Los numerosos procesos electorales realizados en España en los últimos treinta y cinco años han propiciado la existencia de una verdadera «industria electoral».

Por un lado, las empresas de sondeos electorales con cuyo trabajo se nos permite analizar las tendencias del comportamiento electoral de los ciudadanos. Se les achaca que las previsiones no son siempre certeras. El resultado final termina siendo otra cosa, por ello se recurre a las expresiones como: «las encuestas se equivocan» o «yo no creo en las encuestas, es más ni las leo». No es cierto, políticos y periodistas, beben de las encuestas para hacer previsiones y proyecciones. A muchos estas les hacen dormir tranquilos. En todo caso, la demoscopia no es ciencia exacta, va a depender de la voluntad final de cada ciudadano en el momento de introducir su voto en la urna.

Por otro, y por ello en un mundo mediatizado por mensajes fáciles e imágenes impactantes donde lo determinante es cómo se comunica y convence al elector para hacer que elija tu opción el día de las elecciones, las empresas de comunicación política han pasado a tener un papel nuclear. Estos gabinetes están compuestos por profesionales que proceden en su mayoría del marketing y la publicidad comercial, recalando en la política y en algunos casos han superado en su importancia a los analistas de encuestas. Los expertos electorales en comunicación política ponen de manifiesto su experiencia en su capacitación por gurús internacionales y presentándose, en algunos casos, como colaboradores en la elección algún Presidente de los EEUU o de un Senador por el Estado de Wisconsin. Ellos son los que pretenden instruir a los candidatos en cómo han de vestir, hablar, reír, mirar, decir y no decir y más que nunca en cómo penetrar en la quintaesencia de la comunicación actual: las redes sociales. Todo ello dicho con el máximo respeto y consideración.

Ahora bien, la política va mucho más allá. En relación a esto que comentamos es ilustrativo el final de la película «El candidato» (1972) protagonizada por Robert Reford, donde tras ser elegido senador consigue el reconocimiento paterno, del viejo político influyente ya retirado, con un «hijo ya eres un político». Momento en el que Reford con cara de preocupación se dirige a su director de campaña y le hace la pregunta del millón: ¿Qué vamos a hacer ahora, ya soy senador y ahora qué? El director de campaña cierra la puerta tras de sí sin responder.

Tras la elección termina el juego de la comunicación y empieza la verdad del valor de la política. Se pasa de político a gobernante y a gestionar la resolución de los problemas de los ciudadanos. A ellos es lo que les importa.

Los gabinetes de comunicación y estrategia electoral llevan tiempo trabajando en las elecciones del 20-D, solo faltaba la fecha, pensando cuál es el mejor mensaje a nuestros intereses.

Uno de los problemas que ha tenido la política en los últimos tiempos es que se ha pretendido generar impresiones y no convicciones en los votantes. El programa electoral que antaño era elemento nuclear para llegar a los ciudadanos –» puedo prometer y prometo»– hoy ha pasado a un segundo plano en la estrategia electoral. No porque nadie los lea, a veces ni los propios candidatos, sino por el hecho de que se ha perdido su valor como carta de compromiso entre electores y elegidos. A los intermediarios del proceso, medios de comunicación y opinantes, les es más cómodo debatir sobre frases y gestos que sobre lo sustantivo, lo que se pretende hacer. En esto se puede estar más a favor o en contra, pero es lo que hay.

Si analizamos la comunicación electoral puesta en marcha por cada partido a diez semanas de las elecciones es tan simple como efectista.

El Partido Popular se ha lanzado en una desaforada estrategia de poner su objetivo en proyectar una imagen de una izquierda dividida que va desde el centro izquierda de Ciudadanos a la izquierda radical de Podemos dejando al PSOE como una opción sin capacidad de gobierno pero llena de ansia de poder, capaz de pactar con cualquiera, poniendo en peligro la estabilidad y echando a sus garantes (ellos). Esto les permite pasar por el proceso electoral sin dar cuenta de los múltiples casos de corrupción en los cuales el propio partido y sus más conspicuos dirigentes se han visto involucrados hasta las cejas. Tampoco quieren pagar prenda por la fractura social ocasionada por su vía de salida de la crisis y menos por el despropósito creado en el tema catalán, con la colaboración de Mas. El mensaje es sencillo: los causantes de la crisis fueron los socialistas, su elección sería la vuelta atrás y además ahora en manos de neófitos o de intransigentes, dado que ya no son una opción de mayoría.

