Entre éstos destaca Juan Borgia, un hombre impetuoso y acostumbrado a conseguir todos sus caprichos y desmanes, que pretende a la bella Anna y que utiliza todas sus armas con el fin de conseguir sus favores. Cegado de ira por la falta de respuesta a sus continuos intentos, mancilla su honor y se venga con la mayor de las humillaciones que se puede infringir a una dama. Entretanto, con la finalidad de apartarle del calor de su familia y del amor de su esposa, Joan es enviado a luchar, junto al Gran Capitán, por la conquista de Nápoles y obligado a hacerse pasar por fraile para derrocar a Savanarola en Florencia. Junto a él encontramos a un personaje siniestro y contradictorio que, en algunos momentos de la trama le lleva de la mano hacia la muerte y, en otros, le salva la vida.

Este relato es una historia de amor, de fidelidades, de ternura, pero también de personajes crueles que, por creerse amos de vidas ajenas e ilusiones, campan a sus anchas y cometen tropelías e infamias. Mientras leía Tiempo de cenizas veía mi estampa nocturna embozada en calles lúgubres y peligrosas de la Roma de aquella época, me apercibía de sus olores y del peligro que por doquier debieron sentir las personas que, por el azar de la vida, transitaron por allí. Una época llena de luces, de grandes creadores, pero plagada de sombras. Las sombras que previsiblemente siempre nos acompañaran mientras los seres humanos sigamos siendo cómo somos: víctimas y verdugos de nuestras acciones y, sobre todo, mientras los que ostentan el poder lo sigan ejerciendo con ferocidad.