La necesidad del campo periodístico –con su ansiedad comunicativa- de obtener una respuesta inmediata imprime una velocidad a la comunicación política que en la mayoría de las ocasiones se confunde con la vocación de transparencia en ambos campos, el político y el periodístico, y que encuentra su síntesis en el “tactismo cortoplacista”. Una conclusión debiera conllevar siempre, aunque no siempre conlleva, una estructura y un proceso argumentativos, a los cuales, – como manifiesta Antoni Gutiérrez-Rubí: “por la fugacidad y fragilidad del hecho noticioso, por la competencia mediática entre medios, por la reducción de la praxis política a la política para y en los medios”- no se les concede ni el espacio ni el tiempo necesarios para su des-envolvimiento armónico dentro de las estructuras y procesos mediáticos, algo que dificulta la toma de posición crítica por parte de la ciudadanía, debido, al exceso de conclusiones poco elaboradas donde la dialéctica polémica-crispación y el consumo fugaz de la información priman sobre su contenido criticable.

Este hecho acaba reproduciendo una alteridad de la elite política y de los vicios mediáticos –tratamiento “fast-food” de la información-, que imponen su criterio, y que tienden a despojar a la ciudadanía de la posibilidad de organizar sus intereses – de manera crítica- en afinidad con otros individuos y/o con la perspectiva argumentativa de un determinado discurso político y/o con un determinado partido – por ejemplo: ¿qué cantidad de ciudadanos sabe, qué es o qué pretende ser, y qué intenciones e intereses se esconden tras ese eufemismo que se ha dado en llamar “flexiseguridad”, y en qué medida, le repercute o le interesa dicho término?-. Como apunta el último editorial de la revista TEMAS para el Debate: “El uso de conceptos-trampa y la falsificación del lenguaje político forman parte de una estrategia intencionada para condicionar la percepción de la realidad y dificultar el razonamiento crítico”. Es evidente, que existe una estructura y procesos mediáticos interesados en reproducir la deriva de “sentidos comunes” que conforman para sí la “ilusión de la transparencia”, de esta forma el sujeto se enfrenta al mundo dando por sentado que la realidad social es distinguible desde la simple observación, sin necesidad de explicar -como reclamaban Durkheim, Weber , Marx y Bourdieu entre otros- la vida social por las causas profundas que escapan a la conciencia, sino, por la concepción que de ella se hacen los que en ella participan. En este contexto, por ejemplo, la “flexiseguridad” acaba siendo un término premeditadamente inofensivo, de apariencia inocua, más allá de sus consecuencias reales para el porvenir del ciudadano, esto representa la falta de vocación de transparencia y la necesidad de una verdadera explicación crítica.

A su vez, la verdadera transparencia entra en contradicción con los ritmos y tratamientos mediáticos a los que actualmente está siendo sometida la comunicación política, donde la conclusión lleva la marca de un lenguaje interesado e impuesto, y se manifiesta opaca y difusa, si no se muestran sus premisas y perversiones argumentativas. Pues, para formar a los ciudadanos en la crítica política hay que mostrar el proceso mediante el cual se hace presente lo que estaba latente, se hace evidente lo que no lo era en primera instancia, solo así transparencia y explicación coinciden plenamente. Para ello, hay que reclamar un espacio y tiempo propios para la comunicación política que des-estrese sus procesos de explicación y dote de otras características al hecho noticioso, cambiando la “fugacidad y el consumo” por la “prudencia y el análisis”, además de crear un nuevo lenguaje equilibrado y preciso que permita el acceso a la formación crítica -y enriquezca y renueve el relato político-, es decir, a la explicación de la vida social y política mediante la interpretación de las causas profundas que escapan a las cotidianas percepciones del sentido común…

En definitiva, nos recordaría Aristóteles, estamos inmersos en un círculo de tópicos con los que se argumenta pero sobre los que no se argumenta; quedan opacos los procesos de argumentación subyacentes –en la mayoría de los casos inexistentes o premeditadamente ocultos- a las perspectivas políticas dentro del campo mediático. En este contexto de incertidumbre y complejidad, es evidente, que el debate real ha sido sustituido por el careo de tópicos subidos de tono, los titulares exprés y las opiniones fast-thinking, más pendientes de la polémica partidista que de la formación crítica y de la emancipación del ciudadano. Como afirma Gutiérrez- Rubí, este cuadro favorece la precipitación, el apriorismo, el prejuicio y la reacción poco evaluada o reflexiva (léase su artículo; La Política Meditada). En estas circunstancias, necesitamos recuperar el ejemplo de la prudencia,… “aquella virtud del entendimiento que capacita al hombre para tomar decisiones sensatas” (Aristóteles).

