La amplia victoria del AKP, el partido islamista moderado que encabeza Recep Tayyip Erdogan, le permitirá contar con mayoría absoluta en el nuevo Parlamento, aunque no la suficiente para acometer sin apoyos externos una deseada reforma constitucional para reforzar los poderes presidenciales.

El resultado ha sorprendido a los observadores y desautorizado a los sondeos, que predecían números más ajustados. El AKP, con un 49,3% del total de los votos obtenidos, reunirá el 57,5% de los diputados, beneficiado por la ley electoral que prima ligeramente a los partidos más votados.

El nuevo Parlamento reflejará el desplazamiento de votos desde la derecha nacionalista radical (MHP), que ha perdido cuatro puntos, hacia el AKP. Los republicanos de centro izquierda (CHP) repiten resultado (apenas pierden unas décimas) y la alianza de kurdos y progresistas retrocede tres puntos y a punto ha estado de quedarse fuera del Parlamento, si no hubiera superado el umbral del 10%.

Estos cinco últimos meses han constituido un ejemplo de manual de cómo inducir un clima político propicio para favorecer soluciones de autoridad reforzada:

– Un resultado electoral sin una mayoría política clara en junio, por primera vez en más de una década.

– Indisposición máxima de los actores políticos para forjar pactos estables de gobierno.

– Efecto directo de las guerras paralelas en el sur (Siria, Irak y antiterrorista internacional).

– Agudización del sentimiento nacionalista turco, al elevarse el perfil kurdo por el apoyo recibido de las potencias occidentales en la lucha contra el extremismo islamista.

– Emergencia brutal de una nueva oleada terrorista, con especial impacto del doble atentado del 10 de octubre en el centro Ankara.

– Crecientes dudas sobre la competencia y/o la voluntad de algunos aparatos del estado en la prevención, vigilancia y control de elementos extremistas de diverso signo (yihadistas, extrema derecha nacionalista y extrema izquierda kurda).

La acumulación de todos estos elementos, de gran potencial desestabilizador cada uno de ellos, preparaba el terreno para el éxito de un mensaje de fuerza. De ahí que la oferta de Erdogan y los suyos a los electores turcos haya sido clara e insistente: «estabilidad o caos». Naturalmente, la mitad de los turcos, creen haber elegido lo primero.

¿Es la estabilidad lo que espera a Turquía? Para Erdogan y sus seguidores, estabilidad equivale a autoridad reforzada; es decir a férreo control del proceso político y represión de las tensiones sociales. Acostumbrado a las amplias mayorías y a afincado en un estilo de gestión que fomenta la polarización, Erdogan sólo parece capaz de gobernar con mayoría absoluta: sin compromisos, sin pactos. De ahí que cualquier escenario que no fuera exclusivamente éste lo asimilara al ‘caos’.

Y, sin embargo, es razonable temer que la estabilidad que puede a priori proporcionar esa autoridad reforzada genere más tensiones en la calle y en los medios de comunicación no sumisos. Cada vuelta de tuerca de Erdogan provocará resistencias, protestas, seguramente violencia y, en un clásico comportamiento del ciclo, más pulsión autoritaria.

Los sectores sociales que no aceptan el modelo de sociedad construido en la última década larga por el islamismo moderado, o que no se han visto beneficiados por el crecimiento económico, buscarán otras vías de expresión del malestar, como ya ocurrió en 2013.

El otro frente de inquietud, más apremiante incluso, lo constituye el denominado ‘problema kurdo’, ahora inevitablemente mezclado o confundido con la guerra contra el extremismo islámico.

La mayoría absoluta del AKP, con o sin reforma constitucional, propiciará una república más presidencialista. No será de cambio brusco. Erdogan ya ha ido socavando la autoridad práctica del primer ministro reforzando el personal de la presidencia y asumiendo actuaciones directas o indirectas.

Ese desplazamiento de poder es especialmente visible en el terreno de la seguridad interior y exterior, más que nunca interconectadas en el contexto actual. Erdogan es el interlocutor absoluto de Occidente en la guerra contra el Daesh. Si en meses anteriores, con una posición política más debilitada, ha puesto cara su colaboración, es de temer que ahora eleve aún más el precio. Previsiblemente, pondrá todo su peso en prevenir un mayor protagonismo de los kurdos sirios del YPG, estrechos aliados de sus homólogos turcos del PKK, insistirá en sus demandas de crear zonas seguras en el norte sirio y radicalizará su exigencia de derrocamiento de Bashar el Assad.

En definitiva, un Erdogan más fuerte no es una buena noticia para Estados Unidos y sus aliados europeos, pero si para Arabia Saudí y los países árabes conservadores que recelan de la estrategia norteamericana, en particular el acercamiento a Irán. Más allá de las previsibles tensiones internas, la ‘estabilidad’ de la que Erdogan hace bandera puede ser fuente de inquietud en una zona ya de por si convulsa.