Quizás esto se deba a que yo formé parte de una generación que vivió, creció, se educó políticamente entre personas de identificación política cuya honradez estaba fuera de cualquier sospecha, cuya ambición era únicamente idealista ya que sabían que ninguno de ellos sería un día ni ministro, ni consejero, ni diputado, ni alcalde, ni siquiera concejal y que la política solo les traía disgustos. Éramos los » jóvenes » de los años sesenta y vivíamos en el exilio. Esta solida confianza que así se forjó en las personas que «hacían política» se ve hoy sacudida, pero no aniquilada, por la multiplicación de anuncios de sobornos, complicidades, corruptelas, corrupciones que salpican la vida política de nuestro país. No es de hoy, pero ello no puede ser consuelo alguno.

Antes de explicar mi brindis quiero comentar dos realidades tremendamente dolorosas. La primera es la multiplicación de anuncios de corrupción en nuestra sociedad, no manchan únicamente a los políticos, también personalidades del mundo de la sociedad o de la economía, cuando no del deporte. Hay dos interpretaciones posibles, la primera pesimista que afirma esto como demostración de una falta generalizada y creciente de ética en nuestra sociedad, como una carrera descontrolada hacia Don Dinero. De ser cierta esta interpretación nos encontraríamos en una verdadera decadencia moral, más particularmente de lo que podríamos llamar ilustración de nuestra sociedad actual, nuestra élite, aunque la utilización de tal palabra en tales temas sea más que discutible. La interpretación optimista es que hoy nuestra sociedad goza de medios de investigación y de sanción muy superiores a los de tiempos pasados. Muy particularmente la prensa investiga, escudriña, la vida de nuestras personalidades, sea cual sea su dedicación y posición y así saca a la luz los comportamientos delictivos cara a la moral de la sociedad. En tiempos pasados, y en tiempos no tan pasados, existían abusos, escándalos, injusticias, corrupciones mayores, continuas pero no desveladas, ignoradas, sufridas en silencio, cuando hoy los ciudadanos pueden ejercer, con justicia, su derecho a la información, apreciación y rechazo. No es ninguna justificación pero es un dato que conviene tener en cuenta.

La otra realidad es la desconfianza, cuando no el rechazo a los políticos que las encuestas de opinión revelan regularmente. Argumentos no faltan para explicarlo. Se unen las situaciones de crisis económica que azota a la gente, con la parte de responsabilidad que pueden tener los políticos en ello, y las informaciones de corrupción institucionalizada. Incompetencia e inmoralidad son dos apreciaciones mortíferas para cualquiera. Tales apreciaciones crean un clima descontrolado que asimila al corrupto con el grupo del cual es parte. Los pueblos siempre han sido propensos a los autos de fe cuando las cosas van mal. Buscar un chivo expiatorio resulta fácil en tales situaciones. A la condena en nombre de la ética se une, con mucha razón, el reproche de haber violado la confianza depositada. Nuestro sistema democrático necesita, fundamentalmente necesita, de la confianza en los políticos. Condenarlos a todos por culpa de unos, aunque parezcan muchos, siempre sobrarán corruptos, es condenar nuestro sistema democrático. Se puede concebir otro sistema de organización, solidaridad y justicia en una sociedad sin representación política institucionalizada y elegida. Pero hasta hoy no se ha aplicado ninguno con tales características.

Hoy resulta simpático para muchos airear, proclamar con el orgullo de sentirse independiente, su condena sin piedad ni excepción hacia los políticos. Lamentablemente resulta muy fácil señalar motivos para ello. Los excesos son peligrosos. Las generalizaciones las más veces inexactas. Nos pueden llevar a una situación, en otros tiempos se produjo, en la cual queriendo hacer limpieza lleguemos a tirar la criatura con el agua de su baño.

Porque existen políticos honrados, muchos, muchísimos, que no son nunca noticia, porque necesitamos que sobreviva la ilusión de ser político al servicio de sus conciudadanos, porque se debe enaltecer la actuación desinteresada del servicio al público frente a las carreras económicamente fructíferas, para que los mejor dotados sigan entusiasmados por un ideal, por eso hago un brindis por los políticos.

Y para ayudar a que la ética se imponga en la vida política no como una necesidad, sino como un componente nato debemos perseguir y borrar todo lo que en nuestras instituciones, partidos políticos, sindicatos, asociaciones, puede favorecer esa verdadera e insidiosa contrarreforma de la democracia que no solo busca transformar la política en un negocio pero también permite romper el pacto natural y constitutivo de la democracia: la confianza entre el elector y su representante.