Filtrada por la televisión, la impresión que los ciudadanos tienen de la realidad llega a depender intensamente de los argumentos e incluso de los lenguajes audiovisuales. Y en Italia, como escribe Umberto Eco, se vive en un régimen de «populismo mediático». En diez días Berlusconi ha emitido dos videomensajes: el primero, el domingo 16 de enero, lo difundieron parcial o totalmente todos los telediarios de todas las cadenas. El clímax de esa narración emotiva llegaba en el momento en el que Il Cavaliere anunciaba que tenía desde hacía tiempo una relación estable que jamás habría permitido excesos sexuales en su presencia (nada más se ha vuelto a saber de la susodicha). En el segundo, emitido tres días más tarde, más de lo mismo. La menor de edad, Ruby, cual estrella de Hollywood, era entrevistada el miércoles 19 de enero, desmintiendo cualquier comportamiento deshonesto del Primer Ministro. Así funciona el populismo mediático; imponiendo sus mitos: el violador es el violado, las prostitutas víctimas, los jueces espías, la Ley injusta y el público, juez.

En Italia, más del 60% de los ciudadanos depende exclusivamente de la televisión como fuente de información política. Los tres canales propiedad de Berlusconi concentran la mitad de la audiencia de la televisión. La otra mitad atiende a la Radiotelevisión Italiana (RAI), la entidad gubernamental que también obedece en gran parte a los intereses del Primer Ministro.

Este uso de los medios de comunicación le ha permitido hasta ahora a Berlusconi capear sucesivas y escandalosas tormentas políticas, que en cualquier otro país habrían bastado para que el Presidente o el Primer Ministro dimitieran. En Italia, si bien ensombrecen la imagen de Berlusconi, se digieren como capítulos de telenovela. Uno puede preguntarse cómo es que el país de Dante y Boccaccio, de Rossellini y Passolini, se ha dejado convencer por un charlatán catódico. El abuso informativo de Berlusconi cala en una sociedad en grave crisis económica y ética. Las escuchas telefónicas del caso Ruby revelan el triunfo de un sistema de valores obsceno que contamina a una buena parte de la sociedad: el de la fascinación por el lujo y dinero fácil.

En las sociedades contemporáneas, el ejercicio de la democracia suele ser directamente proporcional a la pluralidad en los medios de comunicación. Cuando en un país predomina una sola versión de los asuntos públicos, los ciudadanos carecen de información suficiente para tomar decisiones mientras se dejan atrapar por cada nuevo episodio de la telenovela berlusconiana.