El resultado del referéndum celebrado en Grecia el pasado domingo 5 de julio de 2015, en el que ha prevalecido con claridad la opción defendida por el Gobierno de Syriza, refuerza al primer ministro Alexis Tsipras frente al Eurogrupo.

No tanto por el resultado en sí, que supone rechazar una propuesta de ayuda financiera que ya había caducado, por parte de la población, no lo olvidemos, de uno de los 19 Estados miembros. El éxito de Tsipras deriva del hecho de que el Eurogrupo pudo haber aceptado la última contrapropuesta griega el miércoles 1 de julio, y en cambio apostó, por ir al referéndum con la esperanza de derrotar al carismático primer ministro en un entorno caracterizado por la introducción de los siempre impopulares controles de capitales. La apuesta ha resultado claramente fallida.

En este sentido, Tsipras ha ganado una cuestión de confianza mediante el voto ciudadano, y además no se ha arrugado ante las presiones de todo tipo recibidas en los últimos días. Al contrario que en su día Yorgos Papandreu, quien también quiso organizar un referéndum, se ha mantenido firme en la negociación con la antigua Troika y en la celebración de la consulta. Al mismo tiempo, el Gobierno de Syriza no pestañeó el día que vencía el plazo para pagar una parte del préstamo contraído con el Fondo Monetario Internacional el pasado martes 30 de junio de 2015.

Todo ello significa que Tsipras no juega de farol, y por tanto está dispuesto a ir hasta el final, incluyendo la suspensión unilateral de pagos sobre la deuda pública griega. Tanto él como Varoufakis planearon desde el principio, en enero de 2015, la negociación con sus acreedores de acuerdo con la teoría de juegos, materia en la que es especialista el ya ex ministro de finanzas heleno. De acuerdo con este planteamiento, Grecia podría forzar que sus socios aceptaran un programa de asistencia financiera más adecuado para el crecimiento económico y el bienestar social jugando con la amenaza de impago unilateral de la deuda pública y rotura de la unión monetaria. La Eurozona se encontraría en la misma posición del banco al que se le debe mucho dinero: el problema lo tiene la entidad, no el cliente.

Con carácter general el enfoque era correcto, como se analizó en mi artículo titulado El futuro de Grecia y el de la Eurozona [1], publicado en esta misma página. Con todo, creo que en realidad el dúo Tsipras-Varoufakis estaba (y está) dispuesto, llegado el caso, a suspender pagos, pero no a abandonar la Eurozona. Y así lo han entendido la mayoría de los ciudadanos griegos que han votado «no» en el referéndum.

Es ahí donde reside el verdadero problema. Para la Unión Europea la quiebra de la unión monetaria es (o debiera ser, si actúa racionalmente) un riesgo inasumible. Al mismo tiempo, Tsipras no lo tiene fácil para aislar el impago de la deuda de la salida de la Eurozona, la cual podría hacerse inevitable si el Eurogrupo en lugar de actuar como un actor racional (presupuesto de la teoría de juegos) se deja llevar por la rabia que algunos ya están intentando explotar, y ordene al Banco Central Europeo (BCE) que deje de apoyar a los bancos comerciales griegos. De ahí que como ya se ha señalado[2], el Gobierno griego, al plantear la negociación en estos términos de juego de la gallina, ha puesto en riesgo su propia pertenencia a la Eurozona, resultado que tampoco busca, con el objeto de poner contra las cuerdas a sus acreedores. Asimismo, la incertidumbre generada por esta política negociadora de jugar al todo por el todo originó casi inmediatamente una fuga de depósitos que ha concluido, meses después, con la imposición de controles de capitales en Grecia.

No ha sido éste el único error de Syriza. Porque una cosa es entender qué es lo que hay en juego, los costes y beneficios de cada resultado posible, y las restricciones institucionales, en lo que el Gobierno griego ha calculado bien, y otra cosa es enfadar innecesariamente a los interlocutores con un estilo negociador abrasivo y contraproducente, así como recurrir a frivolidades como romper la posición común europea sobre Rusia[3]. El Gobierno griego, y Varoufakis en particular, no ha sabido ser un puño de hierro en guante de seda. El fracaso de esta táctica negociadora, por llamarlo de alguna manera, queda simbolizado en la dimisión del ministro griego de finanzas apenas unas horas después de conocerse el resultado definitivo del referéndum.

