“Soul Kitchen” es una película que aún calificándola de comedia tiene un claro trasfondo de preocupación social.

Fatih Akin, uno de los prometedores realizadores del cine alemán, no renuncia a la esencia de su producción. Hijo de emigrantes turcos posee una gran sensibilidad por todos los temas sociales. Nunca los presenta desde el dramatismo y la amargura. Combina la verdad de situaciones personales y sociales, duras y ásperas por sí, con una suavidad narrativa asombrosa. Transforma la gravedad de los problemas en una crónica urbana de nuestra actual Europa, en una comedia ligera a partir de las desventuras y peripecias de un puñado de ciudadanos de la clase media-baja alemana.

Es en el restaurante del título donde se desarrolla buena parte de la acción: es allí donde Zinos (Adam Bousdou), el dueño, contratará a un nuevo chef para resucitar al local de sus cenizas, es allí donde tendrá que lidiar con los especuladores inmobiliarios, con el dolor de espalda y con el hermano que sale de la cárcel, y es allí donde deberá ahogar sus penas amorosas. El restaurante, en definitiva, se transforma en un lugar que celebra la solidaridad comunitaria que representa la utopía de una Europa bien avenida.

Este realizador se comunica con soltura con su público de un modo que parece intrascendente, pero es eficaz. Remueve conciencias, sensibiliza voluntades y entre los cinéfilos más jóvenes despierta pasiones. Yo reconozco su buen hacer, pero ya no soy tan joven.