Total legitimidad tenemos para valorar esta actuación. Por una parte, una derecha que pregona que las soluciones de ajustes duros que el Gobierno ha decidido son las que ella proponía. Aunque esto sea falso, hipócritamente rechaza apoyarlas porque no quiere que las aplique el presidente Zapatero. Afirma que el Gobierno actual es un peligro para la sociedad española pero no se atreve a proponer que un Congreso tan volcado a morder las pantorrillas socialistas censure a Zapatero y provoque así un cambio. Cuando nosotros estimamos que el Presidente Suárez llevaba por mal camino nuestra joven democracia presentamos un voto de censura. Y si lo perdimos fue en cualquier caso una forma responsable de actuar, propia de cualquier democracia europea. Pero, o Rajoy teme afrontar una votación perdida o sabe que no encontrara quien colabore con él. ¿Quizás sea porque los demás estiman que sería más demoledor para el futuro que el gobierno actual que desaprueban? ¿Los sondeos le dan ganador? Elecciones ahora, aunque así se hundan las esperanzas de recuperación económica y laboral. ¿Cuantas veces hubiéramos votado en los últimos años si nos fiásemos de los sondeos?

Los grupos a la izquierda del PSOE, así se los llama (no es mi opinión), se vuelcan en contra de lo que afirman ser un giro liberal, derechista, traidor de los socialistas. Votan que no se recorten los salarios, sino que se aumenten, que no se congelen las pensiones, que no se privaticen las Cajas de Ahorro, que se borre de un plumazo la sentencia del Tribunal constitucional sobre el Estatut. De acuerdo, de acuerdo, mil veces de acuerdo… También lo quisiéramos nosotros si fuese posible. ¿Sinceramente creen esos diputados representantes de una mínima parte de nuestra sociedad, que estos recortes económicos y sociales nos gustan? ¿Nos atribuyen tal dosis de inteligencia como para adoptar caprichosamente medidas que nos cuestan popularidad y, sobre todo, votos, que es el único poder que tenemos, frente a enormes responsabilidades? No gusta la reforma laboral. A ningún socialdemócrata le puede gustar una reforma laboral decretada por un gobierno. Pero cuando los responsables sociales no se ponen de acuerdo tras meses y meses de negociación para arreglar una situación que ha permitido alcanzar a la vez aumentos salariales excepcionales en Europa y más de cuatro millones de parados, qué hacer. ¿ Seguir charlando meses y meses? Repito: no digo que hayan causado esta situación, digo que han permitido que se realice.

Los nacionalistas, grandes aprovechadores de una ley electoral discutible, vienen con una fuerza usurpada a plantear condiciones, ultimatos. Parecen ser los más serios y efectivamente son los únicos que saben que sacarán tajada de estas dificultades que unos y otros acumulan, por eso su retórica parece más racional. Anuncian siempre que el acuerdo es posible, aunque se plasme en el coraje de la abstención. Yo digo que sólo piden que no se cierre la tienda.

Así, solos contra todos, capeando el vendaval de una crisis dura y que no ha terminado, debemos seguir. Debemos reconocer que nos hemos alguna vez equivocado, que también hemos adaptado mal nuestra política a las circunstancias ¿Quién se salva hoy en ejercicio del poder de la crítica en el mundo democrático? En nuestra democracia el debate ha demostrado que una mayoría de diputados no aprueba nuestra forma de tratar de resolver la situación. Cada cual tiene su idea y quiere desde su minoritaria representación imponernos que aceptemos lo que ellos dicen. Si no, nada. No tienen el coraje de llevar sus palabras hasta los actos. Porque muy bien saben que, a pesar de nuestros errores, lo que ellos proponen es imposible. En nuestra larga historia más que centenaria no será la primera vez que nos encontramos aislados, sitiados. Sin ir muy lejos recordemos el referéndum sobre la adhesión a la OTAN. También nos encontramos entonces solos contra la irresponsabilidad de la derecha y el maximalismo de otros. Fuimos firmes y hoy poquísimos lo lamentan. Entre la cicatería de unos, las demagogia de otros, el populismo irresponsable de muchos, el odio de tantos hemos tenido que mantener muchas veces posiciones impopulares en nuestra historia tan pegada a la de España. Y también cargar con responsabilidades que no eran nuestras. Yo confío en que saldremos de las actuales dificultades. Es muy posible que esto tarde lo suficiente para que en las próximas elecciones los efectos positivos de nuestra política no sean aún apreciables y salgamos injustamente sancionados. No es lo fundamental. La historia nos rendirá justicia. Como se decía antaño en nuestros mítines de tiempos que justificaban desesperación: ¡Adelante!