La firma del Acuerdo de Asociación del Pacífico (Tratado Comercial de siglas TPP en inglés) y la vuelta al candelero del discutido Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversiones entre la UE y EEUU (TTIP) me han llevado a la relectura de un interesante libro que tuve ocasión de estudiar hace más de doce años, sobre las consecuencias para la globalización de estos tratados y de las políticas y filosofías que los fundamentan: El malestar en la Globalización, de Joseph E. Stiglitz, en el que se da la paradoja de una defensa por el autor de los “teóricos” beneficios de esa globalización, pero de una demostración práctica de sus efectos nefastos para el medio ambiente global, la salud de los ciudadanos y la inmensa mayoría de los trabajadores en los países en desarrollo, así como para los ciudadanos con menores ingresos del conjunto del mundo.

Su diagnóstico, reiterado y demostrado a lo largo de todo el texto del libro, es que el problema no es la globalización –que él considera fundamentalmente positiva- sino el modo en que ésta es gestionada por las tres principales instituciones derivadas de Bretton Woods (julio de 1944) que ayudan a fijar las “reglas de juego”: el Fondo Monetario Internacional (FMI) -contra en el que en el libro se recogen multitud de ejemplos de su “mal hacer”, fundamentalmente tras su transformación neoliberal en los años ochenta- el Banco Mundial (BM) y la actual Organización Mundial del Comercio (OMC) heredera del Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT). En el libro Stiglitz muestra cómo esas instituciones de gobierno global han defendido intereses –y por lo tanto ideologías- directamente asociadas a los intereses financieros (FMI), a los intereses comerciales de las grandes multinacionales (OMC), e incluso cómo el Banco Mundial, tras el “Consenso de Washington” entre dicho BM, FMI y el Tesoro de EEUU, abrazó entusiásticamente la doctrina neoliberal y la sacralización del mercado como fundamento de sus actuaciones, cuestionando los principios y objetivos básicos para los que fue creado.

Un libro publicado en 2002 no puede recoger la “Gran Depresión Financiero-Especulativa” iniciada en 2008 y cuyas consecuencias todavía estamos padeciendo, ni tampoco la reiteración de errores, desde entonces, en las políticas de austeridad del FMI, que han magnificado las negativas consecuencias socioeconómicas de esos errores, como el propio FMI ha reconocido al señalar que la incidencia negativa (contracción) de los efectos de los “ajustes fiscales” sobre el PIB, era mucho mayor que la supuesta en los modelos que justificaban las políticas que proponían. Errores de hasta el 3.000% en sus previsiones de crecimiento del PIB a dos años para algunos países, muestran la fiabilidad actual de este organismo y sus políticas. Pero más grave todavía es que el proceso impuesto a los países más afectados por la actual crisis iniciada en 2008, está perfectamente recogido en el citado libro ¡de 2002! de Stiglitz (págs. 142-144), refiriéndose allí a los efectos de las políticas del FMI (idénticas a las actuales de la “troika”) en la crisis registrada -y magnificada por estas políticas- en los países del este asiático ¡a finales de la década de los noventa del siglo XX! Y no es casual que la imposición de estas políticas favorecedoras de intereses muy concretos (traslación de deudas privadas del sistema financiero asociadas a las burbujas por ellos impulsadas a deuda pública y a ajustes fiscales que implican el empobrecimiento de asalariados y pensionistas) vengan asociadas a la imposición de un neoliberalismo en el que el equilibrio presupuestario (modificación constitucional en España, en 2011 para acotar el déficit público y priorizar la devolución de deudas en los presupuestos estatales) se convierte en dogma básico de la política de los países a intervenir.

No es nada nuevo descubrir que los intereses representados por los ministros de economía (FMI) o de comercio (OMC) no son independientes del fenómeno de las “puertas giratorias” ni de la capacidad de los lobbies de las grandes multinacionales defensores de sus intereses propios, cuya influencia es directamente proporcional a su posición en la generación de renta, empleo y valor en el respectivo país. Y no se descubre nada nuevo al señalar que las multinacionales son también las más interesadas en liberalizaciones que favorezcan sus intereses que, por su propia esencia, afectan a distintas naciones y a las regulaciones comerciales internacionales.

