“Gustará a los amantes de la literatura europea del periodo de entreguerras (pero no encontrarán aquí a un Stefan Zweig!) y a cuantos disfrutaron con Los demonios”. Luis Fernando Moreno Claros, El País

Quizá lo más característico de esta novela de von Doderer sea el componente de irrealidad, de viva extrañeza, con el que se dirige su protagonista hacia un final aciago. Publicada originalmente en 1938 y muy distinta a “Los demonios” -una novela de 1.662 páginas saludada por la crítica con grandes elogios en tanto que libro clave del siglo XX-, se puede incluir en el género denominado bildungsroman o novela de formación a la manera de Mann y “La montaña mágica”. El protagonista, Conrad Castiletz, encuentra el sentido de la vida –de su vida- y su auténtica libertad después de muchos años, cuando ha dejado atrás la infancia y la juventud, y decide por sí mismo actuar conforme a sus principios.

Von Doderer muestra a un personaje que recorre todas las etapas en el proceso de convertirse en un hombre: una infancia en la que le falta el amor de su padre, una juventud en la que experimenta el otro sexo, unos estudios sin tropiezos y una boda y asentamiento profesional sin traumas. Conrad Castiletz es un joven que sólo llama la atención por sus gratas cualidades burguesas; es cortés y está bien adiestrado para conquistar las más elevadas esferas de la industria textil. No brilla por su inteligencia emocional, ni por su sensibilidad ética, bastante mediocres; tampoco lo hacen los demás personajes, entre reales y grotescos, de esta historia algo prolija, bien trabada en el fondo y con sorpresas para el lector.

Pero ya adelantada la novela, por fin Conrad decide por sí mismo qué quiere hacer y comienza a investigar –aunque la tarea perezca ingrata e inútil- sobre la muerte de la hermana de su mujer, con la que se ha casado sin amor. En este momento, la novela de corte clásico adquiere la forma de una novela policíaca que recuerda, tanto por su carácter de enigma a resolver como por el fatídico onirismo en el que parece sostenerse, a “El Golem” de Gustav Meyrink y “El Maestro del Mal” de Leo Perutz. Conrad se ha obsesionado con averiguar la causa de la muerte de Louison y, a través de su investigación, aprende que cada uno es el responsable de todos sus actos y de todas las consecuencias de éstos, incluso las imprevisibles.

Heimito von Doderer presenta una tesis consistente sobre la libertad: se trata de conocer y asumir toda la responsabilidad de los propios actos. Y lo hace de modo literario, sin moraleja ni moralina, sin excursus en los que el escritor reflexiona como la voz omnisciente del relato. Cuando “Un asesinato que todos cometemos” da el giro que la contraportada define como psychothriller, la tensión crece, la densidad humana de los personajes aumenta y von Doderer muestra su calidad literaria al nivel de la gran novela europea del siglo XX: Joseph Roth, Tolstoi, James Joyce.

No resulta arriesgado decir que estamos ante una obra que nos habla de cómo, incluso en la agitación de un destino inusual, se puede al fin alcanzar la edad adulta, humanizarse y lograr la plenitud.