Con seguridad, ésta ha sido la condición exigida por el Eurogrupo para regresar de inmediato a las negociaciones, la cual ha sido instantáneamente aceptada por Atenas. Porque, si bien Tsipras ha ganado su referéndum, y los acreedores se han quedado con el pie cambiado, no es menos cierto que el Gobierno griego necesita un acuerdo rápido, pues los bancos griegos están al borde de la insolvencia, en situación de dependencia absoluta de la Asistencia de Liquidez de Emergencia del Banco Central Europeo. En particular, el 20 de julio de 2015 vence el pago de 3.500 millones de euros en bonos que posee el BCE. Si no se alcanza un acuerdo, siquiera provisional, antes de esa fecha, y Grecia no paga, difícilmente Fráncfort del Meno mantendrá la liquidez a la banca comercial griega. En estas horas los europeístas tenemos que estar atentos: los sectores más conservadores tratarán de echar a Grecia de la zona euro por la vía de hecho, apremiando al BCE para que no espere a dejar sin financiación a las entidades financieras domiciliadas en Grecia.

En cualquier caso no hay que perder de vista que esta situación es el resultado de una unión monetaria incompleta, en la que la resolución de las crisis queda al albur de un grupo informal del 19 Estados miembros donde las decisiones se toman por consenso de acuerdo a reglas no escritas. No es serio. Más allá de valoraciones morales, el Gobierno griego se ha limitado a explotar un marco negociador al encontrarse las partes fuera del Derecho y las instituciones comunitarias. Por tanto, en el corto plazo urge que las partes se sienten a negociar inmediatamente y alcancen un acuerdo equilibrado sobre la base de la última contrapropuesta griega, que no se base ni en el ajuste fiscal a ultranza ni en la quita incondicional de la deuda pública de la que somos tenedores la mayoría de los ciudadanos europeos, mientras el BCE sigue apoyando a la banca comercial griega. El próximo programa de ayuda financiera a Grecia debe basarse en un alivio de la carga financiera de la deuda, en la introducción de reformas inaplazables del ineficaz Estado griego, y en la mejora de las condiciones de vida.

Pero esto no bastará para evitar futuras crisis ni seguramente para resolver definitivamente la cuestión griega. A la vuelta del verano, la Comisión Europea debe tomar la iniciativa para culminar rápidamente la Unión Económica y Monetaria en sentido federal, tal y como apuntaba recientemente en esta misma publicación digital el ex presidente socialista del Parlamento Europeo Josep Borrell Fontelles[4]. En particular es urgente completar la unión bancaria, con la introducción de un fondo europeo de garantía de depósitos, y poner en marcha la unión fiscal y financiera, con el establecimiento de impuestos y deuda pública europeos. De esta manera la Unión dispondrá de un presupuesto anti-cíclico y de un activo financiero de bajo riesgo que podrá ser utilizado por las entidades financieras como garantía ante el Banco Central Europeo.

 

El Consejo Europeo, y Alemania en particular, deberán actuar en consecuencia. De lo contrario un euro incompleto se convertirá, paradójicamente, no en el mayor logro de la construcción europea, sino en la causa de su desintegración.

[1] Véase «El futuro de Grecia y el de la Eurozona» (22.05.2015): https://fundacionsistema.com/Info/Item/Details/5958

[2] Véase «El fracaso de Europa es el fracaso de la Europa no federal (02.07.2015): https://fundacionsistema.com/Info/Item/Details/5980

[3] Véase «La gestión de la economía: la realidad y los sueños» (06.02.2015): https://fundacionsistema.com/Info/Item/Details/5756

[4] Véase «¿Hacia una Europa federal?» (26.06.2015): https://fundacionsistema.com/Info/Item/Details/5967