El crecimiento del comercio mundial que se aprecia en la Figura siguiente junto a la evolución de los precios de las manufacturas y de los precios reales de los inputs (energía y resto de materias primas) nos muestra que, desde 1991 a la actualidad, el comercio mundial se ha multiplicado por más de 3,4 veces, mientras que los precios de los productos manufacturados se han mantenido prácticamente constantes, los precios reales de las materias primas, excluida la energía se han multiplicado sólo por 1,25 en los casi 25 años transcurridos, y sólo la energía ha tenido un incremento en sus precios reales que ha implicado la duplicación de su precio en el período, si bien con fuertes variaciones en su evolución. En un marco en el que la población ha registrado un fuerte incremento a nivel mundial en estos 25 años, la conclusión avala la defensa que se realiza del comercio mundial desde la perspectiva de que ayuda al mantenimiento de los precios o, lo que es lo mismo, al incremento del poder adquisitivo de las personas, junto a un incremento de la producción mundial con la que el comercio global mantiene una clara correlación. Pero, como sucede con todo índice que mide magnitudes medias, éste no muestra los graves problemas de dispersión que pueden afectar a la distribución, por lo que si no se acompaña de un indicador de esta dispersión, dichas medias (PIB per cápita, relación media del PIB con los volúmenes de comercio, etc.) pueden ocultar que su crecimiento esté afectando más bien negativa que positivamente al conjunto de la humanidad.

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Y a este respecto es importante tener en cuenta que la progresiva liberalización de los flujos comerciales asociadas a los Acuerdos/Tratados de Comercio, y en muchas ocasiones a la liberalización impuesta por el FMI a los países que han necesitado de su apoyo por los ataques del sistema financiero-especulativo contra sus monedas, ha sido un aspecto fundamental para la extensión de la globalización y del comercio mundial que es uno de los indicadores que mejor la reflejan. Con la misma fuente de la Figura anterior, podemos señalar que en los citados 25 años, las exportaciones mundiales aproximadamente cuadruplicaron su valor y que la participación de las exportaciones mundiales en el PIB global aumentó del orden del 20% al orden del 30% en el período, incrementando su peso en un 50%. Y también podemos señalar que el crecimiento de la inversión internacional por parte de las multinacionales se produjo a un ritmo mucho más rápido que el crecimiento general del comercio mundial (las ventas de las filiales extranjeras de éstas equivalían, aproximadamente al 27% del PIB mundial, en 1990, y habían aumentado hasta del orden del 53% en 2010). A la vez que -véase Peter Nolan (2012).- ¿Está China comprando el mundo? Traficantes de sueños. Madrid. 2014. Págs. 44 a 55- las ventas de las filiales extranjeras de estas multinacionales habían prácticamente duplicado las exportaciones mundiales. Las multinacionales son cada vez más del país que maximiza sus ingresos disminuyendo sus impuestos, y su producción es crecientemente independiente del país que fue su sede originaria, aunque el origen de sus dueños y sus ejecutivos, y su influencia como lobby sobre las autoridades de ese país no deje de crecer. En el otro lado de la balanza, como señala Nolan, sólo un 2,5% de las mayores empresas mundiales pertenecen a países de medianos y bajos ingresos, que representan el 84% de la población mundial, con un peso insignificante en I+D+i y centradas en sectores con mercados protegidos y, frecuentemente, de propiedad estatal, lo que impide su adquisición por las multinacionales. Y, precisamente, la eliminación de estos dos aspectos –protección y propiedad estatal- son metas prioritarias de los Organismos internacionales citados -FMI, BM, OMC- favoreciendo el fuertísimo proceso de crecimiento de la inversión y las ventas de las multinacionales originarias de los países de altos ingresos- fundamentalmente, pero no sólo, de EEUU-en los países en desarrollo. Lo que como contrapartida en muchas ocasiones ha significado –y Stiglitz, entre otros, muestra numerosos ejemplos significativos- el cierre de la producción local en numerosos sectores, el incremento del desempleo y hasta, a veces, el incremento de los precios reales para la población local cuando las multinacionales que controlan el sector oligopolizan o monopolizan el mismo.

Y es que la libertad de mercado sólo es eficiente cuando se parte de una situación de igualdad de todos los productores y consumidores, lo que dista mucho de la situación global actual, y nos lleva a que ante la creciente desigualdad en todos los campos, el interés general sólo pueda ser defendido por un Estado que realmente refleje ese interés general en su gobierno. Porque la creación de “sistemas globales integrados del proceso productivo” por parte de las multinacionales, ha llevado a que la fragmentación integrada de la producción sea cada vez más global, superando los anteriores bloques regionales, y desarrollando parte de la cadena productiva en los países con menores costes productivos en el área correspondiente, a lo que se añade un control de todo el proceso desde la sede central de la multinacional. Esto conlleva el que del orden de dos tercios del comercio mundial se concentre ahora en los bienes y servicios intermedios, desarrollos tecnológicos y servicios financieros necesarios para la obtención del producto final de la multinacional, siendo previsible que su importancia siga siendo creciente hacia el futuro, al igual que el control de las multinacionales sobre estos “sistemas globales integrados del proceso productivo”.

