Aquellos espectáculos hilarantes eran una crítica a los discursos vacuos y meramente aparentes que solían escucharse en los últimos tiempos del viejo régimen. Y que, lógicamente, condujeron a donde condujeron.

Se trata de situaciones que suelen darse circunstancias inciertas y cambiantes y en las que aquellos que quieren mantenerse en las esferas del poder se cuidan mucho –a veces muchísimo- de comprometerse o arriesgarse con lo que dicen o comentan, procurando no ofrecer flancos a las críticas o a las discrepancias. Por lo que pueda pasar…

Sin embargo, este tipo de discursos al final acaban produciendo hastío y desconfianza entre aquellos que los escuchan, que terminan pensando que se les toma por tontos, y que se pretende que den sus apoyos a quienes no se sabe muy bien qué piensan, ni que pretenden hacer en las cuestiones más cruciales de la vida política. Por eso, tales formas inespecíficas de expresarse suelen suscitar una especial irritación en aquellos que lo están pasando mal, así como entre los que piensan que estos no son tiempos para vaguedades, ni para ocurrencias vaporosas de última hora, sino para compromisos claros y específicos.

Si cualquiera de nosotros se encontrara bastante mal de salud y acudiera a un buen doctor, que durante un rato se limitara a explicarnos que lo “nuestro” está bastante mal y nos soltara una larga perorata ininteligible, tipo Antonio Ozores, lo más probable es que nuestra reacción fuera, inicialmente, de estupefacción y en un segundo momento de abierta irritación. Y, desde luego, no nos pondríamos en sus manos para intentar restablecer nuestro quebrantado estado de salud.

Y eso es, precisamente, lo que está empezando a suceder en nuestras sociedades. El problema, a veces, no está en los propios responsables políticos, sino en el influjo que ejercen determinados responsables de imagen, comunicación y preparación de discursos, que han hecho del arte de lo inespecífico una profesión más. Y también, en ocasiones, el problema estriba en la estructura dominante que se ha ido tejiendo en los medios de comunicación social que limitan, acortan y encapsulan los mensajes de acuerdo a unas exigencias y condicionantes de tiempo y forma que acaban produciendo unos resultados tan poco precisos, como escasamente peligrosos o amenazantes para los intereses que representan y defienden. Con lo cual, la política, a veces, queda reducida a una mera competencia de rostros, poses, apariencias, talantes e impresiones generales.

El resultado de todo esto empieza a quedar palmariamente a la vista, con riesgos evidentes de desplazamiento de los apoyos políticos hacia líderes y plataformas que practican la claridad más descarada y en ocasiones populista y demagógica. El caso de Pepe Grillo en Italia es posiblemente uno de los mejores ejemplos –pero no el único- de esta forma “clara” y “sincera” de hablar y criticar.

Frente a estas derivas, la única manera coherente de responder desde la izquierda a la situación que se está creando es retornar a la cultura política del compromiso, a la máxima claridad de propuestas y pronunciamientos y al ejercicio de la especificidad responsable. Así, por lo menos, los votantes podrán saber a qué atenerse. Lo cual –creo yo- es uno de los derechos básicos de una ciudadanía informada y madura.