“¿Es la imposibilidad de ser felices lo que nos hace humanos?”

Todo es relativo. Una cuestión de cuerpo. Un asunto del tiempo. Menos la felicidad.

Los hedonistas nos lo dicen claramente en “Cuerpos dejan cuerpos”. Salir a por la vida, bebérsela de un trago, o a sorbitos, es una elección. Exponer la vida como lo hace el texto de Cristina Peregrina, es, ante todo, haber vivido. Ya en “Concierto para la acumulación”, su obra anterior, nos llevaba por un tobogán de sensaciones, performances de ritmos sonoros, entre humor y sonrisas tristes llenas de mordacidad. Si aquello retumbaba en el vacío existencial, esto profundiza en el ahora, como un eco en las montañas, un profundo canto a la reflexión sobre la caducidad, la muerte, la soledad, y sobre todo la vida. Si aquello era viento en la cara, esto es mar en todas sus versiones. Después de un gran trabajo de campo (casi un año yendo a diferentes centros de mayores) los hedonistas establecen lazos de unión entre la supervivencia y el tiempo, y el azar escoge a tres actores mayores que engrandecen y hacen más puro y real (si se puede) el trabajo en escena. Muestran la vejez a través de cambios corporales que confunden a la persona, la transforman, la hacen y la deshacen, cuerpos juegan a ser otros cuerpos. Fantasías que lo son, y cuerpos que dejan de serlo. Lo que hace tan diferente a “Los hedonistas” es su forma de abordar el teatro, al inundar toda relación humana de una poética creada por y para el disfrute del espectador y del actor. Mirar como ellos miran y tocar lo que ellos tocan: el alma humana desde la poética del cuento, de la ironía, de la reflexión sincera y pura, sin tapujos, y todo ello en una forma de experimentación -genial otra vez Daniel Puig en la dirección- que incluye acción, videos en forma de poemas visuales y una cuidada y minimalista puesta en escena. Sean bienvenidos a una nueva forma de hacer teatro: el teatro hedonista.