Importantes por reñidas, por lo incierto del resultado. Importantes por el efecto que pueda imprimirse a la estrategia de superación de la crisis. Importante por el reflejo que, por autónoma que sea la política británica de la continental, pueda tener su resultado en Europa. Y, finalmente, importantes por la lectura que pueda hacerse de la actitud de los ciudadanos hacia la clase política, tras una legislatura agujereada por las escándalos de corrupción y malversación de fondos.

El análisis de los datos es revelador. Para ganar, los tories necesitarían efectuar el “swing” (la remontada) más importante desde la Segunda Guerra Mundial, superior incluso (en un 1,6%), a la que protagonizó Margaret Thatcher en su arrolladora victoria de 1979, cuando la descomposición laborista y la marea neoconservadora parecían imparables. El ambiente no es favorable a quien gobierna ahora en Europa, y eso favorece a los conservadores. Pero los laboristas no parecen tan desprestigiados como hace treinta años, después de aquel terrible “invierno del descontento”, cuando prendió la impresión –exagerada, falsa- de que el país se encontraba al borde del colapso. Hablando de récords, también lo constituirá el hecho de que si Brown ganara, sería el cuarto mandato laborista consecutivo, algo que no ha ocurrido nunca.

LAS BAZAS DE BROWN

¿Cúales son las bazas del laborismo para ganar?

Primero, que su actual líder es un superviviente. No tiene desperdicio la foto de Gordon Brown en la puerta de Downing Street, el día del anuncio de la visita a Palacio para proponer a la Reina la disolución del Parlamento. El primer ministro, rodeado de la plana mayor de su gabinete, su “inner circle”, con expresión de satisfacción y confianza. La fortuna política de Brown es una de las más variables de Europa. Como su personalidad, según cuentan quienes lo conocen o han trabajado cerca. Como decía un comentarista político británico estos días, hace unos meses no estaba claro que Brown pudiera convocar elecciones. Si sus propios ministros –quizás alguno de los que ahora se retratan con él- lo hubieran abandonado, no habría sorprendido a nadie, y menos a los suyos, que estuvieron pensando en un sucesor, para evitar la convocatoria electoral. Como hicieron los tories, en 1990, cuando se atrevieron a “destronar” a la temible Margaret Thatcher.

En segundo lugar, los aciertos innegables en los momentos más dificiles. La crisis, lejos de rematarlo, lo ha apuntalado, por la eficacia de algunas de sus decisiones y por su poco acostumbrada habilidad de dar la impresión de ser el dirigente adecuado para el momento.

Y en tercer lugar, esa imagen de británico común, algo que raramente puede resultar una ventaja en estos tiempos, pero que se entiende por el hastío del público británico, intoxicado con el carisma desbordante de Blair. Brown va a explotar, sin duda, esa faceta de su personalidad, frente al elitismo contenido de su rival, el conservador Cameron, otro producto más de la factoría de Eton.

Es cierto que, en el inicio de la campaña, Brown parte como perdedor, según los sondeos. Pero, como dicen los anglosajones, es un perdedor que llega de atrás hacia adelante, o sea que da muestras de recuperación. Los seis puntos que el Labour aparece por debajo de los Tories eran más de diez hace apenas unos meses. Por supuesto, los laboristas deberán trabajar duro en la campaña. Pero la inquietud ha construido un nido en el cuartel de los conservadores.

LA OPCIÓN CONSERVADORA

Los conservadores se hicieron la foto de inicio de campaña lejos del Parlamento, tan desacreditado por escándalos que han salpicado también a muchos de sus diputados. Prefirieron el horizonte posmoderno del sur de Londres, tan caro a sus ensoñaciones del capitalismo popular que lo termina arreglando todo, aunque la realidad se empeñe en todo lo contrario.

Cameron, de ganar, sería el primer ministro más jóven de la historia, más aún que Blair cuando ganó en 1997, otro record a batir en estos comicios. Pero como se explicaba antes, su éxito tendría proporciones hercúleas, que encajan mal con la dimensión del personaje. Su imagen de modernizador del partido es poco sólida, no por sus intenciones, sino por el carácter correoso de un partido que demuestra una resistencia enfermiza al cambio en casi todos los asuntos de importancia.

El jóven y dinámico nuevo lider se ha propuesto conducir a los tories al centro. El mismo empeño de todos los conservadores -o todos los socialistas- cuando se trata de ganar elecciones. El centro se convierte en una divisa, no es un programa. Y es cuando la política se convierte en metafisica. En imagen: en propaganda. Tony Blair lo decia estos días, con un cinismo propio de mejor causa: “¿Dónde está su centro? ¿En su núcleo?”.

Las críticas conservadoras se basan en los supuestos fracasos laboristas en capítulos clásicos, como la subida de impuestos, la intervención estatal o al aumento de gasto público para afrontar la crisis y crear empleo. El aumento de las retenciones para fortalecer la seguridad social promete ser el asunto más debatido de la campaña. Y, en segundo lugar, la inmigración. Aquí, el centrismo de los tories experimenta un irrefrenable corrimiento de tierras hacia la derecha, hacia el terreno donde se encuentra su identidad y los intereses que expresan y defienden.

Y ahí es donde, presublimente, golpearan los laboristas: la contradicción entre la marca y las creencias, decía un estratega de Downing St. a un comentarista de THE GUARDIAN. Otro dirigente laborista, lucidamente preocupado por la credibilidad del propio sistema, apuntaba que en estas elecciones la disputa no será solamente entre laboristas y conservadores, sino entre política y antipolítica.

En esa disputa metapolítica podríamos asistir a otra circunstancia –desacostumbrada mejor que histórica- de estas elecciones: un Parlamento”colgado”(hung), sin mayoría, con tres actores en el reparto, en lugar de los habituales dos. Previendo la circunstancia más que probable de una dificil gestión de los resultados, se ha modificado ligeramente el calendario y se ha habitilado dias suplementarios para la consultas previas a la formación del gobierno.

Ese puede ser el momento de los liberales. Se esperaba algo similar en 1974 y en 1992, pero finalmente el público optó por lo gastado conocido. Ahora parece que vuelven a su mejor oportunidad. Si obtienen un número importante de diputados y se hacen imprescindibles para gobernar, los lib-dem pondrían un precio muy alto. Sostiene THE ECONOMIST que exigirían el cambio de la ley electoral, en beneficio de un sistema más proporcional que refleje mejor el panorama político, y –muy posiblemente- la cartera de Economía para su número dos, el prometedor Vince Cable, a quien los sondeos le otorgan la condición de “más preferido” para el puesto entre todos los electores.

“Será divertido”, comentaba con cierto jolgorio el polémico Alastair Campbell en un comentario de urgencia. Los tiempos no estan para bromas, pero las elecciones británicas prometen ser apasionantes.