El Jefe de la Sección Especial antiterrorista de la policía británica, Drew Harris, ha asegurado que estos grupos “no cuentan con el apoyo de la opinión pública y no disponen de medios financieros, de personal, de municiones y de equipamiento, pero pueden perpetrar esporádicamente asesinatos y atentados con bomba”. De ahí que los servicios de inteligencia británicos denominen “mosquitos” a estos grupúsculos violentos, porque pueden producir daños puntuales pero “carecen de la capacidad de sostener una campaña de terror”, según cuenta THE INDEPENDENT.

Es posible que sea así, pero, como recomiendan algunos conocedores de la nebulosa radical norirlandesa, conviene no confiarse. THE GUARDIAN, citando fuentes de inteligencia, asegura que los servicios de seguridad buscan una bomba que los disidentes republicanos habrían conseguido introducir en el Ulster.

La inteligencia británica y la policía local intercomunitaria señalan que los disidentes republicanos violentos, estimados en unos trescientos, están vinculados a cuatro o cinco grupos (el IRA Auténtico o el IRA de Continuidad son los más activos), coordinados o no entre ellos, pero, en todo caso, totalmente coincidentes en los objetivos. La mayoría de sus integrantes son jóvenes, aunque los propios grupos aseguran que entre sus filas hay numerosos veteranos descontentos.

Estos grupúsculos no han emergido ahora. En los últimos años han protagonizado acciones violentas, incluso asesinatos (al menos cuatro), pero se les quitó importancia por considerar que se trataba de ajustes de cuentas personales. Lo inquietante son las vinculaciones de estos sectores radicalizados con el contrabando de armas o drogas. No sólo los republicanos, también sectores paramilitares protestantes participan en estas tramas criminales organizadas, según THE IRISH TIMES. Para el diario de Dublín, ignorar estas amenazas, supone “un grave riesgo de reanudación de un ciclo de violencia a gran escala” en la provincia norirlandesa.

Antes de los atentados de Antrim y Craigvanon, el jefe de la Policía, Hugh Orde, había solicitado la presencia de una unidad de inteligencia británicas en el Ulster, por considerar que habían aumentado enormemente las amenazas de los grupos radicales. La cúpula del Sinn Feinn, y en particular su principal hombre en el Gobierno, el Viceprimer ministro y antiguo comandante del IRA, Martin McGuinness, habían criticado públicamente la propuesta. Los republicanos irlandeses temían que Londres aprovechara el malestar de una minoría radical, no tanto para volver a los viejos tiempos de presencia armada británica en las calles del Ulster, pero si para exagerar la vigilancia y retrasar “la normalización policial” de la provincia. Ese frenazo podría reforzar a los radicales y desencantados y, al cabo, debilitar su estrategia de reconciliación, para alcanzar el objetivo de la reunificación irlandesa.

La prensa británica es casi unánime estos días en la vindicación del jefe policial y en el reproche a los antiguos combatientes irlandeses por considerar que ha rebrotado en ellos cierto sectarismo. Aunque también se les reconozca que hayan demostrado coraje, no sólo por condenar los atentados, sino incluso por pedir a la población irlandesa que colabore activamente con la policía en la búsqueda y detención de los asesinos y sus cómplices.

El Sinn Feinn no puede en realidad hacer otra cosa. Apostó por la estrategia de pacificación, aún a sabiendas de que tendría que gestionar, durante años, la amenaza de los residuos violentos. Cualquier bloqueo del proceso, las presiones de sus socios protestantes en el gobierno de coalición o las tentaciones revisionistas en Londres si se agrava el clima de violencia puede colocar a los dirigentes políticos de la rama mayoritaria del republicanismo irlandés ante lacerantes contradicciones.

Pero la verdadera amenaza no son los mosquitos enloquecidos y fanáticos o la persistencia de recriminaciones y odios sectarios. Lo que realmente puede desestabilizar el Ulster es la crisis económica. Los últimos años han sido de prosperidad para la mayoría de la población, favorecida por el boom de la vecina y siempre anhelada Irlanda y de la propia Gran Bretaña. Tanto ha sido así que en el Ulster se han incubado grandes fortunas, y no precisamente en la comunidad protestante, sino en la católica, y más concretamente en sectores de antiguos combatientes republicanos.

Revisando estos días la documentación de los últimos años, he encontrado un interesante reportaje de BELFAST TELEGRAPH del pasado verano en el que se relata la recomposición geográfica y social en el Ulster. Más de la mitad de los ciudadanos más ricos de Irlanda del Norte son católicos. Aún más, los tres más ricos pertenecen a esta comunidad, tradicionalmente más marginada que los protestantes. En el barrio chic por excelencia de Belfast, Malone Road, sus habitantes son, ahora, mayoritariamente católicos. Y no precisamente discretos: no tienen problemas en pasear en sus coches de lujo, o hacer ostentación de viajes o veladas en sitios de postín en compañía de los nuevos ricos de Irlanda. “Los viejos provos que forjaron su leyenda en la resistencia armada contra la ocupación británica -escribe el diario- viven hoy en los nuevos barrios residenciales”. Muchos han comprado segundas viviendas en zonas de expansión. A las fortunas se añaden otros factores de prosperidad, como los llamados “empleos sociales” (más de 30.000) en los nuevos servicios públicos, de los que se han beneficiado especialmente antiguos militantes del IRA.

Esta alteración del panorama social ha provocado resentimiento no en los enemigos tradicionales de la clase obrera protestante, sino, con más acritud, entre sectores católicos y republicanos menos favorecidos. El rechazo a las elites del Sinn Feinn se ha hecho evidente en los últimos años, sobre todo en los barrios más degradados del oeste de Belfast, bastión histórico del republicanismo. Es más que probable que el impacto de la crisis económica, brutal en Irlanda (como ya se ha escrito recientemente en esta sección) y muy aguda en Gran Bretaña., termine resultado devastadora en el Ulster y provoque un clima de rechazo social. El proceso de paz podría verse afectado si los “grupos mosquito” deslegitiman a los republicanos pactistas y son capaces de nutrirse de las frustraciones sociales en los caladeros tradicionales del republicanismo irlandés, convertidos en “charcas sociales” donde dominan el paro y la marginación crecientes.