En este verano sangriento (evocador de otro aún más desgarrador, hace exactamente un siglo), los muertos en conflictos internacionales arrojan un peso muy diferente (en minutos, en contactos, en esfuerzos diplomáticos, humanitarios, en dedicación social). Recapitulemos, sólo para poner a punto las conciencias.

UCRANIA: LA BALANZA DE LAS RESPONSABILIDADES

El conflicto de Ucrania había quedado fuera de las portadas, a pesar de que en las últimas semanas se habían registrado más muertes, destrucción y sufrimiento que en otros momentos de la crisis (ocupación de Crimea y extensión del dominio de las milicias pro-rusas en el Este del país). La llamada ‘fatiga del conflicto’ no lo explica todo.

El ‘interés informativo’ da un vuelco cuando un avión malayo de pasajeros, la mayoría europeos, es destruido en vuelo por un misil tierra-aire. El acontecimiento, como es lógico, devuelve la guerra de Ucrania al centro de interés. Este comportamiento, que es mediático pero también político, responde a mecanismos subterráneos pero ciertos.

La razón no estriba simplemente en que esas víctimas últimas fueran ‘civiles’ (también lo eran los ucranianos muertos en las últimas semanas) sino en que eran ‘nuestras’, es decir, occidentales y europeas en su mayoría; y, sobre todo, ajenas al conflicto: cabe decir, inocentes. Como si no fueran inocentes la mayoría de los muertos ucranianos de las semanas anteriores (de cualquier bando), ya que nadie había contado con ellos sobre la conveniencia de acudir a las armas.

A medida que parece confirmarse la autoría de los ‘pro-rusos’, los prejuicios alimentados por la propaganda aconsejan resaltar la terrible realidad: que esas milicias no respetan nada y a nadie para lograr sus objetivos. Curiosamente, nadie reparó en lo que al final la inteligencia norteamericana ha resaltado: que la destrucción del avión malayo obedeció muy probablemente a un trágico e irreparable error, por la sencilla razón que esas muertes pesaran políticamente sobre las milicias pro-rusas. Las guerras yugoslavas nos habían ofrecido ejemplos similares de la manipulación de las víctimas en los años noventa.

Obviamente, la barbaridad cometida no tiene disculpa ni justificación. Pero la reacción de los líderes de uno y otro ‘bando’ reflejan esa concepción oscura pero real del distinto valor de los muertos. Occidente anuncia más sanciones a Rusia. ¿Hubiera sancionado a Ucrania, si la acción hubiera partido del Gobierno de Kiev? Putin responsabiliza a Ucrania por haber prolongado la guerra; es decir, por intentar recuperar el control de ese sector del país en disputa, lo que en absoluto obligaba a derribar un avión sin antes verificar su identidad. La propaganda se superpone y emborrona la naturaleza misma del conflicto.

GAZA: CULTURA Y PROPAGANDA

Tomemos ahora el ejemplo de Gaza. Los dirigentes de las potencias asisten con cierta pasividad al inicio de esta fase de la conflagración (bombardeo masivo israelí de la franja, en respuesta al lanzamiento de cohetes palestinos contra el sur de Israel, la casi totalidad de los cuales resultan interceptados por la defensa antiaérea). En los medios, se asume esta última guerra de Gaza como un ‘déjà vu’. Lo es, sin duda, aunque el momento, las circunstancias, los motivos de los actores principales y el comportamiento de los secundarios hayan modificado sustancialmente este guión y la ‘película’ se convierta en algo distinto de un ‘remake’.

Los días pasan. El contador de los muertos palestinos se asemeja al de un surtidor de gasolina y el de los israelíes al gota a gota de su autóctono sistema de riego. Los líderes de Hamas enseñan sus muertos, las organizaciones humanitarias los replican, los medios elaboran cuadros atractivos para sus audiencias y la opinión pública se pregunta cuántos serán necesarios para parar la guerra. Es el comportamiento habitual en este conflicto desigual y tramposo, en el que la hipocresía es la regla general.

El primer muerto debería importar tanto como el setecientos, pero no es así, obviamente. Como si hubiera un umbral a partir del cual fuera exigible intentar ‘hacer algo’. Lo que sea, mientras quede claro que se ha intentado. El ‘turning point’ (momento del giro) es el comienzo de la operación terrestre israelí. ¿Es un factor que puede elevar la cifra de víctimas? Sólo en el caso israelí, ya que sus víctimas, hasta entonces, eran cifradas con un sólo digito.

Se confirma la expectativa. La ofensiva israelí para acabar con la ‘guerra de los topos’; es decir, cegar los túneles que las milicias palestinas emplean para sembrar muerte en los hogares israelíes fronterizos. Los muertos israelíes superan la barrera del doble dígito en un solo día (el pasado domingo). Se activa la distinta percepción de los muertos. En todos los bandos, incluido los supuestamente ‘neutrales’.

La comunidad internacional intensifica unas gestiones hasta entonces al ralentí, es decir, limitadas a una propuesta de alto el fuego egipcia condenada al fracaso por la falta de credibilidad del proponente (el nuevo ‘hombre fuerte’ de El Cairo, hostilmente posicionado frente a Hamas). Las escenas de dolor de familiares, amigos y compañeros de los soldados israelíes caídos comparten cabecera con la destrucción de Gaza y una condición más anónima o menos personalizada de los muertos palestinos. Salvo los niños, claro está, cuyo valor (en el sentido antes señalado) es siempre mayor.

Pero hay otro elemento que puede tener un impacto decisivo. Ya circulan declaraciones que conceden a Hamas una victoria psicológica por haber sido capaz de matar israelíes y no sólo ‘aterrorizarlos’ con cohetes. Que hayan muerto más de treinta israelíes (casi todos soldados) parece pesar más estos días para los líderes de Hamas que ‘sus’ setecientas victimas. Esto abona un conocido argumento propagandístico israelí: que ellos valoran más la vida que los palestinos (o los árabes, en general). Un muerto para los israelíes es ya una tragedia, dicen. El argumento israelí sigue así: a los dirigentes palestinos no les importa tanto su gente; en caso contrario, no dispararían sus cohetes desde colegios, hospitales, mezquitas o densos núcleos de población, sabiendo que exponen a la población a la inevitable y contundente réplica enemiga.

Es más, no ya muertos: un prisionero adquiere grado de conmoción nacional. Que tiene continuidad a la hora de gestionar la cautividad: en los intercambios, un prisionero israelí suele canjearse por decenas de palestinos. Una vez más, el distinto valor de los números (1).

En esta lógica, algo hay de cierto y mucho de falso. Cada familia palestina siente sus muertos como la mayor tragedia imaginable. Los dirigentes, ciertamente, han elevado el umbral de lo insoportable, pero no por falta de solidez de sus convicciones morales, sino por la disponibilidad y capacidad de sus recursos militares. En todo caso, caer en la tentación de presentar como un ‘éxito’ esta guerra por el número de víctimas infligido al ‘enemigo sionista’ es inaceptable.

A la postre, se impone una cierta levedad de los muertos. No serán ellos, por valiosos que resulten para la narrativa inmediata de unos y otros, los que decidirán la duración de conflicto y sus consecuencias. Dentro de poco, se olvidarán los muertos, todos ellos, y se impondrán la relación de fuerzas y la calibración de intereses.

(1) Para comprender algo mejor la narrativa del conflicto israelí, resulta muy estimula la lectura del libro «La lluvia amarilla», del novelista israelí, DAVID GROSSMAN, una inteligente voz crítica en su país, cada vez más capturado por una propaganda de Estado que justifica todas las perversiones de la ocupación.