En nuestra lista de recuperaciones tampoco puede faltar la coherencia, pues, la actualidad política nos desvela el desfase entre las virtudes discursivas aparentemente profesadas y las prácticas reales en que se circunscriben los valores de la acción; en multitud de ocasiones, se percibe una incoherencia entre lo que se espera que se haga respecto de lo que finalmente se acaba haciendo. Esta percepción, entra a su vez en contradicción con el proceso de explicar lo hecho, es decir, explicar es una obligación política y un derecho político del ciudadano, pero que en ningún caso debe apartarse del compromiso de hacer lo prometido, o decir lo coherente, con la praxis y discurso que se espera de una determinada ideología en un contexto político, social o económico concreto. Si se pretende explicar porqué se acaba haciendo o diciendo lo que no se espera que se haga o se diga sin señalar explícitamente a los verdugos y sus intereses, los apoyos van disminuyendo y las explicaciones se convierten en escusas odiosas, además de ser un arma muy valiosa para los adversarios políticos.

Si no se quiere caer en la falta de legitimidad, la coherencia con los valores es el primer elemento práctico que debe representar todo aquel que desee explicar lo que hizo, hace y hará con la confianza de los ciudadanos, pues si bien, “todo poder con aspiraciones de legitimidad debe dotar de capacidad cognitiva y moral, sus palabras, intenciones y acciones” (Vargas-Machuca), todo político con aspiraciones de legitimidad, debe a su vez, ser coherente con las palabras, intenciones y acciones – marco ideológico y programático- que le han permitido o le permitirán llegar con la confianza de la ciudadanía hasta tal posición de poder. Salvarle el pellejo a nuestro verdugo para que nos ahogue lenta y tortuosamente –con la radical socialización de las perdidas y privatización de los beneficios; José Félix Tezanos-, y, después intentar explicarlo con tibios eufemismos “mediáticamente impuestos” –mercados, banca, agencias de rating, flexiseguridad, empleabilidad, etc.-, no parece ser la mejor opción para evitar la asfixia y el descrédito. Sin credibilidad, el campo político es incapaz de ser épico y trasformador.

De lo hasta aquí expuesto, y con todo lo que puede aportar esta voluntad de implicarse en dar una verdadera explicación de lo político, podemos decir que explicar es condición necesaria, pero no suficiente. A su vez los ciudadanos necesitan percibir que se les está escuchando, que el político empatiza con sus emociones, sus necesidades, sus propuestas y las causas de indignación de la mayoría, para luego, actuar en coherencia con el compromiso que se adquiere, es decir, con lo justo. Para ello, como reclama Gutiérrez-Rubí: “el relato político debe permitir una interpretación serena sobre las causas, una reflexión profunda sobre los porqués y una pedagogía inclusiva e integradora sobre las respuestas”… “La nueva política debe ilusionar, emocionar y motivar la acción”.

En contraste con el párrafo anterior, hay quien piensa que el gobernante, ante lo histórico y lo contingente, se puede ver abocado a no cumplir con el compromiso y los valores que le unen a sus conciudadanos; con aquellos que le han colocado donde está para hacer lo que se espera que haga. Entonces, la explicación no puede ser tibia ni esquiva, hay que hablar claro a los que confiaron su camino a tu acción: hay que señalar la piedra en el camino y decir con nombre y apellidos quién la ha puesto y cuánto pesa, porqué la ha cruzado en nuestro destino y que beneficio específico le reporta nuestro estancamiento, así como desenmascarar a quienes dicen ser de los nuestros pero en realidad se han subido encima e, intentar aunar esfuerzos para moverla, apostando por la implicación y por la creatividad de la mayoría. El ciudadano necesita sentir que forma parte de la experiencia activa del proceso político, sólo así la democracia, podrá ser un instrumento de integración y emancipación más allá de las libertades conquistadas, sólo así, podrá recuperar la “veracidad”(1) perdida…

¡Ánimo!… el tercer verbo de campaña, tiene mucho por hacer…

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(1) El término veracidad se emplea aquí en contraste con el término de verdad, entendida esta, como algo que se predica de las proposiciones lógicas y compara la correspondencia de estas con el objeto (la democracia es nuestro objeto). La veracidad, en cambio, compara esa misma proposición declaración o juicio con la conciencia del sujeto: no atiende a la concordancia del juicio con la realidad sino al asentimiento que a sus contenidos le presta quien emite o quien escucha dicho juicio (Javier Goma Lanzón; claves de razón práctica; N. 209; “Ensayo de filosofía mundana”). De aquí se desprende que, Democracia Real ya es una de las representaciones sociales de esta pérdida de veracidad de la democracia, en cuanto que objeto para el sujeto político…