En este marco, en este artículo nos queremos referir a algunos previsibles efectos territoriales y ambientales del Acuerdo de Asociación del Pacífico (TPP) que afecta a, aproximadamente, el 40% del PIB mundial y a un tercio del comercio mundial desarrollado por los 12 países –EEUU, Japón, México, Canadá, Australia, Malasia, Chile, Singapur, Perú, Vietnam, Nueva Zelanda y Brunei- adheridos al mismo, después de una negociación de más de una década que ha llevado al mayor acuerdo alcanzado de libre comercio en una generación, implicando una fuerte reducción de restricciones a la inversión exterior, y la muy significativa rebaja de aranceles que generan barreras al comercio. El objetivo es ver qué conclusiones podemos sacar para el análisis de las negociaciones sobre la Asociación Trasatlántica para el Comercio y la Inversión entre EEUU y la UE (TTIP), al que dedicaremos el siguiente artículo.

La OMC es sólo un espacio de reunión para el acuerdo de las partes –no es un organismo que promueva y establezca reglas- y sólo una vez aprobados Acuerdos derivados de las Rondas correspondientes (Ronda de Uruguay; Ronda de Doha;…) se ocupa de hacer que las reglas y acuerdos establecidos se cumplan. Acuerdos que a veces tardan muchos años en ratificarse y entrar en funcionamiento y a los que es factible la incorporación sucesiva de países que van aceptando las reglas del acuerdo, aunque normalmente los que se incorporan con posterioridad suelen tener una menor capacidad de negociación. El FMI, la OCDE o la Casa Blanca, tanto por los intereses que representan como por la ideología que los sustentan, defienden la incorporación del mayor número de países a la firma de los acuerdos. Afortunadamente los países van avanzando en la capacidad de recoger intereses de la población en sus Parlamentos, y los Gobiernos van aprendiendo que su subordinación a los lobbies internacionales puede costarles caro en las siguientes elecciones. Y aunque el avance sea lento y con muchos vaivenes, el rechazo a la firma de acuerdos sin contrapartidas importantes para defender las debilidades productivas o los Objetivos específicos de cada país –ambientales, de bienestar, etc.- es creciente. De forma que, frente a la aceptación de medidas liberalizadoras que posibiliten importaciones colonizadoras de los mercados interiores, que hagan desaparecer -por desempleo y pérdida de actividad económica, o por degradación ambiental o de la sociedad de bienestar- las ventajas indudables de una mejora en la calidad y precio de los artículos importados para el consumidor, se imponen negociaciones que aseguren que esa liberalización no afecte al logro de un desarrollo socioeconómicamente cohesionado, ambientalmente sostenible y territorialmente equilibrado, ni limite la permanencia de la propiedad local de empresas con salida al exterior de productos y servicios con potenciales ventajas comparativas del país en cuestión.

El avance en estos procesos de defensa de los intereses de cada país desgraciadamente se prima fundamentalmente el medio plazo, esperando, vanamente por ahora, que a largo plazo se pueda contrarrestar el poder creciente de las multinacionales en el control de los procesos productivos y comerciales. Centrados en este medio plazo, en el recién aprobado TPP los análisis internacionales parecen aventurar una situación de ventaja derivada de los acuerdos adoptados para Vietnam y Malasia, aunque también puede beneficiar la apertura comercial de un Japón con fuertes niveles de restricción actual a la misma. Para los tres países iberoamericanos adheridos –Chile, México y Perú- y los intentos por adherir a Colombia al mismo, marcan una situación de ventajas algo diferentes en los distintos capítulos que se recogen en el Acuerdo (patentes, propiedad intelectual, internet, sectores industriales, etc.) pero parece unánime la opinión entre especialistas que sus beneficios no son comparables a los de los países asiáticos señalados, ni siquiera en el medio plazo. El fuerte desarme arancelario que se les exige en un marco de productividad relativa con tendencias desfavorables para la región, y la ya fuerte penetración de las multinacionales de EEUU y Japón en estos países, probablemente implicarán desventajas ya incluso a medio plazo para los mismos.

