La principal tendencia política que se constata actualmente en España es la fuerte inclinación de la opinión pública hacia la izquierda.

En el Informe sobre la Encuesta preelectoral publicado en el número de mayo de la revista TEMAS se incluye abundante información empírica sobre esta tendencia. En estos momentos, sin contar a los partidos nacionalistas de izquierdas ni a otras formaciones pequeñas, los tres principales partidos de la izquierda (PSOE, Podemos e IU) suman entre el 55% y el 58% de intención de voto posible, en contraste con solo entre un 32% y un 34% de los tres principales partidos de la derecha y el centro (PP, Ciudadanos y UPyD).

Para hacernos una idea de la magnitud de este vuelco, hay que recordar que en las últimas elecciones generales de noviembre de 2011 los principales partidos de la izquierda solo alcanzaron un 35,6% de los votos y los de la derecha y el centro un 49,3%.

En España nos encontramos, pues, ante un panorama político-electoral que es totalmente distinto al de hace cuatro años.

La inflexión hacia la izquierda resulta especialmente notoria en lo que se refiere a las auto-ubicaciones político-ideológicas de los españoles. Así, en un escalograma izquierda-derecha, donde la posición más a la izquierda es el diez y la más a la derecha es el 1, un 65,1% se sitúa en estos momentos en los cinco espacios de izquierda del espectro político, en contraste con solo un 37,9% que así lo hacía en 2009. Es decir, casi se ha doblado esta cifra desde los primeros años del actual ciclo de crisis económica.

A su vez, los que se ubican en los cinco espacios de la derecha han descendido a solo un 24,5%, constatándose esta misma tendencia en varios otros indicadores sociológicos y actitudinales.

De acuerdo con los datos de la serie de encuestas sociopolíticas realizadas por el GETS, estamos ante el punto más álgido de inflexión hacia la izquierda que se ha registrado durante los últimos quince años, con una especial subida desde otoño de 2014.

A partir de tales datos, resulta evidente que la voluntad mayoritaria de la población española es que el próximo gobierno se oriente en esta dirección.

Por ello, si debido a las complejidades del reparto de los votos y a la fragmentación partidaria de las candidaturas de la izquierda, en el Parlamento español se plasmaran combinaciones políticas y de gobierno diferentes, la frustración del electorado sería muy notable. Con los efectos negativos que de ahí podrían derivarse.

Por consiguiente, el próximo derby electoral en España se va a jugar claramente en el campo de la izquierda. Campo en el que –al igual que ocurre en el de la derecha─ se está dando una importante competencia interna entre dos actores políticos principales y otro secundario. A lo cual se añaden varias fuerzas menores de ámbito regional. Sin esta complejidad, las tendencias electorales subyacentes podrían estar apuntando –al margen de otras tendencias concurrentes─ a una victoria del PSOE similar o incluso superior a la de 1982.

Pero, obviamente, las circunstancias son actualmente diferentes, como también lo son los procesos de desgaste y las inflexiones político-ideológicas experimentadas por el PSOE durante los últimos años.

Los datos de la Encuesta publicada en la revista TEMAS indican que en el campo de la izquierda la competencia electoral entre el PSOE y Podemos es especialmente intensa y que sus resultados finales en unas elecciones generales aún no están decantados.

De momento, buena parte de los votantes de Podemos (casi el 40%) se ubican en los mismos espacios político-ideológicos del PSOE, al tiempo que ven a este partido en posiciones más a la izquierda (8,44) que las que ellos mismos tienen (entre el 7 y el 8). Lo cual supone que Podemos tiene distancias y fracturas potenciales con su electorado más moderado, cuyo comportamiento final va a depender de lo que el PSOE haga, diga o plantee en su programa de aquí a las próximas elecciones generales.

