Aun así, dadas las circunstancias económicas actuales, y la entidad de la cuestión considerada, me parece que en España no estamos dando un buen ejemplo público de madurez política y de rigor en la forma en la que se está abordando esta cuestión. Se está dramatizando y exagerando en exceso y el debate está discurriendo en ocasiones por cauces poco rigurosos. Incluso un tanto dogmáticos y sesgados en la exposición de determinados análisis -¡que curiosamente se pretenden presentar como “científicos”!– y en la mezcla de elementos que se refieren a realidades y tendencias que son distintas entre sí.

En lo que concierne a las tendencias demográficas que subyacen en la cuestión, no se está teniendo suficientemente en cuenta, por ejemplo, que las tendencias formuladas en términos exclusivamente estadísticos, no siempre se cumplen. De hecho, las proyecciones publicadas por el INE hasta hace muy poco continuaban previendo una población de menos de 40 millones de habitantes para esta década y la próxima, cuando de hecho la población española ya había superado, con creces, la cifra de 40 millones de personas.

Por eso, hay que tener en cuenta que las tendencias previstas –aun siendo ya inquietantes– es harto probable que no se vean cumplidas, entre otras cosas porque los avances médicos, sobre todo en medicina regenerativa –si no concurren otros cambios–, van a prolongar muy pronto la edad media de vida por encima de los 90 años. Posiblemente, significativamente por encima. De hecho, la esperanza media de vida de las mujeres españolas ya está por encima de los 84 años, y basta mirar alrededor o seguir las informaciones sobre defunciones para constatar que cada vez hay más españoles que superan los 90 años de vida.

Por eso, me parece que está totalmente fuera de la realidad pensar que es viable y lógica una estructuración de los tiempos sociales, en la que las personas empiezan a trabajar por encima de los 25 años (con suerte), jubilándose a los 65 (o antes) y viviendo hasta los 90 años o más. De hecho, cuando se estableció el modelo actual de jubilación a los 65 años, las personas solían empezar a trabajar muy pronto y apenas vivían hasta los 70 años, generalmente con una salud bastante frágil. Es decir, estaban jubilados como promedio unos 5 años. Sin embargo, en el horizonte de una década muchos jubilados vivirán en esta condición 25 años o más. Es decir, cinco veces más. Lo cual no parece lógico ni viable, más allá de que no debieran cuestionarse las posibilidades –y seguridades– de que se van a atender los costos de las jubilaciones, bien por vías específicas como ahora, bien completando los presupuestos mediante impuestos generales. Es decir, lo que no debe hacerse en cualquier caso es sembrar incertidumbres entre los pensionistas, arrojando dudas sobre la viabilidad económica de las futuras jubilaciones. Aunque lo cierto es que un modelo financieramente autosuficiente tiene la ventaja de que los recursos públicos obtenidos vía impuestos (que no son infinitos) podrían dedicarse a otros objetivos, como Educación o Sanidad, que falta hace.

Pero, la cuestión me parece a mí que es más amplia y compleja que la que concierne al simple cálculo económico, que en cualquier caso no es despreciable. La cuestión es cómo se debe organizar la vida social y económica en sociedades que están cambiando tanto y en las que muchas personas ni quieren, ni deben, ser situadas a determinadas edades en las franjas de los “inútiles” o “desechados” social y económicamente. Sobre todo, si se encuentran razonablemente bien de salud y desean seguir trabajando, aunque sea con horarios más reducidos y bajo modalidades con otras características.

Sobre todo, hay que tener en cuenta que el hecho de seguir trabajando no sólo implica sentirse útil y productivo (en el sentido que ha sido históricamente más genuino para el movimiento obrero), sino que en países como España significa también –y esto es muy importante– poder tener un nivel de ingresos significativamente más alto, con todas las posibilidades de calidad de vida que implica.

Por ello creo que son muchas las personas que en España, si están bien de salud, desearían continuar trabajando por encima de los 65 años. Para sentirse útiles y vivos y para no tener que ver reducidos sustancialmente sus niveles de ingresos. De hecho, en España las cuantías de las pensiones de jubilación todavía son demasiado bajas, lo que da lugar a que la proporción de personas mayores de 65 años que se encuentran por debajo del nivel de la pobreza sea superior en muchos casos al 40%. Lo cual es un problema y un auténtico escándalo.

De ahí la sorpresa causada por la forma en la que algunos han abordado esta cuestión, sin tener en cuenta, con un mínimo de realismo y sentido común, todas las cuestiones que se encuentran concernidas en el debate sobre la edad de jubilación: desde las políticas generales de empleo, las dificultades laborales de los jóvenes, la pérdida de calidad de los empleos, las altas tasas de paro, la escasez de muchas pensiones (que habrá que aumentar significativamente cuando las condiciones lo permitan), las jornadas laborales (que habría que ajustar a las nuevas condiciones tecnológicas), las diferentes modalidades de trabajo (que deberían tener en cuenta las condiciones particulares) y los deseos y expectativas de las personas concretas, etc.

Es decir, estamos ante asuntos que presentan no pocas complejidades y que tienen que ver con la forma en la que están evolucionando nuestras sociedades. Cuestiones que, obviamente, no es fácil que se puedan abordar todas al mismo tiempo de forma simultánea. Pero que habrá que abordar en algún momento, antes de que determinadas situaciones se conviertan en insostenibles. De ahí mi impresión positiva sobre el debate que ha lanzado el gobierno sobre la prolongación paulatina de la edad de jubilación, que lógicamente tendrá que evolucionar al compás que evolucionan los años de vida efectiva de las personas. Lo cual, además, es algo que en el fondo será positivo para los trabajadores, por mucho que algunos puedan objetar que debiera empezar por ser positivo también en las formas (de plantearlo). Pero, en cualquier caso, las formas no debieran empeñar el fondo, sobre todo cuando se trata de cuestiones de tanta importancia.