Además, cada vez es más habitual encontrar a personas mayores que han sobrepasado el límite de los ochenta años (2.213.955 de personas actualmente), que son autónomas y que siguen desempeñando tareas profesionales y/o colaboran con entidades sociales (una dimensión nueva de participación en las sociedades posmodernas). Ancianos que no aceptan un rol más tradicional y salen de sus casas, se integran activamente en la sociedad, cultivan su ocio, y recuperan su experiencia y conocimientos.

Dos casos recientes que hicieron aflorar esta faz de la vejez han sido el nombramiento el pasado mes de noviembre de Alberto Oliart, de 81 años, como Presidente de RTVE, y la posibilidad de disfrutar de la sensibilidad del gran director de orquesta Georges Prêtre, de 95 años que, por segundo año consecutivo, dirigió a la Orquesta Filarmónica de Viena en el pasado concierto de año nuevo.

La vejez ya no es asociada en exclusividad a la decrepitud o a la tristeza que conlleva el final de la vida (la propuesta del Gobierno de retrasar la edad de jubilación a los 67 años camina en esta dirección). La celebre frase del modisto español, Adolfo Domínguez. “la arruga es bella” puso en valor, hace varias décadas, la importancia, la estética y el componente artístico de lo que no es aparentemente perfecto. No obstante, como consecuencia de vivir en tiempos de apariencias, hay quienes utilizan las técnicas más punteras para retocar o literalmente “planchar” sus rostros.

La senectud, en cualquier caso, conlleva deterioros cognitivos y físicos, a los que nadie puede sustraerse. Casos llamativos de fortaleza han sido, porque posiblemente se trata de personajes de relevancia, la extraordinaria vitalidad en su vejez de Pablo Picasso, o del polifacético actor Anthony Quinn. Fueron longevos y se mantuvieron productivos hasta el final de sus vidas. Ambos, en su etapa eufemísticamente denominada “tercera edad”, llegaron a tener hijos y sobresalieron por su energía. Quizá sean excepciones, aunque seguramente todos conocemos a ancianos de tal vigor y debemos hacernos a la idea que este perfil será cada vez más habitual.

Sin embargo, a vejez, tiene una cara más oscura, que se perfila con claridad en los ancianos que pierden la salud y hasta sus recuerdos. Estamos acostumbrados a ver pequeñas furgonetas con personas de edad que, a primera hora de la mañana, son trasladadas desde sus hogares a lugares profesionalizados donde se les atiende. La función de cuidar de los ancianos sigue siendo asumida mayoritariamente por las familias (en particular por las mujeres), aunque como consecuencia de su progresiva incorporación al trabajo extradoméstico, ha sido necesario articular recursos de atención especializados para nuestros mayores. Asimismo, se ha producido una transnacionalización de los cuidados dentro de la familia, al menos en las mejor situadas socialmente, de forma que mujeres y hombres procedentes de otras zonas geográficas del mundo (fundamentalmente latinoamericanos) les atienden y acompañan en su soledad.

Finalmente, la realidad más dura de la longevidad se puede ver en algunas secciones de residencias para la “tercera edad”. Los que allí viven representan la senilidad en toda su crudeza.

La atención y bienestar de las personas que se encuentran en la tercera, cuarta y hasta quinta edad (de seguir las tendencias actuales) son retos de nuestra sociedad. Se han dado pasos positivos. La Ley 39/2006 de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a personas en situación de dependencia es prueba evidente de ello (a pesar de algunas carencias). También los recursos de atención que han ido formalizándose para esta población desde las diversas Administraciones… Pero todavía queda mucho por hacer. Sería necesario un acceso universal al cuidado en la vejez, como derecho de ciudadanía, y para ello debería priorizarse como objetivo político, no aceptando, sin matices, la reflexión de García Márquez cuando señalaba que “el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”.