En esta competencia por ganar el apoyo de varios millones de votantes progresistas y de izquierda, el PSOE cuenta con la ventaja de su liderazgo –Pedro Sánchez- que está más acreditado que el de Podemos –Pablo Iglesias- y que además está experimentando mejoras progresivas en apoyos y credibilidad. Por lo tanto, de aquí a las elecciones generales, será fundamental lo que suceda en el PSOE, en términos de coherencia, sentido de la responsabilidad, capacidad política y de gestión, credibilidad, ausencia de conflictos y disidencias, etc. Así como la trayectoria personal de su actual líder, en cercanía, proximidad, empatía con los principales problemas de los españoles (sobre todo el paro), capacidad de resolución de problemas, aportación de soluciones creíbles y solventes, proyección de su dimensión de hombre de Estado con relaciones, contactos e interlocuciones de alto nivel, capacidad de gestión y de aglutinación de buenos equipos, etc.

Aunque el PSOE puede ganar ventaja en todo esto respecto a Pablo Iglesias y el actual equipo dirigente de Podemos, no hay que olvidar que una parte importante del electorado español de izquierdas está quemado y desengañado, y demanda compromisos muy firmes y convincentes respecto a las grandes cuestiones sociales que conforman el actual programa posible –y necesario─ de la izquierda. Por eso, bastantes electores no van a acabar de decidir a quién votarán hasta el último momento. Algunos hasta la propia campaña electoral. Lo cual supone que los partidos españoles de izquierdas se encuentran emplazados ante una carrera política de fondo que va a ser larga y reñida, y en la que no está claro si determinados poderes económicos y socio-políticos de España van a actuar de manera limpia y con altura de miras, apostando por –o dejando desenvolverse a─ lo más natural y razonable, o bien si van a jugar a la desesperada, estimulando el tensionamiento y las guerras sucias de desgaste, imbuidos por los criterios de que “cuanto peor mejor”, y “o nosotros o el caos”.

En este sentido, la manera en la que reaccionen determinados poderes y fuerzas políticas, sociales y comunicacionales va a resultar determinante sobre cómo puedan discurrir las cosas en el futuro próximo de España. Si estas fuerzas no entienden, ni asumen, que la gran mayoría de la población está demandando un giro político a la izquierda, y que el PSOE es el partido político que está más capacitado –por trayectoria, credibilidad, capacidades de gobierno y sintonías internacionales─ para liderar y conformar este cambio al servicio de los intereses generales, estarán haciendo un flaco favor a la sociedad española. Y, de rechazo, estarán contribuyendo a la ingobernabilidad y a la emergencia de fuerzas políticas que no se sabe con qué grado de responsabilidad –o de sinsentido─ serán capaces de actuar.

Lo cierto es que, en estos momentos, el PSOE es el único partido de la izquierda que tiene la capacidad de gobierno que se requiere para no tirar por la borda algunas de las conquistas que se lograron en la sociedad española durante los años más positivos del actual ciclo democrático, y para gestionar la salida de la actual crisis económica y social de manera solvente y con sensibilidad social. Lo cual es fundamental si se quiere hacer frente a derivas bipolarizadoras que pueden ser muy auto-destructivas para la sociedad española; como ocurrió en las etapas más negativas de nuestra historia reciente.

La centralidad del PSOE en los espacios de la izquierda sensata ─y el menor rechazo que suscita─ hace que este partido tenga también más posibilidades e idoneidades para concitar en torno suyo los acuerdos que van a ser necesarios en este país, en una etapa especialmente sensible, en la que a varios problemas económicos y sociales de entidad se suman climas abiertos de indignación y malestar, así como tendencias de creciente fragmentación político-electoral.

En realidad, en la sociedad española en estos momentos solo hay dos partidos nacionales –PSOE y Ciudadanos─ que no despiertan grandes rechazos, que ocupan espacios de centralidad política que les permiten “sumar” apoyos y que tienen un liderazgo creíble (nacional e internacionalmente, aunque el PSOE en mayor grado en el plano internacional). Y, por lo tanto, que puedan garantizar la gobernabilidad.