Es evidente que los contenidos aceptados por EEUU para el TPP van a servir de referencia para el Acuerdo en negociación entre EEUU y la UE (TTIP), aspectos a los que haremos referencia en el próximo artículo. Señalemos ahora que nos interesa, en particular, lo recogido en el TPP con referencia a la dimensión ambiental.

El Capítulo Medioambiental del Texto Consolidado hecho público, de noviembre de 2013, señala tres Objetivos. Los dos primeros con referencia general a la promoción mutua de las políticas comerciales y ambientales, y a la defensa del desarrollo sostenible, respectivamente, con pautas no muy alejadas de los contenidos estándar de los documentos de Naciones Unidas sobre estos temas. Sin embargo, su tratamiento en este Capítulo es radicalmente distinto del resto de los temas recogidos en el resto de Capítulos del TPP, destacando la ausencia de cláusulas obligatorias para las partes, o de medidas significativas que aseguren el avance conjunto en los Objetivos perseguidos; con la excepción de lo relativo a la pesca(artículo SS.16), el comercio de bienes y servicios ambientales (artículo SS.18, que obliga a la liberalización del comercio e inversión en los mismos en términos similares a otros sectores), el cumplimiento de las normas sobre el comercio de especies de flora y fauna ilegales que puedan afectar a la conservación de los ecosistemas propios (artículo SS.17), o en la afección a las obligaciones de cumplimiento de otros acuerdos multilaterales (cambio climático –artículo SS.15-, especies invasoras –artículo SS.14-, conservación de la biodiversidad –artículo SS.13).

La conclusión que se puede extraer es que la dimensión ambiental aparece como un añadido amable del Acuerdo, donde la interrelación con las condiciones de la producción de cada país, el transporte necesario de los productos comercializados y su correspondiente trazabilidad ambiental, o su huella de carbono, por citar solo elementos básicos de ese desarrollo sostenible al que se hace referencia, no tienen la más mínima presencia. Además, los mecanismos de solución de desacuerdos que se establecen en este Capítulo Ambiental son básicamente de cooperación, sin que se prevean sanciones por incumplimiento de los Objetivos definidos. Por el contrario, sí existe un tercer Objetivo en este Capítulo Medioambiental que señala específicamente que “Las Partes reconocen, además, que es inapropiado establecer o utilizar sus leyes ambientales, u otras medidas, de una manera que constituya una restricción encubierta al comercio o la inversión entre las Partes”, refiriendo este Objetivo a las duras normas y sanciones que sí se recogen específicamente en otros Capítulos para asegurar dicha inexistencia de trabas al comercio o a la inversión exterior.

Para terminar es preciso señalar que, hasta ahora, han sido numerosos los Acuerdos que han potenciado el comercio mundial con la liberalización de la entrada de mercancías, servicios e inversiones en los países con restricciones a los mismos. Todos han exigido largas negociaciones en las que la defensa de los intereses generales de cada país no siempre ha sido adecuadamente mantenida por los Gobiernos respectivos sobre los intereses de las multinacionales que, objetivamente, son las ganadoras netas de estos procesos, aunque no siempre las únicas. Así, existe una realidad obvia que nos lleva a considerar, entre otros aspectos, que muchos países en desarrollo siguen dependiendo en su seguridad alimentaria de la importación de alimentos; que las consecuencias de la evolución demográfica prevista es la de que deberían incrementar, para 2050, sus importaciones de cereales desde los 135 millones de toneladas, de 2008/2009 a 300 millones para 2050 (un 122%), con la consiguiente necesidad de una oferta en las mejores condiciones posibles y de unos costes de transporte tan bajos como sea posible. A ambos aspectos ha contribuido el incremento del comercio mundial de bines y servicios. Pero, como reconoce la propia FAO (How to feedtheworld in 2050. http://www.fao.org/fileadmin/templates/wsfs/docs/expert_paper/How_to_Feed_the_World_in_2050.pdf), asegurar estas necesidades de alimentación a largo plazo es complicado en una dinámica social en la que los mercados controlados por las grandes multinacionales del sector, están haciendo evolucionar muchas producciones agrícolas hacia los biocombustibles, y donde el cambio climático previsiblemente va a implicar reducciones en la producción global de alimentos.

Con estas últimas consideraciones, en el próximo artículo trataremos de analizar cómo las conclusiones señaladas en el presente artículo nos permiten aproximarnos a las ventajas y desventajas potenciales para la UE y España, de las negociaciones sobre la Asociación Trasatlántica para el Comercio y la Inversión entre EEUU y la UE (TTIP).