Vivir en la calle, estar sin un hogar, conlleva la vivencia personal de un cúmulo de fracasos, de decepciones, de abandonos, de soledades, de perdidas, de extravíos… Pero, sobre todo, representa el fracaso de una sociedad, que lejos de propiciar el bien común y la solidaridad, se ha instalado en un discurso darwinista, en donde la competencia se ha convertido en uno de los valores sociales prioritarios, hasta el punto que en estos momentos la celebre referencia del sociólogo Herbert Spencer «la supervivencia de los más aptos» pareciera que avalará no pocas injusticias y desafueros.

En esta sociedad de grandes triunfadores y olvidados perdedores, máxime en tiempos de crisis, nos dejamos llevar irremediablemente por el día a día, por la lucha por conservar el trabajo, por poder pagar la hipoteca, por recibir una siempre bienvenida palabra de apoyo, y por ser queridos por quiénes amamos.

Los hombres y mujeres que viven sin el referente de un hogar, de un afecto, de un cariño, perdieron el rumbo de sus vidas, algunos incluso el juicio, pero no el juicio del que hacia gala el gran Erasmo en su obra Elogio de la Locura, sino el juicio de los que alguna vez lo tuvieron, o el de aquellos que nunca recibieron apoyo, a pesar de estar desamparados en sus mentes. Algunas personas sufren de su soledad por haber entrado en círculos cerrados de consumos adictivos, que relegan al individuo a la condición de esclavos y le hace destrozar todo lo que está a su alrededor. También hay familias, madres, padres e hijos que quedaron al albur de las estrellas, por no poder acometer deudas de ladrillos imposibles. ¡Qué paradoja más ruin, 30.000 personas sin un hogar en un país donde hay 3.000.000 de viviendas vacías! Y, asimismo, hay personas de otros lugares y culturas, que perdieron el arrojo en el trayecto de su aventura, y se presentan sin fuerza y tesón. A todos ellos la vida les enjauló en sus recuerdos. Algunos consiguen izarse en un mundo nuevo de ilusiones, con sus familias, entorno y retoman las riendas de sus impulsos, con profundas heridas, que nunca se curan del todo, pero siguen su camino sin ruido y en paz. Y otros fallecen. En lo que va del año 2009 ya no están con nosotros setenta y tres de estas personas, en su mayor parte por agresiones y actos violentos. No en vano las gentes de la calle tienen una esperanza media de vida de veinticinco años menos que la población normalizada.

En tiempos de personajes que sacian su apetito voraz de poder y riqueza esquilmando confianzas y bienes públicos, el “sinhogarismo” adquiere especial dramatismo, por lo perverso de un sistema, que permite ostentaciones sin fin. Pero ellos no son curiosamente los estigmatizados; lo son los más desfavorecidos, los que menos tienen, los que no tienen nada…

La luces de la ciudad anuncian la llegada de la Navidad, el ir y venir de los viandantes en las zonas más céntricas de las ciudades resulta agotador y junto a ello la quietud de las personas que sobreviven en la calle. Muchas sensibilidades afloran hacia los más desfavorecidos, aunque todos los días haya personas al borde del precipicio y, afortunadamente, otras dediquen sus esfuerzos a su cuidado y atención.

Desde la lógica de la racionalidad, de los valores, de las creencias y de un sentido de humanidad respetuoso y justo, no es admisible que desde la sociedad se vaya arrojando a una especie de basurero de residuos a seres humanos, que como consecuencia de factores de diversa naturaleza, sustentados fundamentalmente en cómo está construida nuestra sociedad, se van alejando de la supuesta normalidad y recalan en el aislamiento y la exclusión extrema. Estoy segura y lo compartirán conmigo que llevar un poco de esperanza a estas personas, a través de recursos y programas de atención, adaptados a sus necesidades, es una obligación y debemos conseguirlo…