Las confrontaciones fueron muy medidas, como si ambos temieran parecer demasiado agresivos, conscientes sin duda de que la clase política atraviesa por muy bajos niveles de estimación. El deseo de corrección les llevó a veces a envolver las discrepancias en un reconocimiento de las buenas intenciones del rival. Lo hizo más Obama que Romney, quizás porque el republicano tenía muy bien aprendida la lección de no meter la pata, de no dar la impresión de querer aprovecharse de la crisis o de los problemas con ánimo oportunista.

El Presidente ofreció una imagen apática, más de lo que ya por lo general se le suele atribuir. Por momentos, incluso pareció desconectado. Quizás se debiera al principio de quien va por delante no debe arriesgar o exponer, debe mantener un perfil bajo y esperar a que rival ataque para responder con una defensa eficaz y sin riesgos. Como Romney no atacó en demasía y templó mucho sus críticas, Obama permaneció agazapado y más tímido de lo conveniente en la defensa de su gestión.

ECONOMIA Y SANIDAD, EJES

La economía dominó el debate. En realidad, la polémica fiscal. Pero rivalizó con ello, en tiempo y en énfasis, la sanidad, el modelo de atención a la salud. Sobre los impuestos, ambos candidatos se presentaron como defensores de la clase media. Obama defendió su política de reducir la carga fiscal a este segmento mediano de la ciudadanía y de forma muy liviana puso de manifiesto la intención de su rival de beneficiar a los ricos. Romney se mostró muy esquivo e impreciso en sus proclamas de estimular la economía mediante la reducción de impuestos. Incurrió en contradicciones y se refugió en una confusión prolongada durante toda su argumentación. Obama se mostró demasiado correcto, poco acerado. En una ocasión le reprochó la mentira histórica del ‘tricledown’ (los grandes beneficios de los ricos terminan filtrándose a los de abajo). Y, sólo muy cerca del final, le reprochó que no revelará sus planes concretos. «¿No lo hace porque son demasiado buenos?», dijo Obama en una de sus pocas licencias irónicas de la noche.

Romney acudió mucho a su gestión al frente del estado de Massachussets para preludiar lo que haría en la Casa Blanca. Lo hizo para destacar sus presuntas cualidades como negociador, como forjador de consenso; pero, sobre todo, para destacar su programa sanitario. En un despliegue de cierto cinismo político, presentó su gestión como contrapunto del llamado ‘Obamacare’, la reforma sanitaria de la Casa Blanca. En realidad, en la ‘Romneycare’, pueden encontrarse muchas similitudes con la visión aplicada por Obama, y así intentó hacerlo ver el candidato-presidente. Pero le faltó energía para defender mejor este aspecto característico de su adversario: decir una cosa y la contraria o relacionar dos asuntos sin coherencia sin desprenderse de su sonrisa satisfecha.

Romney hizo mucha espuma con la libertad de elegir (médico, seguro, asistencia, tratamiento, fármacos, etc.) o la supuesta mayor eficacia del mercado privado en la provisión de servicios. Como era de esperar, ignoró realidades palmarias como el exorbitante beneficio de las aseguradoras, las enormes limitaciones a los tratamientos en caso de enfermedades crónicas o los gastos administrativos excesivos de las compañías privadas. Obama lo señaló, pero, una vez más, se mostró demasiado condescendiente con la hipocresía de su rival.

Lo mismo ocurrió con el asunto siguiente: el papel del Gobierno. Obama citó la famosa máxima de Lincoln («Hay cosas que hacemos mejor juntos») y centró la responsabilidad del poder público en garantizar la libertad de oportunidades. Pero Romney se mostró más apasionado en rescatar los viejos ideales de los fundadores. Muy cómodo con esta retórica, combinó mensajes ‘buenistas’ (como la felicidad, el cumplimiento de los sueños), con otros menos inocentes como el fortalecimiento del aparato militar y el desplazamiento de la justicia social por un asistencialismo desfasado. Mostró con claridad su concepción de la sociedad cuando dijo que «el papel del Gobierno no es decidir quién gana y quien pierde». Curiosamente, fue aquí cuando Obama le reprochó no haberse plantado frente a los extremistas de su partido o simpatizantes, como si se le hubiera olvidado hacerlo mucho antes, en momentos más pertinentes con la marcha del debate.

LLAMADA DE ATENCIÓN

En las conclusiones finales, Romney estuvo mejor que Obama. El Presidente empezó adoptando un tono emocional, que no es su fuerte, luego insistió en esa letanía de humildad que implica recordar que nunca pretendió ni pretende ser perfecto y culminó con una advocación demasiado previsible de «luchar cada día» por mejorar la vida de los ciudadanos. El candidato republicano resultó más eficaz, codificando lo que pasaría en el país si él ganaba y si ganaba su adversario. En apenas dos minutos, condensó una oferta electoral: doce millones de empleos, revocación de la reforma sanitaria, eliminación de los recortes del programa de asistencia médica (Medicare) y más dinero para el Pentágono.

Es muy posible que este mejor desempeño de Romney en el tramo final explique su percibida victoria en el debate. No es menos cierto que se esperaba peor actuación del aspirante y mejor del titular o ‘incumbent’. No perder ya hubiera supuesto un triunfo para Romney. La impresión es que Obama se derrotó a sí mismo. No acertó con el tono y el clima. Incluso tuvo unos segundos de tensión con el moderador, el veterano y reverenciado Jim Lehrer, de la televisión pública, que ha sido criticado en algunos medios por no impedir la confusión y mostrarse demasiado complaciente con la indisciplina de los participantes.

No es previsible un cambio de tendencia. Obama conservará su ventaja. Pero debe mostrarse más atento a estas ocasiones, porque, con frecuencia en política, el diablo aparece en los detalles.