De hecho, si las Cajas están aguantando razonablemente tamaño cúmulo de presiones se debe a que tenían un prestigio histórico acumulado considerable, entre otras razones debido a los lazos de cercanía y proximidad que tienen con sus clientes y a la confianza que en estos despertaba su funcionamiento y el propósito de sus fines sociales.

Por eso, es lógico que las presiones que están ejerciéndose estén siendo interpretadas por los ciudadanos como una operación política y económica de amplio alcance, cuya intención última no es otra que apropiarse del valor de las Cajas, convirtiendo a estas instituciones en simples máquinas de ganar dinero. ¿Quiénes se beneficiarán finalmente de este proceso economicida? Si los planes de algunos tienen éxito, y el gobierno actual se pliega a tal operación, cuando concluya el proceso todos lo veremos claro. Y será el momento de pedir responsabilidades. Quizás no sólo políticas. Pero el problema es todo lo que la sociedad española habrá perdido por el camino.

En coyunturas como las actuales de crisis económica, y de aumento del paro, con los problemas sociales que la acompañan –y que la acompañarán–, el desmantelamiento del papel de las Cajas que algunos tienen en mente resulta aun más sangrante. En este sentido, hay que recordar que las Cajas no sólo lograron atraer y fidelizar a unos clientes poco habituales de otras entidades financieras –y poco cuidados por ellas– y llevaron el crédito a sectores sociales con menos capacidad adquisitiva, sino que han venido cumpliendo una importante función social y promocional. Cientos de residencias de ancianos, de centros de día para enfermos y de entidades formativas especializadas para determinados sectores de población, de iniciativas culturales y sociales e, incluso, de conservación del patrimonio artístico e histórico español, dan cuenta del papel de unas entidades que no son (eran) de nadie en particular y que destinan (destinaban) sus beneficios a fines de utilidad para la comunidad. Lo cual era objeto de admiración por los observadores internacionales, que si se sorprendían cuando conocían mejor, y de cerca, las Cajas de Ahorro no era porque fueran algo atípicamente negativo, sino por todo lo contrario.

Además, la propia manera de funcionar de las Cajas (con proximidad y cercanía a los clientes) y su amplia obra social y cultural son generadoras netas de empleo, en una forma y cantidad que se verá afectada de manera sustancial si se consuman los proyectos privatizadores. ¿Están siendo conscientes de estas implicaciones y efectos los que parecen dispuestos a plegarse a tales intenciones? ¿Quién pagará los costes de lo que está pasando y puede pasar?

Más allá de los efectos sociales y laborales –que no son despreciables en épocas como las actuales– el problema más grave, desde un punto funcional, es que los comportamientos de algunos no saben diferenciar, o no quieren, el humo de la paja. El totum revolutum argumental que se está practicando es un auténtico despropósito analítico, ya que el eventual mal funcionamiento de alguna Caja en particular –o de unas pocas, muy pocas– no tiene por qué proyectarse a todo el sector en su conjunto. Es sabido que bastantes Cajas funcionan perfectamente. Tan bien o mejor que cualquier otra institución financiera en las condiciones actuales. ¿Por qué, pues, tanto empeño en meter a todas las Cajas en el mismo saco? Por esta misma regla de tres se podría colocar también a todo el sector financiero en el mismo paquete, de forma que al final acabaran pagando tirios y troyanos por los posibles errores y exageraciones de algún Presidente poco profesional de alguna Caja pequeña, que no fue capaz de anticipar en su día –cuando todos estaban eufóricos– la mala marcha de la economía española y las olas de falta de confianza que la acompañarían.

Conviene recordar, una vez más, que la confianza es algo fundamental para las instituciones financieras, tanto públicas como privadas, y, por lo tanto, las incertidumbres que se están alentando interesadamente al final acabarán afectando a todas las entidades financieras españolas. Como así está ocurriendo ya.

Por lo tanto, ante tanto cambio, proyecto, contraproyecto, añadidos y rifirrafe habría que recordar la misma sentencia que una figura señera de España pronunció en una reunión internacional: “¿Por qué no te callas?”.