Albert Rivera y los suyos están en una alocada búsqueda de la centralidad política. Esperan pescar en los caladeros de los escaldados del PP y desencantados del PSOE, pero sobre todo dando a este último como un partido en retirada con conflictos internos y sin proyecto de país. Eso les lleva a proclamarse como socialdemócratas tres días de la semana y liberales los otros cuatro; un tomismo político equidistante de todo. Enarbolan la bandera de gestores privados para mejorar los asuntos públicos, pero enseñando solo la cara del conductor del autobús que ha conseguido posicionarse bien en las encuestas. Su mayor enemigo es el PSOE, que mayoritariamente ha ocupado el espacio del centro político español desde hace más de treinta años. Teme la voracidad de la derecha española, que puede llegar a fagocitarlos. Valga como ejemplo la errática política que están llevando a cabo en la Comunidad de Madrid, donde la voluntad transformadora hubiera sido apoyar a Gabilondo, y se han quedado en tierra de nadie. La reciente experiencia de los Liberal-Demócratas en el Reino Unido les debe hacer pensar. Estos, después de haber formado gobierno con los conservadores desde el 2010 hasta mayo de este año, se han quedado como una fuerza testimonial. En todo caso, pende sobre ellos ser la tercera edición en España del partido centrista puro, primero fue el CDS, luego UPyD, por no traer aquí el recuerdo del efímero y endeudado Partido Reformista de Miguel Roca.

Podemos, tiene una estrategia de comunicación más problemática pero con el mismo objetivo. Adversario a vencer: el PSOE. En un momento de su joven trayectoria política ha pasado de querer ocupar el espacio de IU a reivindicar para sí también el término de partido socialdemócrata. Sin embargo, la socialdemocracia no es una autodefinición, es una ideología global con vocación transformadora de la realidad en toda Europa y una práctica política, donde ha gobernado, que ha ido evolucionando con los años, necesitada de reformulación, sin duda, pero con historia de gobierno. Iglesias pretende dejar fuera de la pista al PSOE y asumir por obra y gracia de un proceso electoral el liderazgo en la izquierda española. Un sólo proceso no tiene más opción. No lo consiguió IU con sus diferentes líderes y Podemos lo tiene arduo, pues es madera del mismo árbol.

Llegados a este punto podemos decir que por consiguiente los tres grupos han decidido elegir como adversario a batir al mismo, aunque con diferentes intencionalidades, al PSOE. En estos dos meses vamos, día a día, a ver reflejado este comportamiento político por los tres. No vamos a ver más.

Por sintetizar los tres mensajes: La estabilidad soy yo (Rajoy); El centro soy yo (Rivera); La izquierda soy yo (Iglesias) y todos ellos dispuestos a bailar «el cha, cha, cha», si hace falta, para que la idea cale.

Ninguna de las tres estrategias es errónea para sus intereses, pero no les queda otra.

En todo caso, con ello ya sabemos quién va ocupar el vértice del debate político electoral. La cuestión es saber cómo hacer de la adversidad virtud.

Dicen que dijo Alonso Quijano a Sancho «ladran, luego cabalgamos«. Sánchez y el PSOE deben pensar lo mismo y ser conscientes de que en estas semanas tienen que fijar claro que su objetivo es hacer una propuesta trasformadora de la paupérrima realidad española.Presentar proyectos y políticas tendentes a revertir la actual situación. En nada beneficia entrar en debates estériles. Hay que convencer a los ciudadanos de que existe un sólido liderazgo, sereno, limpio y experimentado, pues hay equipo.Ofrecer certidumbre y confianza a la sociedad. Usar la pedagogía política para explicar el camino de salida de la sordidez padecida estos años de Gurtel, Rato y Bárcenas. A los que quieren generar miedo se les responde con claridad en las propuestas y solvencia desde el día después para llevarlas a cabo. A aquellos que se presentan como salvadores y dignificadores del sistema ponerles enfrente madurez, realismo y pragmatismo para acometer las reformas necesarias. Y a los redentores y testimonialitas estéticos evidenciar desde dónde es posible el cambio tranquilo con políticas valientes, creíbles y realizables. En esta ocasión, la mejor comunicación es el crédito político acumulado y la renovación de la Carta de Compromiso con los españoles.