La gran pregunta es: ¿este vuelco electoral responde a un cambio de ciclo en el posicionamiento ideológico y político de los españoles? Un primer análisis de los datos nos permite apuntar una respuesta negativa. El PSOE mantiene un potencial de voto importante y la sangría socialista del 22-M parece dirigirse más a la abstención, al blanco-nulo y a otras formaciones minoritarias “progresistas” antes que al PP. Y esto permite adelantar que muy posiblemente los españoles no se han vuelto de derechas de repente, sino que el Partido Socialista no ha sabido o no ha podido en esta ocasión captar el voto de la mayoría de ciudadanos que mantienen valores de progreso.

Zapatero hizo un buen discurso en la noche electoral. Asumió la derrota sin contemplaciones, aseguró haber “entendido” el veredicto de las urnas y confirmó “saber ganar y saber perder”. El argumentario oficial vincula de manera directa el fracaso en las elecciones con las consecuencias políticas que la crisis económica ha provocado también en otros países. Y, desde luego, la crisis y el paro contribuyen a explicar el resultado adverso para el PSOE, pero no lo justifican. Si las políticas socialistas frente a la crisis y el paro fueran claramente positivas y los socialistas hubiéramos sabido explicarlas con eficacia, cabría haber esperado un comportamiento distinto de los electores. La crisis y el paro son explicaciones válidas. La falta de credibilidad y de confianza de las políticas socialistas también. Y ahí está el reto.

El sentido final de la influencia generada por el movimiento “Democracia Real” o “15 de mayo” también merece un estudio sosegado. Más allá de la simpatía o animadversión que genere entre unos y otros, las consecuencias políticas de esta iniciativa han tenido muy poco que ver con las esperanzas progresistas iniciales y los resquemores lógicos en la derecha. Los acampados no han movilizado voto de izquierdas ni han hecho retroceder a las fuerzas “privatizadoras” que denunciaban. A la postre, las consignas antisistema han fomentado la abstención entre los progresistas y han empujado a las urnas a mucho voto tradicional de “ley y orden”. Y conste que este análisis no resta un ápice de legitimidad y de razón a tal movimiento.

No hemos de olvidar, para completar el dibujo, que las elecciones eran municipales y autonómicas, y que una parte de la explicación de sus resultados, necesariamente heterogéneos en su dimensión territorial, debe buscarse región por región y municipio por municipio. Si los socialistas han sabido sostener sus posiciones en unos sitios en mayor medida que en otros será también porque han acertado más con sus estrategias, sus discursos y sus equipos. En otras palabras, la “explicación” nacional del resultado no debería obviar un análisis autocrítico específico para cada territorio.

En consecuencia, si el PSOE quiere tomar buena nota de estas elecciones habrá de analizar sus causas con sosiego y mucho sentido autocrítico. Y, desde luego, tendrá que afrontar cambios, tanto en el contenido como en las formas de sus políticas. No hay razones para acortar la legislatura. Quizás sea hora de priorizar las reformas con más contenido social. Quizás sea tiempo también de detenerse a explicarlas con más eficacia. Y quizás sea momento para abrir el partido a otras maneras de participar, tal y como se demanda por miles y miles de jóvenes con valores progresistas en las redes sociales y en las plazas de muchas de nuestras ciudades.

Análisis, crítica honesta y cambios para recuperar apoyo, credibilidad y confianza. El 22-M ha sido una batalla perdida. Pero aún falta un año para las generales del 2012. Tiempo suficiente para tomar buena nota y reaccionar.