Es evidente que, por esa vía, el tono moral de nuestras sociedades tenderá a degradarse progresivamente, e incluso se desdibujarán las normas más elementales del decoro y las buenas relaciones. El problema es que algunas de las pautas degradadas de interacción social que tienden a considerarse normales y habituales en la red, poco a poco van a ir contagiando otros espacios sociales. De hecho no pocos adolescentes que desde muy pequeños han estado habituados a ese mundo, y en parte se han socializado en él, tienden a pensar que no hay que exagerar y que no es para tanto que existan mentiras, simulaciones de personalidad, prácticas de duplicidad y un poco de cachondeo y escarnio en Internet, casi como si de la “nueva chispa” de la vida se tratara. De eso a considerar que la buena educación, el respeto y los modales son antiguallas propias de otras épocas y otros espacios solo media un trecho, que algunos usuarios de la red no acaban de saber diferenciar bien.

Capítulo aparte merece todo lo que se relaciona con la comisión de delitos en la red, ya sean de tipo sexual o de carácter económico y funcional, como causar daños en las redes de información y comunicaciones mediante virus y otros elementos destructivos, a veces por el simple placer u orgullo técnico de causarlos.

Un caso particular es el de las infecciones “sospechosamente” causadas en algunas empresas por competidores virtuales o potenciales, que no dudan en aprovecharse del criterio de “todo vale” para intentar obtener ventajas y deteriorar la imagen y el funcionamiento normal de otras empresas y entidades.

Por ello, es obvio que, si no se quiere que Internet acabe convertido en un auténtico pandemónium hay que poner coto a determinados comportamientos y reforzar debidamente las medidas punitivas y de vigilancia, con la misma determinación que algunos viejos territorios de frontera acabaron siendo sometidos al imperio de la ley.

Y, para lograr avanzar en esta dirección, lo primero que se requiere es cambiar las mentalidades, superando determinados climas de transigente comprensión y de cínica minusvaloración de determinados comportamientos que son abiertamente asociales y repudiables.

Es decir, habría que empezar por propiciar un reforzamiento de las pautas morales de los usuarios y por clarificar los criterios de lo correcto y lo incorrecto, de la misma manera que ocurre en otros espacios de la vida social. Y para ello todos deberíamos ser capaces de entender que lo que ocurre en Internet no puede ser una excepción en la vida social, ni algo regido por parámetros diferentes a los que son propios de nuestra civilización.

Y, si esto no se entiende a su debido tiempo, es harto probable que al final, a partir de la red, acabaremos hablando de virus en otros sentidos diferentes a los que ahora son habituales. Y para estos contagios no será tan fácil recurrir a un programa preventivo más, ya que los virus sociales, cuando se transmiten y contagian en otros espacios, no es fácil erradicarlos. Por eso hay que comprender que podemos estar ante un problema muy serio de impregnación social y que, ahora que aún se está a tiempo, hay que lograr que “lo que es normal en la sociedad lo sea también en Internet”. Y no al revés.