Ni en la etapa de los roldanes, ni en el verano del tamayazo, por poner dos ejemplos, cayó el PSOE en la tentación de camuflar sus problemas poniendo patas arriba todo el entramado institucional. No se cuestionó a la justicia cuando se nos negó la razón y, es más, se facilitó la salida institucional más airosa en las urnas, a pesar del perjuicio partidario evidente que ello comportaba.

El PP, sin embargo, demuestra en estos días su voluntad de esquivar responsabilidades poniendo en solfa a los medios de comunicación, a la policía, a la fiscalía, a la judicatura y a cuantas instituciones del Estado se les pongan por medio. Los presuntos espías son del PP. Los espiados, también. Los presuntos comisionistas son del PP. Sus delatores, también. Pero en lugar de hacer limpieza, de asumir responsabilidades y comprometer el respeto necesario al Estado de Derecho, los populares, todos a una, en esto sí, denuncian conspiraciones, rompen pactos de Estado y amenazan a los fiscales y los jueces.

Acusar públicamente de parcialidad a un juez de la Audiencia Nacional por el simple hecho de haber compartido con un Ministro una montería de fin de semana, roza el ridículo. Arremeter contra la fiscalía por actuar contra los cargos públicos del PP que cometen fechorías, supone un desafío al imperio de la ley. Boicotear la comisión de investigación que ha de esclarecer el asunto de los espías en Madrid, es una ofensa a todos los ciudadanos que merecen saber en qué se gasta su dinero y para qué se utilizan sus instituciones. Mantener o recolocar con subterfugios a todos los cargos municipales imputados en las diversas tramas de corrupción, constituye una burla para la opinión pública.

La presunción de inocencia está garantizada en la Constitución. Y todos tenemos derecho a defendernos, a explicarnos, a justificarnos, cuando entendemos que somos objeto de una agresión. Con un límite, especialmente cuando se trata de formaciones políticas que han gobernado, gobiernan y gobernarán. El límite es el interés general. Y el interés general pasa ante todo por respetar las reglas del juego, cuando vamos ganando y cuando vamos perdiendo.

Si encajas demasiados goles, preocúpate de tu línea de defensa. Y procura que no te marquen tantos en propia meta… Pero deja al árbitro en paz.