Es cierto que el crecimiento de la población, el incremento de los biocombustibles, el aumento de los precios del petróleo, el cambio climático, la escasez de agua y de tierras productivas tiene incidencia en el aumento de los precios de los alimentos básicos. Pero la volatilidad creciente y las bruscas y escandalosas subidas que se vienen produciendo en la última década tienen más que ver con la especulación. Según el Parlamento Europeo, el 50 por ciento del incremento del precio de los alimentos se debe a los movimientos especulativos.

¿Podemos aceptar que millones de personas sufran hambre todos los días por culpa de una cuenta de resultados en la bolsa? Creo que no sólo no debemos admitirlo, sino que hay que pasar del rechazo pasivo a la lucha e intervención activa, desde los ciudadanos, los gobiernos y los organismos internacionales, para erradicar el hambre en la Tierra. Más aún, cuando la especulación con los alimentos básicos es un elemento clave que va a hacer imposible que se cumpla el Objetivo del Milenio de reducir a la mitad en el año 2015 los seres humanos que pasan hambre en el planeta.

Si, un nuevo factor inquieta en la lucha contra el hambre en el mundo: la especulación que se está realizando en los mercados financiaros con alimentos básicos. Un negocio seguro para los mercados, que a través de fondos de pensiones y de inversión, en los que se comercia con indicadores de productos básicos favorece el aumento de la volatilidad de los precios de los alimentos. Los alimentos se han convertido en activos financieros, y como consecuencia de esta especulación con alimentos está aumentando la pobreza y el hambre.

Es algo muy preocupante, como puede observarse analizando los precios de los alimentos durante las últimas décadas. El precio de los alimentos se redujo desde principio de la década de los sesenta hasta el año 2002, cuando comenzó una tendencia al alza que continua hoy y continuará en el futuro, si no se actúa coordinadamente desde los Estados y los organismos internacionales para establecer regulación ante los inversores financieros.

Como señala la FAO, el mundo registró un incremento notable de los precios del arroz, el trigo y el maíz en los mercados internacionales durante la crisis alimentaria de 2006-08. En la mayoría de los casos, el incremento repentino de los precios en los mercados internacionales redundó en una subida considerable de los precios internos en la mayoría de los países.

Así, en 2008 los precios del arroz, el trigo y el maíz fueron, en promedio, un 28 por ciento, un 26 por ciento y un 26 por ciento más elevados, que en 2007. Y se prevé que los precios mundiales de estos alimentos en el lustro comprendido entre 2015-16 y 2019-20 serán un 40 por ciento, un 27 por ciento y un 48 por ciento superiores en términos reales en comparación con el lustro de 1998-99 a 2002-03.

Pero además, el 60 por ciento de las cosechas de trigo y otros cereales están hoy bajo el control de fondos de inversión especulativos, que ante la desregulación reinante han visto en los alimentos un “producto financiero seguro y rentable”, como demuestra el hecho que las inversiones en productos alimentarios han pasado de 35.000 millones de dólares a 300.000 millones en cinco años.

Lo anterior significa hambre y muerte para millones de personas. Pero también significa que durante los primeros 1.000 días de vida de un niño este reducirá su consumo de los alimentos más nutrientes, lo que dañará su salud si consigue vivir y le afectará en su vida adulta.

El hambre es una cuestión de justicia social, que requiere de liderazgo político para prohibir que los alimentos básicos sean tratados como productos financieros especulativos. No hacerlo seguirá causando muertes. Pero también provocará levantamientos porque la gente no va a morirse hambrienta y callada para que unos pocos aumenten aún más su riqueza.

¿Y si se consideran crímenes contra la humanidad este tipo de comportamientos que causan más muertes que muchas guerras?