La primera reacción decente es la solidaridad hacia los que sufren. Los heridos que se debaten entre la vida y la muerte en los hospitales. Las familias que están buscando a sus seres queridos en las listas de fallecidos. Los que aguardan a la puerta de un quirófano la suerte del padre, la madre, el hermano, la esposa o el hijo. Nuestro primer sentimiento está con ellos, con los protagonistas involuntarios de la tragedia.

Inmediatamente nos aferramos al primer motivo para la satisfacción que se nos cruza por delante, que nos apabulla incluso. Aún no habían pasado cinco minutos desde el accidente cuando aparecieron en torno a los vagones decenas de vecinos dispuestos a ayudar, rescatando víctimas, trasladando heridos, consolando a supervivientes, aportando camillas, mantas, agua y alimentos. Los centros de transfusión de sangre se vieron colapsados enseguida por miles de personas dispuestas a echar una mano, de la manera que fuera.

La satisfacción se torna en admiración y gratitud, una vez más, hacia esos hombres y mujeres que integran los cuerpos de atención a las emergencias en este país. Sanitarios, bomberos, policías y técnicos ferroviarios se volcaron desde el primer instante en la atención a los damnificados. Primero con la descoordinación habitual de estas situaciones. Enseguida con la eficacia que dicta la vocación, el adiestramiento y la buena voluntad. Doblando y triplicando turnos, sin descanso. Vaya nuestro homenaje para ellos y ellas, una vez más.

Conforme se van mitigando las emociones, se impone la reflexión lógica. Porque siempre hemos identificado la tecnología más avanzada con la seguridad y la eficiencia. Tenemos el mejor sistema ferroviario, con los mejores recursos técnicos, con los profesionales más reputados. Esta convicción bien fundamentada no encaja con el desastre que acabamos de sufrir. Tenemos que confiar, por tanto, en que la investigación abierta, en la Justicia y en Fomento, nos ofrezca respuestas claras y útiles.

La primera hipótesis sobre las causas del accidente apunta a la velocidad excesiva y al error humano. Es absolutamente necesario esperar a las conclusiones de la investigación para dar por buena esta u otra teoría. Y hemos de constatar los altos niveles de seguridad instalados en las modernísimas infraestructuras ferroviarias de nuestro país, adecuadas, desde luego, a las normas nacionales e internacionales. No obstante, si se confirmara la información, deberíamos ir pensando en cómo reforzar nuestros sistemas de seguridad para reducir aún más aquellos factores de riesgo, el exceso de velocidad y el eventual error humano, a lo largo de todos los trazados de la alta velocidad ferroviaria instalada en nuestro país.

Lo más importante en estos momentos, sin duda, es estar al lado de las víctimas y de sus familiares. Ya nos hemos puesto a disposición del Gobierno para colaborar en lo que fuera preciso. Dejemos trabajar con rigor a la Justicia y a las comisiones técnicas de la Administración para evaluar convenientemente las causas últimas del accidente. Confiemos en las garantías de seguridad que ofrecen nuestras instalaciones y nuestros profesionales.

Y eso sí, cuando llegue el momento pongámonos manos a la obra para evitar, en la medida de lo posible, que vuelva a producirse un accidente tan terrible como el que tuvo lugar en Santiago el pasado 24 de julio, y que jamás escapará a nuestro recuerdo.