La última gran tragedia migratoria en el Mediterráneo ha desencadenado la habitual reacción mitad emocional, mitad política en los gobiernos europeos. Con un millar de muertos en un solo naufragio llenando portadas de periódicos y pantallas de televisión, aumenta la presión de hacer lo que no se ha hecho o rectificar lo que nunca quizás se debió hacer. Los líderes de los 28 se aprestan ahora a reintegrar fondos que se redujeron, reconducir misiones (más recursos para salvamento y socorrismo, sin desatender el control y la vigilancia) y, last but no least, la propagación de un mensaje compasivo que intente conjurar la impresión de impotencia cuando no de indiferencia.

Se trata de una reacción política y humanitariamente ‘correcta’, pero se nos debe aceptar cierto escepticismo sobre su eficacia. Llama la atención que quienes deben arbitrar, ampliar y mejorar las medidas de prevención, rescate, socorro y atención reclamen la adopción de tales decisiones, como si no fueran ellos los encargados de hacerlo. Y si no han sido capaces de hacerlo, un millar de muertos más -y los que vendrán- no serán suficiente para cambiar la tendencia.

Hay un desacuerdo profundo entre los países de la Unión sobre el tratamiento de la inmigración, como es bien conocido. Cada cual se centra en la dimensión del problema que más le afecta: los países del Sur (o de ‘frontera’) demandan ayuda para absorber y gestionar la llegada de desesperados en condiciones miserables; los del norte, destinatarios preferentes de los ‘afortunados’ que superan el filtro terrible del tránsito, reclaman más firmeza a sus socios meridional en el control de las mafias que se lucran con el éxodo y una mayor disponibilidad de acogida estable.

Por debajo de estas discrepancias nacionales, subyacen las dos razones principales que aplazan afrontar de forma eficaz del problema. Uno, el malestar social por el fenómeno de la inmigración, en un contexto de crisis resistente; y dos, la imposibilidad de mitigar las causas del éxodo incontrolado de personas.

Decía el otro día un editorialista de THE GUARDIAN que «es nuestra antipatía hacia los inmigrantes lo que mata en el Mediterráneo». Es difícil no estar de acuerdo.

¿Activarían los Gobiernos una movilización como la de enero en París, tras el asesinato de los humoristas de Charlie Hebdo? ¿Podría replicarse el grito «Todos somos Charlie en otro que proclame «Todos somos náufragos»? Muy improbable, teniendo en cuenta la tensión social que ha generado la inmigración.

En casi todos los países europeos, los Gobiernos templados (de centro-derecha o centro-izquierda) están sometidos al acoso de fuerzas populistas xenófobas que consiguen drenar cada vez más votos en sectores sociales muy afectados por la falta de trabajo y la dificultad en acceder a compensaciones sociales por los recortes de fondos. Los partidos templados, a uno y otro lado del espectro político, se ven a menudo superados por una demagogia vociferante que prende en algunos sectores de la población, bien porque se sienten agobiados por la crisis, bien porque comparten unos valores de exclusión.

 

Las fuerzas políticas moderadas tratan de combatir esta presión xenófoba con una combinación estéril de medidas compensatorias y un discurso bienintencionado. El resultado es insuficiente. La salida de la crisis es desesperadamente lenta, por decir algo. El inmovilismo en la estrategia de la austeridad resulta devastador.

Y si Europa no ha acertado con las políticas superadoras de la crisis en su interior, aún menos puede esperarse de su capacidad para propiciar mejores condiciones de vida en los países de origen. La presión migratoria está provocada por la pavorosa situación de millones de personas en África (ante todo), Oriente Medio y la periferia oriental europea, debido a la miseria y a las distintas formas con que podemos llamar a la guerra (violencia, terrorismo, insurgencia, rebeliones, conflictos étnicos). Ciertamente, la Unión financia programas de cooperación y desarrollo bienintencionados, pero completamente insuficientes frente a la enorme dimensión de los problemas.

El ciclo que arroja a millones de personas a la huida desesperada y casi suicida es infernal. A la falta absoluta de oportunidades que degenera en pobreza, se une el egoísmo descarnado de las élites. Cuando esa situación insoportable provoca protestas sociales, se practica un autoritarismo brutal y una violencia desmedida. En ocasiones, se responde a la miseria y a la represión con distintas manifestaciones de violencia, espontánea u organizada, que puede o no adoptar el comportamiento del terrorismo. Cuando esa respuesta amenaza intereses occidentales, allá o acá, los dirigentes europeos se apoyan en las élites periféricas para combatirlo. Esta lógica perversa hace que, no pocas veces, Europa se vea apoyando a los que, con su comportamiento, originan las causas profundas de la inmigración.