Pocas personas pueden imaginar que en Europa, nuestra Europa civilizada y democrática, está el país que actualmente ostenta el record mundial de un Estado que tras celebrar unas elecciones no ha podido formar gobierno. ¿Qué a que país me refiero? Pues, por extraño que pueda parecer, su nombre es BÉLGICA. Sí, Bélgica, ese país cuya capital es Bruselas, que además hace las veces de capital oficiosa de la Unión Europea.

Bélgica ha batido el record mundial de desgobierno, al estar más de 289 días sin formar gobierno desde que celebraron las elecciones. Este triste record lo ostentaba hasta ahora Irak, con 249 días para alcanzar un acuerdo más 40 más para que su Parlamento lo ratificara. Y por raro que pueda parecer, tras él aparecen países como Holanda, que estuvo 208 días para formar gobierno tras las elecciones de 1977. O Serbia, donde en 2007 tardaron 111 días en proclamar un nuevo gobierno.

Las realidades que encierran Irak y Bélgica son muy distintas. Así, en este último país se están produciendo protestas por parte de unos ciudadanos, fundamentalmente jóvenes, con actos como la campaña «División, no en nuestro nombre», donde han utilizado como reclamo las patatas fritas, como símbolo gastronómico y de unión entre los belgas, para protestar contra la hipotética división de Bélgica, que apoyan los partidos flamencos más radicales. La situación creada, y todavía no resuelta, es fruto de un complejo sistema electoral y político que implica complicados equilibrios para llegar a un consenso a la hora de formar gobiernos, además de las propias reivindicaciones y divisiones territoriales existentes en el país.

Ante esta situación, y pensando en clave española: ¿cumple nuestro sistema electoral con su función?, ¿Es necesario reformarlo como plantean algunas formaciones políticas?.

La primera respuesta que hay que dar ante estas cuestiones, es tener claro que todo sistema electoral pretende conseguir dos objetivos fundamentales: garantizar que el Parlamento sea el reflejo lo más fiel posible de las preferencias de los ciudadanos y facilitar la formación de gobiernos estables. En este sentido, nuestra ley electoral es un acierto y podemos decir de manera categórica que ha logrado un gran éxito. ¿Por qué? Porque logra un equilibrio entre los dos objetivos en un país con la historia constitucional tan explosiva que hemos tenido. Por tanto, podemos afirmar que se garantiza la representación que desean los ciudadanos y a la vez existen los mecanismos necesarios de estabilidad en la gobernabilidad de España.

Gracias a nuestro sistema electoral España no es Bélgica. Y hoy en día, es impensable que pudiera transcurrir casi un año entre un proceso de elecciones generales y la formación de un gobierno. De hecho, se han producido distintas mayorías absolutas y también situaciones donde el partido vencedor en las elecciones sin obtener la mayoría absoluta ha pactado con grupos parlamentarios minoritarios que han dado estabilidad al gobierno a la hora de poder desarrollar su proyecto político.

Pero, ¿es necesaria una reforma de nuestra ley electoral?. La crítica que más se hace para argumentar la necesidad de una reforma, es que nuestro sistema electoral hace que el Parlamento no sea el fiel reflejo de lo que deciden mediante el voto los ciudadanos. Tres son los motivos que exponen: produce una sobrerrepresentación de los dos principales partidos políticos españoles(PSOE y PP), da un peso excesivo a los partidos nacionalistas, y provoca una infrarrepresentación de los partidos políticos de ámbito nacional más pequeños, fundamentalmente IU.

¿Es cierta la sobrerrepresentación?. Estudiando los distintos procesos electorales se puede afirmar que existe en los dos principales partidos políticos. Es decir, su peso en escaños en el Parlamento es mayor que su porcentaje de votos. Pero esta sobrerrepresentación ha bajado, en contra de lo que algunos argumentan, de prácticamente del 13%, en el año 79, hasta el 3,6%, en el año 2004, en el caso del partido político que gana las elecciones. Y se ha situado en torno al 4% en el partido político que queda en segunda posición.

¿Tienen un peso excesivo los partidos nacionalistas en el Parlamento o mejor dicho aquellos partidos con implantación territorial exclusiva en una Comunidad Autónoma?. Nuevamente, viendo los datos electorales se puede afirmar que no han tenido estos partidos una elevada sobrerrepresentación. Hablamos de porcentajes que van desde 0,1% al 0,5% dependiendo del proceso electoral. Pero los porcentajes son una cosa y otra bien distinta es su influencia en determinados momentos políticos, donde los partidos que han ganado las elecciones no han obtenido mayoría absoluta y los han necesitado para poder acceder al gobierno. En este caso, paradójicamente tuvieron su mayor peso cuando necesitó la investidura el PP en el año 1996.

¿Los partidos políticos pequeños de ámbito nacional tienen menos representación que votos? Es verdad. Es cierto que I.U por ejemplo en las elecciones generales de 2008 obtuvo el 3,8% de los votos y el 0.57 % de los escaños, es decir, solo dos. Pero no es menos cierto que el sistema electoral permite que exista una gran pluralidad en nuestro Parlamento con porcentajes bajos de voto. Y que esta formación política con la misma ley electoral obtuvo muchos más escaños.

Llegados a este punto, hay que preguntarse si este desajuste es suficiente para realizar una reforma de la ley electoral. Creo que si es necesario corregir esta realidad mejorando la proporcionalidad, pero sin exageraciones, ni ocurrencias. Modificaciones las necesarias, pero sin perder de vista que el objetivo es garantizar que el Parlamento sea el reflejo lo más fiel posible de las preferencias de los ciudadanos y facilitar la formación de gobiernos estables.

En esto, España no puede ser Bélgica.