizá producto de su larga permanencia en el poder, amenazaron seriamente la salud de las cuentas públicas y justificaron el renacimiento de un discurso neoliberal, muy influido por el capitalismo financiero de corte anglosajón, que puso en tela de juicio la continuidad de las políticas seguidas hasta entonces. En vez de combatir ese discurso, restaurando la eficacia y el crédito de lo público, se cayó en la complacencia con el mismo hasta el punto de que los propios gobernantes alentaron el descrédito del Estado y sus políticas de protección social.

No era necesario llegar a tales extremos para ordenar las cuentas públicas: recuperar la eficiencia no debía significar el rechazo doctrinal y político a un proyecto con bondades demostradas. Ahora, muchos países de la Unión Monetaria Europea, entre ellos el nuestro, que sufren el estancamiento económico y la lacra del paro, se encuentran huérfanos de un discurso que les ayude a salir del atolladero. La incapacidad doctrinal y política de la izquierda europea ha dejado los destinos de la política en manos de los llamados mercados que, desde luego, ni van a aliviar las penurias ni nos van a sacar de la depresión política y económica en la que estamos inmersos.

Una última observación sobre España: nuestro país, por razones de su atraso político y económico, se encuentra, en materia de bienestar y protección social, a gran distancia de los socios importantes de la Unión Europea. El Estado de Bienestar aún no ha llegado a implantarse en nuestra Patria. Por eso, las apelaciones constantes a su desmantelamiento por parte de algunos y la inacción o entrega tácita a ellos por parte de los gobernantes, solo merecen una expresión que el presidente Azaña dirigió a un diputado que le atacaba injustamente: “permítame su señoría que me sonroje en su nombre”.