En el nuevo, y más fragmentado, panorama político-electoral español que se está dibujando, los ámbitos de competencia política también están fragmentándose. Ahora las posibles alternativas de voto y las pugnas por los apoyos ya no se producen solamente a nivel general –entre el PSOE y el PP─ como ocurría hasta hace muy poco tiempo, sino que la competencia tiene lugar de manera dual: en la izquierda y en la derecha.

Como indicaba en el anterior artículo de esta serie (Vid. Sistema Digital del 7 de abril), en el campo de la derecha y el centro-derecha ya no existe un único actor principal (el PP), sino que está surgiendo un segundo actor importante (Ciudadanos), en ascenso, que está nucleando a buena parte de los anteriores votantes más centristas y más desencantados del PP. Por eso, cada vez va a resultar más difícil estimar el famoso “voto oculto” del PP, que al final –más allá de lo que se reflejaba en las encuestas─ acababa recalando en el PP. Actualmente, buena parte de ese voto se está desplazando directamente a Ciudadanos, que consecuentemente está experimentando un ritmo de crecimiento muy notable.

De esta manera, el viejo efecto “balancín”, que daba lugar a que uno de los dos grandes partidos subía automáticamente cuando el otro gran partido bajaba, ahora se está dando básicamente en el ámbito interno de la derecha y el centro. Es decir, entre el PP y Ciudadanos.

Tal dinámica puede dar lugar a notables fiascos en las estimaciones actuales del voto oculto del PP, de forma que al final este partido puede acabar teniendo en las urnas menos votos de los que estiman determinadas encuestas excesivamente “cocinadas” por entidades sociológicas y de comunicación cercanas al PP.

Más allá de estos posibles fallos metodológicos, los datos de casi todas las encuestas preelectorales apuntan hacia unas subidas tendenciales de Ciudadanos que son bastante espectaculares.

¿Cómo se pueden traducir realmente estas subidas en términos políticos concretos? Es decir, en términos de poder efectivo y de gestión de gobierno, sobre todo en las elecciones autonómicas y municipales de mayo.

La cuestión no es baladí, sobre todo en la medida que aquello que hagan o no hagan los líderes de Ciudadanos después de los comicios de mayo va a condicionar poderosamente la trayectoria ulterior de esta formación política y su potencialidad política futura.

No hay que desdeñar que el desgaste acumulativo del PP –y sus problemas recurrentes─ termine conduciendo a una nueva correlación de fuerzas en el ámbito de la derecha y el centro, hasta situar a Ciudadanos por delante del PP en apoyos electorales directos (nuevo “efecto balancín”). De hecho, en la historia reciente de España ya tuvo lugar una sustitución de esta naturaleza, desde el centro (UCD) hacia la derecha (AP, luego rebautizado como PP). Sustitución que se produjo, sobre todo, a partir del derrumbamiento de la UCD. ¿Puede volver a ocurrir algo similar en España en nuestros días? Desde luego, no hay que desecharlo, máxime teniendo en cuenta que las inclinaciones mayoritarias del electorado español son hacia el centro, y que en cierta medida la derechización excesiva del PP y buena parte de sus actuales líderes conforman un cierto desajuste ideológico-político estructural. De hecho, buena parte de los votantes actuales del PP se le ubican en el centro político, mientras que ven al PP como un partido demasiado escorado hacia una derecha bastante de derechas. De ahí, las enormes potencialidades de Ciudadanos.

Sin embargo, Ciudadanos puede encontrarse con un escollo muy serio en el camino hacia su eventual transformación en la fuerza mayoritaria en el ámbito sociológico de la derecha y el centro.

Este escollo es el mismo con el que tropezó en su día CDS, que llegó a tener apoyos electorales muy notables en las elecciones legislativas de 1986 (9,2%) y en las municipales de 1987, que desbancaron al PSOE del Ayuntamiento de Madrid y en otros lugares (9,8% en general y 15,1% en la ciudad de Madrid, con un 10,3% en las europeas de 1987, cayendo al 2,9% en las siguientes elecciones municipales).

Entonces contó más el afán de tocar poder inmediatamente que otras consideraciones estratégicas políticas a medio plazo, y el CDS se embarcó en unos pactos inmediatos de gobierno con el PP que acabaron desdibujando sus perfiles político-ideológicos propios y sus potencialidades electorales de futuro. Pese a que en el Ayuntamiento de Madrid, por ejemplo, el PP tuvo la astucia de ceder inicialmente la Alcaldía al CDS (Rodríguez Sahagún), la impresión general fue que este partido y el PP eran prácticamente la misma cosa y que después de las elecciones todas las posturas habían vuelto a su posición y a su cauce original.

Con esta indiferenciación de espacios, el CDS abandonó cualquier posibilidad de competir y seguir ganando allí donde podía obtener nuevos apoyos (el centro), resignándose a un papel de actor político secundario primero, e insignificante después, hasta desaparecer de la escena en una forma que durante muchos años ha dejado huérfanos a los electores centristas en España.

Ahora la historia se puede repetir nuevamente de manera casi idéntica, frustrando nuevamente la posibilidad de un recambio de la hegemonía política en la práctica mitad del espectro político-español, con sus correspondientes efectos debilitantes en la tan necesaria descrispación de la vida política en España.

El vértigo político que van a sentir los líderes de Ciudadanos, si obtienen en mayo un buen resultado en las urnas, va a ser muy grande. Y no está nada claro si van a ser capaces de resistirse a las urgencias –y tentaciones─ de lo inmediato. Las presiones y los cantos de sirena ya han empezado, no solo desde las propias filas del PP, sino también por parte de poderosos grupos de poder que están preocupados ante la eventualidad de un cambio sustancial de signo político en España, y que desean que todo continúe más o menos igual que ahora, con algunos pequeños cambios de estilo, de modelos y de caras jóvenes.

El problema es si un país que está experimentando una inflexión tan fuerte hacia la izquierda como la España actual, puede llegar a asumir lo que muchos no dudarán en interpretar como un mero apaño de intereses y simulacros y como un fraude a los deseos de cambio de la gran mayoría de la población. Asunto sobre el que volveremos en el próximo artículo de esta serie.