A pesar de ser ganador de varios premios Pulitzer, y amigo, entre otros, de Ernest Hemingway, Montgomery Clift o Alfred Hitchcock, Thornton Wilder (Wisconsin, 1897-Connecticut, 1975) es un gran desconocido. Posiblemente, el público español sólo lo recuerda por su obra “El Puente de San Luis”, un interesante y sugestivo mosaico de personajes ambientado en el Perú colonial que tuvo una irregular adaptación a la gran pantalla.

Sin embargo, a Wilder también se deben otras joyas literarias. Ahí están, por ejemplo, “Los Idus de Marzo”, una narración en forma epistolar que toma el título de la fecha en que asesinaron a Julio César y a la que se suele catalogar de novela histórica, pero que más bien es una alegoría sobre la condición humana, el poder y el destino; o “La Casamentera”, inspirada en una farsa del siglo XIX del escritor austriaco Johann Nestroy cuya adaptación dio origen a la célebre comedia musical “Hello, Dolly!”; o “Nuestra ciudad”, en la que recrea, con métodos pirandellianos, un ambiente provinciano.

Publicada por primera vez en 1973, “Theophilus North” fue la última gran obra de Wilder, y otro ejemplo más de la diversidad del talento que brindó a sus lectores. En ella se cuenta la chocante historia de un joven, licenciado en Yale, que tras sufrir una aguda crisis de tintes existenciales, se aleja hastiado del aburrido mundo que le rodea. Se decide entonces a ser, según sus propias palabras, un hombre libre y recuperar el sentido lúdico de la existencia. Lo mejor de todo, como podrá comprobarlo todo aquel que se acerque a estas páginas, es que lo consigue.

North se embarca en un viaje por el mundo, ese viaje con el que muchos hemos soñado para poner tierra de por medio a lo que somos y así construir lo que queremos ser. Pero el destino le gasta una mala pasada. Su destartalado coche sufre una avería al llegar a Newport (Rhode Island). Allí comienza esta historia en la que el propio devenir cotidiano es la materia prima que permite dar un giro radical al pasado. Wilder recuerda en estas páginas las divertidas y en ocasiones legendarias experiencias de su propia vida. La intención de North es implicarse en la vida real, conocer mundo y personas, sentimientos y pasiones, y todo ello con un objetivo: reparar en las experiencias necesarias para hacerse con una base moral en la que sustentar su futura obra literaria y su vida. Y aunque son frecuentes las anécdotas, las intrigas y los esperpentos, se va desentrañando el espíritu aventurero y apasionado que ha sabido encontrar –y expresar- lo grandioso de la existencia.

Poco a poco, Norht va a conseguir hacerse un hueco en el adinerado y superficial mundo de Newport. Con este joven, en esta sociedad entregada al baile de las apariencias, el lujo y la frivolidad, emerge un nuevo aliento. Para lograrlo North habrá de superar el recelo que un advenedizo, sin trabajo y sincero hasta el ridículo, puede generar en una sociedad acostumbrada a la hipocresía y el rumor, esos dos grandes matices que emponzoñan toda relación social al enmascarar la propia realidad.

Se ganará la vida ejerciendo de tutor, enseñando latín a niños mimados e insolentes, leyendo grandes joyas literarias a ricos ancianos amargados. Sin embargo, con el paso del tiempo, la gente de Newport le utilizará como confidente, amigo, amante, espía y mediador de conflictos. Las historias personales se suceden y entremezclan en este relato apasionado y casi cinematográfico, con pasajes de un lirismo, en el que todo tiene un lado positivo.