El hecho de que la gran mayoría de la población española esté inclinándose en estos momentos hacia posiciones de izquierda, conduce de facto a que sea el PSOE el partido que se encuentra llamado a cumplir este papel. Lo cual hace que la competencia interna entre el PSOE y Podemos tienda a convertirse en la cuestión más relevante en las próximas elecciones generales, en las que la decisión clave para aquellos que quieren un cambio de gobierno y una inflexión política hacia la izquierda es decidirse “o bien por el PSOE o bien por Podemos”. ¿Cuáles son las perspectivas que se presentan ante este dilema? ¿Qué anticipaciones pueden esbozarse a partir de las informaciones sociológicas disponibles?

Hoy por hoy, los datos empíricos más relevantes en el campo de la competencia en la izquierda son que bastantes votantes del PSOE de 2011 aún no tienen decidido a quién votarán en las próximas elecciones generales y que casi una cuarta parte de estos (23,1%) ahora dicen que votarían por Podemos. Lo cual supone un tercio de los actuales votantes posibles de este partido (33,7%). A esto hay que añadir proporciones importantes de electores que consideran alternativamente a uno y otro partido como aquel con el que más simpatizan, o como el posible destinatario de un voto secundario. Algo que es mucho más frecuente entre votantes de PSOE-Podemos-IU, que entre el PSOE y Ciudadanos. Por ejemplo, un 24,3% de los actuales votantes de Podemos votarían en segundo lugar por el PSOE y un 18,1% de los de IU.

A su vez, los votantes de Podemos e IU que votarían en segundo lugar por el PSOE son un 7% del total de españoles actualmente decididos, en comparación con solo un 1,9% de los que así se manifiestan entre los votantes potenciales de Ciudadanos.

En este contexto, el antiguo “efecto balancín” que se producía entre el PSOE y el PP, y que daba lugar a que cuando el uno bajaba el otro subía, ahora ha sido sustituido por un “doble efecto balancín”: entre el PP y Ciudadanos, por un lado, y entre el PSOE y Podemos –y en menor grado IU─, por otro. De manera que también ahora, pero de forma dual, las subidas y/o bajadas en apoyos de unos dan lugar a bajadas y subidas paralelas de los otros. De ahí que el devenir concreto de los apoyos a Podemos se acabará notando también en términos de más o menos votos posibles para el PSOE, con todas sus implicaciones prácticas, dando lugar a que el criterio del “voto útil” en las próximas elecciones generales no sea ninguna tontería. Aunque ahora puede operar de manera diferente a la de solo hace cuatro años.

Un ejemplo palmario de hasta qué punto la competencia preelectoral fundamental del PSOE se produce en el campo de la izquierda, es que comparativamente los votos que Ciudadanos quita al PSOE respecto a 2011 por el centro-izquierda moderado son solamente un 4,7% de sus antiguos votantes y un 5,9% del total de votos posibles de Ciudadanos. Es decir, entre cinco y seis veces menos que los de Podemos. Lo cual indica por dónde puede recuperar apoyos realmente el PSOE en mayores magnitudes.

Por lo tanto, la manera en la que se resuelva la competencia electoral subyacente entre PSOE y Podemos va a influir decisivamente no solo en quién pueda ser la futura fuerza mayoritaria de la izquierda, con toda la legitimidad y credibilidad para formar gobierno que se deriva de ello, sino también determinará cuál será la fortaleza final que tendrá Podemos en el próximo Parlamento español, para facilitar o para torpedear determinado tipo de políticas, o incluso para utilizar la representación otorgada por una minoría importante del electorado para boicotear la formación de gobiernos legítimos.

En este contexto general, IU tiende a quedar relegado a una posición secundaria y aparentemente cada vez más débil, crecientemente fagocitada por Podemos, hasta el punto que un 44,2% de los votantes de IU de 2011 ahora dicen que piensan votar a Podemos.