El fenómeno de irrupción en escena de nuevos –o novísimos─ partidos políticos es algo que ya se ha dado varias veces en la historia. Y, generalmente, con las mismas características y consecuencias prácticas. Por eso, en estos momentos no resulta ocioso recordar qué nos enseña la experiencia histórica sobre este particular, y constatar hasta qué punto determinadas tendencias previsibles se están dando o no en el actual panorama político español.

Generalmente, los novísimos partidos intentan marcar una línea de ruptura radical entre el presente y el futuro, en la que ellos se sitúan como abanderados de una nueva época en la que quedaran superados todos los males y problemas del período anterior, con sus corrupciones, las prácticas torcidas y decadentes, las carencias, los liderazgos mediocres y poco fiables, etc. En la nueva época que ellos anuncian, cual heraldos del paraíso, todos los defectos y oscuridades quedarán eliminados como por ensalmo, simplemente porque ellos son los nuevos, los inmaculados, los puros de corazón y de propósito. De ahí que, cuando los “nuevos” líderes han tenido que ver con etapas anteriores, su historia es borrada de un plumazo y son presentados públicamente como si hubieran salido de la nada y como si nunca hubieran quedado tocadas o contaminadas sus purísimas túnicas blancas.

El propósito de novedad absoluta e incontaminada se suele reforzar con una imagen prístina de juventud recién llegada, que tiene en su seno la promesa de otros tiempos. Por eso, los líderes de estos partidos suelen ser –o se presentan como─ bastante jóvenes. Y si no son suficientemente jóvenes como para que pueda colar este constructo se rodean de una corte de jóvenes y centran sus discursos en la exaltación de lo joven, lo nuevo y lo incontaminado, intentando hacer de la edad una variable política central.

Uno de los problemas a los que se enfrentan los novísimos partidos en su propósito de marcar una frontera prístina de ruptura con lo anterior, es que no suelen contar con cuadros políticos contrastados, ni con estructuras organizativas mínimamente asentadas en todos los territorios. Consecuentemente, su primera contradicción es que tienen que recurrir a lo que encuentran más a mano –que no suele ser precisamente muy nuevo─ y suelen reclutar a cuadros políticos “rebotados” de otras organizaciones –como la mayor parte de los “novísimos” líderes de estos partidos─. Algo que se intenta mantener en la oscuridad.

Aún así, como quiera que las estructuras partidarias no se pueden improvisar, la debilidad organizativa de los novísimos partidos y su falta de rodaje se procura compensar con una exaltación desmesurada de los liderazgos, que hace que estos partidos se aproximen al modelo del caudillaje. Lo cual tiene, a su vez, sus propias exigencias funcionales que tienden a reforzar los hiperliderazgos.

Al final se trata de organizaciones en las que casi todo gira –y descansa─ sobre un líder supuestamente carismático. A falta de órganos decisorios contrastados y legitimados a través de procesos democráticos de elección desde abajo, en la organización siempre “hay que esperar” a ver lo que decide el líder superior, o a las instrucciones que importa, o a las rectificaciones que imponga. De tal manera que los partidos de este tipo acaban muy encorsetados, estructurándose en su mayor parte en torno al líder, su equipo de confianza y su corte de aduladores.

Cuando la “confianza” y la cercanía al líder decisor se convierten en las variables fundamentales para las carreras políticas, surgen inevitablemente las tensiones de influencia, que siempre acaban con el apartamiento y/o la expulsión de aquellos que no se avienen a –o no saben─ jugar este tipo de partidas, en un contexto general que requiere que el líder no sea contestado, refutado o cuestionado. Algo que en ocasiones da lugar a purgas, persecuciones y prácticas bastante sonadas de extrañamientos. E incluso crueles.

El modelo organizativo que al final acaba imponiéndose en los novísimos partidos suele ser bastante elemental, aunque no por ello disfuncional. La estructura descansa en tres pivotes básicos: el primero es el líder, con su equipo de confianza y su corte, el segundo es el “público” que le sigue, reducido a la condición de “masa” indiferenciada, que se vincula a su líder-jefe por las emociones (alimentadas con discursos exaltados que llaman a la ira, la indignación y el repudio a los “otros”, convertidos en chivos expiatorios), por las identidades de intereses (reducidas y simplificadas unilinealmente de manera demagógica sin opciones para la racionalidad reflexiva) y por unos confusos propósitos de consulta-sintonía, que antes se sostenía que se sustentaban en los aplausos y las ovaciones, y ahora se suelen justificar en forma de unas aparentes consultas no contrastadas en las redes informáticas. Finalmente, un tercer pivote esencial en la estructura de los novísimos partidos son los centros neurálgicos de apoyo económico y comunicacional, son los cuales –obviamente─ estos partidos nunca llegarían a existir ni a ser mínimamente conocidos. Tales centros siempre aparecen totalmente ocultos al común de los mortales, por razones evidentes.

Como cualquiera puede entender, a partir de estos condicionantes –y como bien demuestra la experiencia histórica─ uno de los principales problemas de los novísimos partidos es su carácter imprevisible y las posibilidades de realizar actuaciones no sometidas a ningún mecanismo de control interno. Algo que viene facilitado –y casi propiciado─ por su carácter caudillista; de manera que es el propio líder supremo el que marca los ritmos y las secuencias de la línea política que se desea imponer, una vez superada una primera etapa de mayor prudencia, de cierta moderación y de ambigüedad calculada, aconsejada por el propósito de concitar el mayor número posible de apoyos. Lo que lleva a proyectar discursos y mensajes muy elementales, alimentados en la indignación y el simple rechazo a los “otros”, a los que estaban antes.

En definitiva, por su propia lógica interna, el apoyo a estos partidos se convierte en un acto de audacia no reflexiva, en un auténtico cheque en blanco, que nadie puede saber de antemano cómo se puede acabar utilizando. Y si alguien tiene alguna duda sobre esto, debiera hacer memoria y repasar algunas sorpresas –y despropósitos─ que nos ha deparado la historia reciente.