Por mucho que a uno le guste el cine, a veces acercarse a un multicine es como entrar en un páramo yermo y desolado donde escoger la opción menos mala. Siempre hay buenas películas, lo sé, pero ganan por goleada los entretenimientos de sábado tarde, con historias manidas que nada más comenzar los títulos de crédito ya estamos olvidando. Por eso es un gran placer adentrarse en una película como ésta, “The Artist”, que nos reconcilia con este arte, que nos transporta al pasado (80 años que se dice pronto), a un cine que parecía ya perdido, un cine que no por antiguo deja de ser universal y atemporal, un cine que, en fin último, hace que salgas de la sala con una sonrisa en los labios y el alma iluminada.

“The Artist” nos cuenta la historia de George Valentin (Jean Dujardin), una estrella del cine mudo de aventuras que en 1927 tiene a Hollywood rendido a sus pies. El camino de George se cruza con el de Peppy Miller (Bérénice Bejo), una aspirante a actriz. Según avanza el cine sonoro la estrella de George se apaga, mientras la de Peppy comienza a ascender.

La película ya es conocida por tener la osadía de ser en blanco y negro y muda. No sólo nos cuenta esta transición del cine, este cine dentro del cine, sino que formalmente se empapa de ello, las formas y las maneras se visten con las antiguas telas de ese cine ya perdido, que dota a todo el film de un halo único y melancólico. Podríamos hablar sólo de un manierismo estético superficial, pero no, el director y guionista Michel Hazanavicius asume lo que está contando y cómo lo está haciendo, y con un profundo respeto y cariño hacia este cine toda la película asume esta forma sin perder en ningún momento el interés ni resultar ridículo. “The Artist” podría haber sido un fracaso en este sentido, siendo demasiado ridícula para el ojo contemporáneo, o demasiado formalista, pero no, transita por este filo de navaja con sumo cuidado: reconocemos las formas y los “ticks” de este cine, pero no resultan vetustos ni trasnochados, pues hay una contención ligeramente moderna que lo suaviza, haciendo unos malabares prodigiosos en la mente del espectador que a la vez sabe que está viendo algo moderno, y a la vez se deja embargar por el ensueño de que esta cinta sea realmente de los años 30 y alguien la haya acabado de descubrir en algún sótano olvidado.

Las sombras nos traen ecos lejanos del humor de Charles Chaplin, de la fotografía de Fritz Lang, de la narrativa de Orson Welles (ese desayuno de Valentin con su mujer, a la manera de Kane), del musical de Fred Astaire, de tantos retazos de ese cine perdido. Y a la vez la historia no se queda en ese simple homenaje, emociona por sí misma, si se tiene la paciencia de entrar en esa otra forma de contar que hoy resulta para la inmensa mayoría tan desconocida y desconcertante. Una auténtica gozada si se sabe entrar su juego, que además nos regala momentos en los que se juega con el sonido (como ese sueño de Valentín) que sencillamente son brillantes y merecen figurar en los libros de cinematografía. Un film atípico, único, necesario y completamente disfrutable a cualquier edad.