Con su homólogo colombiano, Álvaro Uribe, los calificativos son mucho más ponderados. ¿Está justificado este doble rasero? ¿Es Uribe menos populista que Chávez? ¿Es más responsable, más discreto, más respetuoso con las normas democráticas?

No demasiado. Uribe responde a un populismo conservador. Debe su éxito, después de sucesivos fracasos de sus antecesores en el Palacio de Nariño, a una política muy firme en materia de seguridad, al respaldo abrumador de Estados Unidos y a la debilidad de una izquierda diezmada por el narcoterrorismo, debilitada por querellas internas y desorientada en el debate ideológico.

La liquidación del número dos de la FARC y otros dirigentes de la guerrilla en territorio ecuatoriano responde a la perfección al estilo Uribe. La seguridad, por encima de todo. El presidente colombiano ha elaborado una doctrina de intervencionismo preventivo basada en las instrucciones de Washington. Obvio los detalles de la operación, las contradicciones en las explicaciones oficiales y los cuestionables argumentos de sus vecinos/rivales en esta crisis (Ecuador y Venezuela). El asunto central reside en el papel que la Colombia uribista juega en la región. Asegurar la influencia norteamericana en la zona andina del patio trasero, como Méjico lo hace en la zona de frontera.

La respuesta de la mayoría de las cancillerías no alineadas con el bolivarianismo militante de Chávez han puesto en evidencia este papel de Colombia. Ecuador ha recibido el respaldo no sólo de Argentina, a quien el kirchnerismo no esconde sus agradecimientos por sus recientes auxilios financieros. Los gobiernos de Brasil y Chile, poco sospechosos de simpatías con la opción más izquierdista del continente, también se han manifestado con rotundidad en defensa de la violada integridad territorial de Ecuador y han censurado a Colombia. Más llamativa aún ha sido la posición del presidente peruano, Alán García, a cuyo rival en las últimas elecciones, Ollanta Humala, apoyó expresamente Chávez. Alan García también manifestó su solidaridad con Ecuador, aunque criticara que las FARC pudieran recibir apoyo logístico de algunos gobiernos vecinos (en alusión al eje ecuato-venezolano).

Ahí quedará la crisis. Los países latinoamericanos están disfrutando del periodo más próspero de los últimos treinta años y lo último que permitirían sus líderes sería la desestabilización que desencadenaría una crisis fuera de control. Sólo Washington podría sacar un rédito político.

Contrariamente a lo que mucho comentarista piensa, Colombia es un país mucho más militarizado que Venezuela y, desde luego, que Ecuador. Sin hablar de guerra abierta –hipótesis impensable-, una escaramuza, o una sucesión controlada de choques armados hábilmente manipulados por agentes del Pentágono, podrían tener consecuencias doblemente satisfactorias para el gobierno norteamericano. Primero, por el presumible fracaso de Venezuela, que debilitaría aún más la ya mermada popularidad de Chávez desde la derrota en el referéndum. Y segundo, la afirmación del liderazgo de Uribe y su sospechada intención de continuar al frente de Colombia.

De momento, la operación militar colombiana parece haber frustrado la operación de entrega de rehenes que el desaparecido Raúl Reyes estaría ultimando. Nuevamente, la liberación de varios rehenes que llevan años de cautiverio se retrasa. Para disgusto de Sarkozy y de la opinión pública francesa. Para indiferencia de Washington y de los ciudadanos norteamericanos absortos en las primarias. Uribe ha conseguido que su enemigo Chávez no se apunte otro tanto a su costa. Ingrid Betancur tendrá que esperar a que su liberación pueda ser capitalizada por quien interese.