El actual conflicto comienza el 21 de noviembre. Ese día, el Parlamento, controlado por el gubernamental Partido de las Regiones, suspende las negociaciones con Bruselas, cuando estaba a punto de cerrarse un acuerdo de asociación entre Ucrania y la Unión Europea. En sólo unas horas, los partidos de la oposición y grupos cívicos europeístas, la mayoría juveniles y dinamizados por las redes sociales, se concentran en la Plaza de la Independencia, el lugar emblemático de la «revolución naranja» de 2004, para exigir que el Presidente rectifique y vuelva a la senda europea. Yanúkovich había dado cerrojazo a las negociaciones en vísperas de la cumbre sobre las relaciones de la UE con antiguos países comunistas euroasiáticos, a celebrar en Vilnius.

Las negociaciones con Europa comportaban también unos compromisos paralelos de ajuste económico. La situación de Ucrania, en plena recesión, es desesperada. La deuda se negocia a un interés del 10%.El país necesita con urgencia un préstamo, que negociaba con el FMI, de 14 mil millones de euros para eludir la suspensión de pagos. El gobierno de Kiev asegura que las condiciones puestas en cada caso por Europa y por el FMI ahogaría a medio plazo al país. De ahí que, con desagrado, el Presidente se volviera hacia el vecino del Este. A Putin no le costaría demasiado borrar con un cheque los números rojos de Yanúkovich. Y éste es el temor de muchos de los manifestantes.

EL TEMIDO ABRAZO DEL OSO RUSO

Los opositores no ponen mucha atención a las duras condiciones occidentales. Ven en el proceso europeo una oportunidad para cambiar el rumbo del país, ya que el borrador del acuerdo contemplaba también unas exigencias de democratización y transparencia. Pero, sobre todo, Europa significa para ellos una efectiva póliza de seguros para alcanzar la independencia efectiva de la tutela rusa. De hecho, la oposición de Moscú al acuerdo de asociación era pública y notoria.

Ciertamente, el Presidente Putin se había referido en términos muy negativos al proyecto europeo de atraerse a Ucrania. Rusia cree que la «pérdida» del vecino ucraniano representaría una amenaza para sus intereses estratégicos. Al proyecto europeo de Ucrania, Moscú opone una especie de unión aduanera, de la que ya forman parte, junto a Rusia, Bielorrusia y Kazastán. La incorporación de Ucrania supondría recomponer el núcleo central de la desaparecida Unión Soviética, una aspiración a la que nunca ha renunciado el propio Putin y los herederos de los viejos aparatos comunistas que supieron adaptarse a los nuevos tiempos y sacar el mayor provecho posible, tras los caóticos años finiseculares.

Ucrania no es un país más de la antigua órbita soviética. Las vinculaciones históricas, económicas y culturales con Rusia de esta gran nación -más extensa que Francia y parecida población que España- no son en absoluto desdeñables. La mitad oriental del país habla ruso y todo su aparato productivo está ligado a su vecino. Rusia es la destinaria de la tercera parte de las exportaciones ucranianas. En el último tramo de las negociaciones con la UE, Moscú cerró la entrada a los productos ucranianos durante unos días. Una advertencia expresa y brutal. Como en su momento lo fué -y puede volver a serlo- el cierre del grifo o la subida drástica de la factura del gas ruso que calienta las casas y hace funcionar las fábricas ucranianas (1).

LA GRAN ‘FAMILIA’

Yanúkovich es un antiguo exponente de la ‘nomenklatura’ soviética en Ucrania. Ex- director de una empresa estatal, se enriqueció, como tantos otros, con la introducción de la economía de mercado y los procesos de privatización. Su feudo era la región oriental de Doneskt, núcleo de la desfasada industria pesada. La población allí es ruso parlante y, por lo general, no comparte las simpatías europeas de los más dinámicos sectores sociales de Kiev y el oeste del país, tradicionalmente más incómodos con la influencia de Moscú.

