LAS SIMILITUDES

La invocación de los derechos de las nuevas minorías. Tanto en su día en Bosnia, Croacia y Kosovo, como ahora en Ucrania, grupos étnicos o de población que se sentían protegidos e identificados con el Estado del que eran ciudadanos (Yugoslavia o la URSS), percibieron que la nueva realidad política en la que pasaron a vivir suponía una amenaza para sus derechos, su lengua, su cultura o, en el caso yugoslavo, su religión.

En Ucrania, el factor que ha generado mayor combatividad ha sido la lengua. Es cierto que (como ocurría en Yugoslavia), la propaganda ha generado mucha confusión y contribuido notablemente al enfrentamiento. En la contienda serbo-croata, el problema era el alfabeto (cirílico, el serbio; latino, el croata), aunque el nacionalismo croata se empeñó en destacar supuestas diferencias idiomáticas que no pocos intelectuales han refutado como una pura invención o, en el mejor de los casos, como una manipulación grosera.

En Ucrania, gran parte de la población es bilingüe. Pero la torpeza del nuevo Gobierno de Kiev, aboliendo el estatus del ruso como lengua oficial, ha alimentado los sentimientos de ultraje de los núcleos de población del Este y Sur que se expresan preferentemente en ruso.

Contrariamente a Yugoslavia, la religión no ha sido un factor de confrontación, aunque sí ha estimulado el nuevo nacionalismo ruso que ha impulsado a Putin a poner en marcha esta campaña de recuperación del prestigio de Rusia y la evocación de los sueños de grandeza de la época dieciochesca de Catalina la Grande, resumida en la divisa ‘Novorissiya’ (‘Nueva Rusia’).

El uso abusivo de la propaganda. Otro aspecto que nos permite encontrar en la crisis de Ucrania ciertos ecos yugoslavos es la utilización de etiquetas descalificadoras de los oponentes, vinculadas a dramas del pasado, y en particular a la Segunda Guerra Mundial.

En Yugoslavia, para las poblaciones serbias rebeldes, los dirigentes del nuevo Estado croata eran todos ‘ustachas’, es decir, los militantes de extrema derecha que colaboraron con la ocupación nazi y establecieron una República títere de Hitler en Croacia, bajo la jefatura local de Ante Pavelic. Por el contrario, las autoridades de Zagreb consideraban a los rebeldes serbo-croatas o bien como comunistas y nostálgicos del Estado moribundo fundado por Tito, o, más frecuentemente, como ‘chetniks’ (milicianos partidarios de la declinante monarquía serbia). Este último término lo utilizaba el Gobierno de Sarajevo para calificar a los rebeldes serbo-bosnios, mientras éstos despreciaban al Gobierno y el Ejército bosnios con el apelativo de ‘turcos’, en referencia a la potencia otomana ocupante de suelo serbio durante siglos.

En Ucrania, los rebeldes pro-rusos, engrasados por los medios próximos al Kremlin, califican sistemáticamente de ‘fascista’ al Gobierno de Kiev. El peso adquirido por la ultraderecha ucraniana durante las protestas de Maidán, en los confusos acontecimientos que precipitaron la torpe huida de Yanukóvich y el cambio de régimen han favorecido este discurso de mistificación y propaganda. Al contrario, las nuevas autoridades de Kiev deslegitiman completamente el malestar de la población del Este y del Sur más cercana sentimental y culturalmente a Rusia y considera a sus activistas sólo como ‘marionetas del Kremlin’.

LAS DIFERENCIAS

La secuencia temporal. En el caso yugoslavo, la rebelión del grupo de población que se habían convertido en minoría en el nuevo Estado se produjo en las primeras semanas (Croacia) o meses (Bosnia) de la independencia. En Kosovo, el levantamiento armado de la población albanesa desencadenó la intervención militar y paramilitar serbia de forma inmediata.

Por el contrario, en Ucrania han pasado quince años desde la desintegración de la URSS y el nacimiento del país como Estado independiente, aunque la comunicación entre las dos partes del país (occidental y suroriental) no haya sido siempre fácil.

El peso del apoyo exterior. En el caso yugoslavo, las rebeliones de la población serbia en Croacia (en las regiones de Krajina, Eslavonia y Srem occidental) o en Bosnia (en torno al núcleo occidental de Banja Luka, el corredor septentrional de Posavina, casi toda la franja oriental fronteriza con Serbia, partes de la meridional Herzegovina y la propia Sarajevo) contaron inicialmente con el apoyo del Ejército Federal Yugoslavo, cuya oficialidad era predominantemente serbia, y con la propia República de Serbia, que mantuvo la ficción del Estado de Yugoslavia durante algún tiempo, con la única colaboración de Montenegro. El aislamiento creciente, primero de la cada vez más fantasmal Yugoslavia, y luego de la propia Serbia, redujo el apoyo externo de los insurgentes hasta debilitar notablemente su causa, aunque contara siempre con una defensa diplomática, irregular y poco eficaz, de Moscú.

En cambio, en el caso de las entidades que están surgiendo en el Este de Ucrania, es innegable no sólo el respaldo, sino el concurso efectivo de Rusia, ahora mucho más fuerte y con más recursos económicos y políticos que en los noventa. Una posible acción militar directa por parte de Moscú en defensa de la causa ‘pro-rusa’ no está garantizada, ni mucho menos, a corto plazo, a pesar de las señales alarmistas de los sectores más belicistas en Kiev, Washington y los países de Europa oriental que estuvieron bajo regímenes comunistas. Pero tampoco puede descartarse completamente, contrariamente a lo que sostiene el Kremlin en todos y cada uno de sus pronunciamientos diplomáticos y propagandísticos.

La dimensión estratégica. Sin restar importancia a las consecuencias de las guerras yugoslavas, en particular para la futura de la nueva Europa tras el final de la ‘guerra fría’, lo que se está ventilando en Ucrania tiene mayor trascendencia estratégica. A Rusia le importaba mantener unos gobiernos amigos en los Balcanes, entre otras cosas para limitar la influencia de Alemania en la región. Pero el destino de Yugoslavia no tenía una importancia decisiva para el porvenir de Rusia.

En Ucrania, por el contrario, Rusia entiende que está en juego su propia viabilidad como potencia regional de primer orden. Algunos incluso creen que detrás de las acciones rusas se encuentra el oscuro designio del Kremlin de reconstruir, sobre otras bases, el derrocado poder soviético. Automáticamente, esto obliga a Washington y a Europa a una implicación intensa, aunque de momento es evidente la falta de consenso sobre la respuesta más adecuada a Moscú, como se ha puesto de manifiesto en la actitud sobre las sanciones.

Pero además, que Rusia sea una potencia asiática confiere a la crisis una dimensión planetaria y no sólo europea, como se explicaba en un artículo anterior. En definitiva, Ucrania reproduce algunos mecanismos de las guerras yugoslavas, pero aporta una dimensión estratégica mucho más amplia e inquietante.