No obstante, no ha sido la primera vez, ni será la última, en la que los próceres del liberalismo reclaman sin rubor un “paréntesis” en el dogma del laissez faire. La fontanería del mercado financiero requiere de vez en cuando una revisión a fondo, con cambio de tuberías, “desatrancadores” y desagües selectivos. Socializar pérdidas para asegurar que las ganancias siguen circulando libremente entre las manos de los de siempre. La factura, claro está, se emite a cargo del contribuyente. Es la historia de toda la vida, aunque los problemas, y las facturas, sean ahora algo más abultados.

“Ellos crearon el problema. Que lo solucionen ellos con su dinero”, decía un congresista norteamericano hace unos días. Es una tentación, pero no es sensato. Porque, por desgracia, el colapso del sistema financiero no solo se llevaría por delante los pingües negocios especulativos de muchos jugadores de ventaja en Nueva York, en Londres o en Madrid. Nos jugamos el riesgo de una recesión mundial con graves consecuencias sobre el empleo y la calidad de vida de miles de millones de personas.

No hay opción: hay que enviar los fontaneros públicos para resolver los problemas ocasionados por la orgía de pelotazos especulativos en los mercados del dinero. Ahora bien, la intervención pública no tiene por qué limitarse a hacer lo que requieren los socialistas financieros de ocasión. A saber: que los Estados aporten dinero de los impuestos para comprar a los bancos sus “activos tóxicos”, aquellos con los que negociaron, de los que obtuvieron comisiones y dividendos, pero cuyo valor real ha de medirse con números rojos.

La ineludible intervención pública en los mercados financieros no debe circunscribirse a poner el dinero de todos para colocar el contador de las barbaridades soportables a cero, y posibilitar así el inicio de un nuevo ciclo bajo los mismos códigos de conducta del anterior. Y dentro de diez años, ¿vuelta a empezar? ¿Otro paréntesis?

Si es preciso intervenir, hagámoslo. Pero pensando en el interés general y en el largo plazo. Se trata de resolver problemas globales y no de acudir simplemente al rescate de unos cuantos brokers angustiados por el estallido de la burbuja que ellos mismos generaron irresponsablemente.

En este sentido, se me ocurren al menos diez medidas sobre las que reflexionar. 1. En lugar de comprar “activos tóxicos”, nacionalicemos los bancos inviables y obtengamos un rendimiento público tras su saneamiento. 2. Aprovechemos para establecer una regulación estricta y transparente sobre los límites a la especulación en los mercados financieros. 3. Gravemos con impuestos importantes las operaciones financieras más arriesgadas, a fin de contar con fondos para un eventual “rescate”. 4. Si hace falta garantizar los depósitos bancarios, hágase a través de fondos que surtan las propias entidades financieras con sus aportaciones (como ocurre en España). 5. Resérvese al regulador la posibilidad de “dirigir” las inversiones financieras a sectores de importancia estratégica (por su valor añadido en términos de innovación, por ejemplo). 6. Establecer requisitos estrictos para evitar la descapitalización especulativa de empresas que prestan servicios básicos, como la sanidad, la educación, el transporte público o la comunicación aérea. 7. Favorecer la renegociación de las condiciones de pago de las hipotecas por parte de los clientes, porque también ellos merecen “paréntesis”. 8. Obligar a estas entidades a cumplir rigurosas condiciones de Responsabilidad Social Corporativa, por ejemplo en la calidad de los empleos, en el cuidado ambiental, en la integración de discapacitados o en la cooperación al desarrollo. 9. Limitar drásticamente los salarios, incentivos y comisiones inmorales que reciben algunos de los directivos financieros. Y 10. Establezcamos garantías de transparencia y prevención de dificultades para que nunca más nos estalle una crisis como ésta sin tiempo para reaccionar.

¿Quieren intervención? Hagamos socialismo en Wall Street. Falta hace.