Un buen amigo me dijo que a pesar de la acción extrema que acompaña la película le había gustado, lo cual, conociéndole, me había sorprendido. Pero, tras verla lo comprendí. Es un thriller dramático, que evoca a los justicieros urbanos que dieron vida Clint Eastwood y Charles Bronson en los años 70 y 80. Enfrentados a los poderes corruptos policiales, judiciales y políticos. Es un film homenaje o recordatorio de aquellas historias que llenaron nuestras tardes de sábado y domingo en los cines de barrio, en el que los malos pagaban por ser tan malos.

Clyde Shelton (Gerard Butler) sobrevive a un asalto en su hogar en el que resultan muertas su mujer y su hija pequeña. El resultado del juicio posterior no le satisfará en modo alguno, en parte por la actitud del abogado de la acusación popular, Nick Rice (Jamie Foxx). Y así, con este resultado, decide hacer la justicia por su cuenta. Es la historia de siempre para este tipo de cintas.

F. Gary Gray y Kurt Wimmer son un director y un guionista que, sin brillos excesivos y desde los parámetros del cine más comercial, consiguen aportar un punto más de sustancia, solidez e interés a sus propuestas. En esta ocasión, el resultado es satisfactorio pero dentro del estilo cien por cien hollywoodiense. Sin duda, esto último es lo que hace comercial a la película pero la aleja de aquellas añejas y maravillosas producciones cinematográficas de nuestra adolescencia en una España en blanco y negro, donde difícilmente los principios se imponían sobre el dinero y el poder. Y era, con films como “Harry, el ejecutor” (Eastwood 1976) y “El justiciero de la noche” (Bronson 1985) donde se hacía una peculiar justicia, muy cercana al sentido Bíblico del “ojo por ojo”.