Al mismo tiempo, un clamor ciudadano reivindicaba otra forma de hacer política: “Otra política es posible”, «Queremos respuestas, «No estamos en contra del sistema, queremos cambiarlo», «Sin miedo habrá futuro», «Más educación, menos corrupción». Pero entre ellas, una frase es especialmente significativa del malestar que existe entre los ciudadanos: “nuestros sueños no caben en sus urnas”.

Ante semejante afirmación, y ante la sombra de sospecha generalizada que existe sobre la política, los políticos y, especialmente, sobre los partidos políticos, que son considerados por la población el tercer problema del país, hay que preguntarse si para la ciudadanía son necesarios los partidos políticos.

Los partidos políticos han ido perdiendo poder e influencia en unas sociedades cada vez más complejas, donde su papel de canalizador de la participación política de la población ha ido agotando mucha de su eficacia. La indefinición ideológica y programática, la primacía de la subordinación y el seguidismo orgánico enmascarado de disciplina, la burocratización y profesionalización de la estructura orgánica y la primacía del líder sobre el partido, entre otros factores, están produciendo un creciente desencanto de la población hacia los partidos políticos, que tiene como una de sus consecuencias que muchos ciudadanos duden del sistema de representación política.

La población cada vez está menos dispuesta a aceptar un papel pasivo frente al dirigismo político y pretende ser protagonista de los cambios, con una participación activa y continua que nada tiene que ver con votar en unas elecciones cada cuatro años.

En este contexto, y a pesar de la desconfianza, los ciudadanos reconocen que los partidos son una pieza imprescindible de la democracia, como destacan Daltón y Weldon en su análisis sobre la extensión de la antipatía hacia los partidos políticos. En él, ante la pregunta sobre si son necesarios los partidos políticos, los ciudadanos de las trece democracias estudiadas responden mayoritariamente que son necesarios, es decir, la democracia sin partidos políticos parece impensable para la mayoría de los ciudadanos.

Si consideramos los datos por países, son EE.UU, Canadá y Japón las democracias donde los ciudadanos creen en menor medida que los partidos sean necesarios, aunque en todos los casos se supera la barrera del cincuenta por ciento ( EE.UU, un 56 por ciento; Canadá, un 65 por ciento y Japón, un 65 %). Y son vistos como imprescindibles, con cifras que llegan a más del 80 %, en Europa, fundamentalmente en España con un 83 por ciento, Dinamarca con un 88 por ciento, Noruega con un 89 por ciento y Países Bajos con un 90 por ciento.

Estos datos vienen a demostrar que en las democracias del siglo XXI nos encontramos, por una parte, con que la contribución positiva de los partidos políticos es reconocida como indiscutible, hasta el punto que los ciudadanos creen mayoritariamente que son necesarios y no se imaginan una democracia sin ellos. Pero, por otra parte, existe una creciente insatisfacción y un escepticismo generalizado sobre ellos a la hora de representar sus intereses, que está llevando a la población a buscar nuevas formas de participación no partidistas para influir en la toma de decisiones y en la consecución de cambios institucionales que desemboquen en una democracia más participativa y directa. Esto es en parte el 15-M, aunque la derecha no lo llegue a entender.

Los partidos políticos siguen siendo el canal más importante para la participación política y ciudadana en democracia, pero necesitan abordar reformas. Es imprescindible evolucionar hacia un nuevo modelo de partido que pueda ser digno heredero de la tradi¬ción histórica de los grandes partidos de masas socialdemócratas y que pueda cumplir un papel similar al que estos partidos tuvieron en el pasado, abriendo nuevos cauces de participación y de avance so¬cial en nuestras sociedades.

Los partidos políticos no son fines en sí mismos, sino instrumentos democráticos para conseguir determinados fines políticos. Por ese motivo, su adaptación tiene que producirse, en paralelo y al mismo tiempo, tanto a nivel interno, con unos militantes protagonistas activos de las decisiones de la organización y su posterior desarrollo; como a nivel externo, con una presencia mayor en todo el tejido social, para conocer, establecer una comunicación continua y compartir protagonismo con las organizaciones sociales en plano de igualdad y desde la autonomía de las partes.

Nuestros sueños sí caben en las urnas de una democracia más participativa.