El Presidente ucraniano se ha beneficiado de esta escisión para consolidar una base de poder y neutralizar a la oposición liberal. El antiguo partido comunista le sirvió en su momento de aliado circunstancial. Pero, ya desde hace tiempo, la corrupción del clan gobernante ha terminado por aislar a Yanúkovich. Diversas investigaciones periodísticas cifran en miles de millones de dólares la fortuna acumulada por el Presidente y sus parientes. En los círculos políticos y mediáticos, se conoce a este grupo como la ‘simia’ o la ‘familia’. Los hijos del Presidente son riquísimos y no lo esconden. Tienen negocios en todos los sectores de la economía. Este núcleo familiar se apoya en una red de altos cargos y funcionarios originarios de la región de Donetsk y en negocios compartidos con los principales oligarcas del país. Algunos dirigentes opositores aseguran que la cúspide del Estado se asemeja a una mafia.

Y sin embargo, estos lazos, que han servido para que Yanúkovich se haga con el control de los recursos económicos y aparatos del Estado, pueden convertirse en su peor pesadilla, si los magnates perciben que al Presidente puede írsele la situación de las manos. No es un distanciamiento reciente. Antes de las actuales protestas, algunos oligarcas habían mostrado ya su insatisfacción por la codicia de los vástagos del patrón. La línea entre socios y rivales es cada día más fina (2).

LA PRESIÓN DIPLOMÁTICA

De todo esto son muy conscientes los dirigentes europeos. Y norteamericanos, que han demostrado un interés nada secundario por la situación en Ucrania. Ángela Merkel ha mostrado una hostilidad indisimulada frente a Yanúkovich, hasta el punto de desairarle en público durante la mencionada cumbre de Vilnius. La canciller alemana interrumpió al Presidente cuando éste discursaba acerca de las insatisfactorias negociaciones con Bruselas. «No es necesario que siga hablando. Ya sabemos que no va a firmar, de todos modos», asegura el semanario alemán DER SPEIGEL que dijo Merkel. La encargada de asuntos exteriores de la UE, Ashton, visitó Kiev a renglón seguido para leerle la cartilla al presidente ucraniano.

Los norteamericanos han sido más discretos, pero no menos contundentes, a tenor de lo que los propios portavoces de Washington admiten. En los últimos días, han llamado a los despachos de Kiev en serio tono de advertencia el Vicepresidente Biden y los secretarios de Estado y de Defensa (además de la acción presencial en Kiev de la número dos de exteriores), tanto para frenar la represión de los manifestantes como para ‘convencer’ al Presidente ucraniano de que le conviene aceptar las recetas económicas que ‘recomienda’ el FMI.

UNA DUDOSA ALTERNATIVA

La debilidad de la presión occidental radica en las dudas sobre la solvencia de la oposición, como fuerza de relevo con garantías. El hombre de Merkel es Víctor Klitschko, un ex-boxeador cuyo discurso se centra casi exclusivamente en la lucha contra la corrupción. El nombre de su partido lo dice casi todo: Odar («Puñetazo»). La conveniencia le ha hecho unirse a las otras dos formaciones opositoras. La más conocida en Occidente es la encabezada por la carismática Yulia Timoshenko, que sigue en prisión por supuestos delitos de corrupción, y cuya liberación ha exigido en vano desde hace años la Unión Europea y Estados Unidos. En su etapa de gobernante tampoco fue un ejemplo de transparencia. Simplemente, demostró habilidad al alinearse con Occidente, cuando Moscú la presionó. La tercera fuerza es liza es la Svoboda («Libertad»), ultranacionalista, cuyo objetivo fundamental es librarse al país del control ruso.

Frente a la rebelión cívica, Yanúkovich ha pretendido combinar la exhibición de fuerza con la apariencia de diálogo, al aceptar la propuesta de tres anteriores presidentes de organizar una ‘mesa redonda’ para explorar salidas a la crisis. No parece que esta iniciativa desactive la protesta. La conjunción de las tres presiones -callejera, diplomática y mafiosa- pueden suponer el golpe de gracia para Yanúkovich, pese a su mayoría parlamentaria. Sobre todo porque el amparo interesado que podría encontrar en Moscú parece tener un blindaje de escaso grosor.

(1) Leer en FOREIGN AFFAIRS, «Five more years of Yanukovych». Octubre de 2012

(2) Leer en LE MONDE, «La ‘famille’ se porta bien», 11 de diciembre de 2013