Erdogan parece haberse quedado sin ‘su’ República presidencialista. La victoria de su partido, el AKP, en las elecciones generales del 7 de junio, con el 41% de los votos, no le reportará la mayoría de 2/3 en el nuevo Parlamento para modificar la Constitución y reforzar los poderes del Jefe del Estado en detrimento del legislativo.

Erdogan sabía de la dificultad del empeño, debido al desgaste de su gobierno. Creyó que podía capitalizar su carisma. No en vano, había sido elegido presidente en agosto del año pasado con más del 51% de los votos. Se implicó a fondo en la campaña, como si fuera candidato, con su habitual estilo beligerante. Por este motivo, todo el mundo consideraba los comicios legislativos como una suerte de referéndum sobre la agenda del presidente.

Pues bien, Erdogan ha perdido su arriesgada apuesta. Pero, paradójicamente, todavía puede hacer virtud de la necesidad. Al obtener un resultado peor que hace cuatro años (entonces el AKP consiguió el 50% de los votos), el partido todavía mayoritario tendrá que negociar un Gobierno de coalición. Dispondrá tan sólo de 255 de los 550 diputados que componen la Asamblea legislativa. Si no se llegara a un acuerdo, el Presidente de la Republica tiene la facultad de volver a convocar elecciones.

EL DESGASTE DEL ISLAMISMO MODERADO

Las razones del retroceso del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) son múltiples: el agotamiento del ciclo virtuoso económico, la eclosión de protestas de ciertos sectores sociales ante manifestaciones de autoritarismo gubernamental, las disensiones en la base social e ideológica del islamismo conservador y una madeja de casos graves de corrupción.

De todos estos factores, quizás el económico resulte el más decisivo, por el impacto que empieza a sentirse en el bienestar de la mayoría de la población. La bonanza de la década pasada permitió al entonces primer ministro Erdogan emprender importantes inversiones en infraestructuras y extender los beneficios sociales, lo que le permitió ensanchar notablemente su base social y asegurarse la hegemonía política prácticamente sin contestación relevante.

De cuatro años acá, la crisis internacional se ha dejado sentir en Turquía, como el resto de los países denominados emergentes. Además, el efecto de la guerra siria ha tenido consecuencias muy decisivas. Turquía alberga a dos millones de refugiados. Los gastos de su cuidado y mantenimiento presionan considerablemente sobre las arcas públicas.

La oposición política, a pesar de todo, no ha sido capaz de construir una alternativa que cuestione la hegemonía del islamismo moderado. Los partidos tradicionales, como el socialdemócrata CHP (Partido Republicano del Pueblo) o el conservador MHP (Partido del Movimiento Nacionalista) suman entre los dos apenas medio punto más que el AKP, pero representan opciones completamente opuestas.

Pero como ocurre en la mayoría de los países europeos, la crisis también ha propiciado en Turquía la aparición de un fenómeno político emergente. Una pequeña formación con raíces en el Kurdistán, el Partido Democrático del Pueblo (HDP), se había configurado como una suerte de alternativa tanto al AKP como a las opciones tradicionales de la oposición en la última década y media. La base originaria compuesta por nacionalistas kurdos contrarios o menos dependientes del discurso de lucha armada fue ampliándose con organizaciones, grupos y personalidades representativas de otras minorías y colectivos sociales (colectivos feministas, ecologistas, homosexuales, activistas laicos, intelectuales, periodistas), muy inquietos por la deriva autoritaria de Erdogan.

Por exigencia de la ley electoral, el HDP tenía que rebasar el listón del 10% de los votos para poder obtener representación parlamentaria. En caso contrario, los sufragios obtenidos se repartirían entre los partidos que pasaran el corte. Una provisión extravagante que ha contribuido a reforzar la mayoría del AKP estos años pasados. Pero el HDP superó el desafío y ha obtenido el 13%, con un cálculo estimado de 80 diputados en el nuevo Parlamento.

EL DILEMA KURDO

Pese a su pluralidad, el HDP no olvida su agenda kurda. Erdogan había capitalizado las negociaciones de paz en el Kurdistán como uno de sus principales activos políticos. El conflicto kurdo es especialmente sensible en Turquía. Sólo la acumulación de enormes dosis de legitimidad y apoyos políticos puede permitir a un gobernante afrontarlo. Erdogan creyó tenerlo y, pese a la oposición manifiesta a izquierda y derecha, decidió afrontar el reto. Hasta que las cosas empezaron a torcerse. La guerra siria y la amenaza creciente del Daesh terminaron por embarrancar el proyecto.

El asedio de Kobani, un enclave kurdo en la frontera sirio-turco, resultó devastador para Erdogan. A pesar de los dramáticos llamamiento de la población y de las fuerzas políticas y milicias kurdas, el Presidente se resistió a enviar a Ejército turco para forzar la retirada de los extremistas del Daesh.

Hay que ver ahora, en el contexto de la inestabilidad regional y de la debilidad política interna, si Erdogan retoma el dossier kurdo o lo congela. O lo plantea en términos distintos. En todo caso, no es previsible un acuerdo del AKP con el HDP, puesto que el proyecto político de los emergentes consiste precisamente en el debilitamiento del poder islamista. Un pacto con los nacionalistas derechistas del MHP le permitiría al AKP sumar un número parecido de escaños (82) a sus 255 y obtener la mayoría absoluta en el Parlamento. Pero, en ese caso, tendría que renunciar a recuperar las negociaciones sobre la autonomía del Kurdistán, debido a la intransigencia del MHP en este asunto.

¿SUEÑO O PESADILLA?

Ante este complicado panorama, no es aventurado anticipar que Erdogan podría decidir doblar apuesta, tratar de recuperar la confianza de los electores otrora entregados que le han vuelto la espalda y presentar el nuevo envite en los términos más dramáticos posibles. El riesgo de esa eventual estrategia es muy alto. Podría no sólo comprometer la hegemonía de su partido sino su propio crédito político personal. El sueño roto se convertiría en pesadilla.