La iniciativa del Presidente del Gobierno de España ante Naciones Unidas tiene un fundamento político acorde con los principios ideológicos que inspiran su programa y que le dieron la mayoría electoral: la solidaridad con los más desfavorecidos. La medida tiene también un fundamento moral incuestionable, porque resulta indecente que los grandes agentes financieros que ocasionaron la crisis vigente por la desmesura de su codicia se nieguen a hacer un esfuerzo mínimo para paliar sus consecuencias terribles sobre cientos de millones de seres humanos. Y el fundamento técnico está respaldado por muchos economistas de prestigio que avalan su pertinencia y su viabilidad.

La propuesta de la llamada tasa Tobin es plenamente coherente, además, con la disposición de Gobierno español para aplicar en nuestro país la nueva imposición sobre los beneficios bancarios que la Unión Europea ha acordado instaurar en todos los Estados integrantes. Y también viene a sumarse al anuncio de un tipo incrementado en el IRPF para las rentas superiores a 120.000 o 130.000 euros anuales, lo cual supondrá una recaudación añadida de entre 200 y 400 millones euros y un paso significativo en el sentido de la justicia fiscal. No esta demás recordar, no obstante, que aun cuando subamos ese tipo máximo del 43 al 45 o al 47%, todavía estaremos muy lejos de los países de nuestro entorno que más gravan a las grandes fortunas, como Dinamarca (62%), Suecia (57%) u Holanda (52%).

Los argumentos esgrimidos contra la tasa sobre las transacciones financieras son tan previsibles como fácilmente desmontables. Se dice que sería de “imposible aplicación por la fácil desubicación de las transacciones”, pero no se dice que tal problema puede soslayarse con una aplicación generalizada de la medida tras un acuerdo en Naciones Unidas o en el G-20. Se dice que la iniciativa “encarecería gravemente el crédito para empresas y familias”, pero no se dice que tal argumento puede defenderse también para acabar con las tasas sobre combustibles, el alcohol, el tabaco, etc., y que su toma en consideración con carácter general tornaría en inviable cualquier sistema fiscal.

Se dice que “el nuevo impuesto sería un obstáculo para la recuperación”, pero no se dice que el origen mismo de la crisis se encuentra en la falta de reglas que durante décadas caracterizó el tráfico de finanzas, y tampoco se dice que la tasa Tobin tiene precisamente como objetivo clave la prevención y la persuasión frente a las prácticas especulativas que amenazan cíclicamente la estabilidad económica mundial. Se dice, por fin, que se trata de una “imbecilidad” y “otra de la majaderías de Zapatero”, pero no se dice que puestos a lanzar descalificaciones de gran calibre, seguramente merecería una bien gruesa el comportamiento de quienes presumen de aumento de beneficios de dos dígitos en plena crisis, al tiempo que cuestionan la recaudación de un fondos mínimos para atemperar la hambruna y la miseria de millones de criaturas.

Ya era hora de que se plantearan formalmente iniciativas de estas características. Con el discurso de Zapatero ante Naciones Unidas hemos sido muchos los que nos hemos reafirmado en nuestras convicciones progresistas y en la confianza hacia el Gobierno socialista de España. Ahora hace falta coraje para mantener la propuesta y para trabajar en su cumplimiento efectivo.